Amplía en 6.000 euros el umbral para cobrarlo. Un cambio que no puede dejar de mirarse en clave electoral.
El IMV se ha convertido en un «chequevoto«. Ya no resulta una simple expresión crítica, sino una descripción bastante ajustada de la última reforma del Gobierno. Sánchez ha decidido transformar el Ingreso Mínimo Vital (IMV) en un complemento salarial estable que garantiza ingresos incluso cuando el beneficiario trabaja y mejora su situación económica.
A través de un real decreto que modifica el sistema de incentivos al empleo aprobado en 2022, el Ejecutivo permitirá que los perceptores del IMV sigan cobrando la ayuda aunque aumenten de forma significativa sus ingresos laborales.
El Gobierno presenta la medida como un estímulo al empleo, pero el trasfondo político resulta evidente. La reforma introduce un cambio clave. Hasta 6.000 euros anuales de aumento de ingresos no se tendrán en cuenta para calcular la cuantía del IMV. A partir de ese umbral, solo se descuenta una parte del dinero adicional ganado, con porcentajes reducidos y más favorables para determinados perfiles.
El resultado es claro. Trabajar más ya no implica perder la ayuda, al menos en los primeros tramos. En muchos casos, el beneficiario puede acumular salario y prestación durante largos periodos. El IMV chequevoto garantiza ingresos estables sin exigir una salida real del sistema.
El IMV deja de ser una ayuda temporal
El Ejecutivo justifica el cambio como una corrección técnica necesaria. Sin embargo, esta simplificación tiene un efecto político directo. Amplía el alcance real del IMV y suaviza las condiciones de salida de la prestación. En la práctica, el IMV deja de funcionar como una red de seguridad temporal y se acerca a un subsidio estructural.
El Estado pasa a complementar salarios bajos de forma directa. Asume una parte del coste que el mercado laboral no cubre. Este modelo refuerza el papel del IMV como ingreso recurrente y no como ayuda transitoria.
Este enfoque genera dependencia institucional. En lugar de fomentar empleo digno y salarios suficientes, el Gobierno consolida un sistema donde el trabajador necesita ayuda pública permanente para sobrevivir.
El IMV chequevoto no combate la precariedad, la normaliza. El mensaje implícito resulta peligroso: el empleo ya no garantiza autonomía, porque el Estado se convierte en pagador habitual.
Desigualdad entre trabajadores y compra de fidelidad
Uno de los aspectos más polémicos de la reforma reside en la desigualdad que introduce: dos personas con ingresos similares pueden recibir rentas muy distintas según cobren o no el IMV.
El trabajador pobre que no accede a la prestación queda fuera del sistema de incentivos. En cambio, el beneficiario del IMV puede sumar salario y ayuda pública durante más tiempo. El sistema premia al subvencionado y penaliza al contribuyente que nunca entra en la red asistencial. Además, el nuevo modelo altera los incentivos laborales. Al proteger los primeros tramos de ingresos, el sistema hace atractivos los empleos parciales, temporales o mal remunerados, que permiten mantener la ayuda.
El salto a trabajos estables y mejor pagados puede resultar menos rentable, ya que implica perder progresivamente el IMV. El riesgo consiste en consolidar un círculo de bajos salarios sostenidos por el Estado.
Desde el punto de vista presupuestario, la reforma implica mayor coste estructural. El Gobierno no ofrece una estimación clara del impacto fiscal a medio plazo. Al permitir que más personas mantengan la prestación mientras trabajan, el número de beneficiarios se reduce más lentamente.
El «chequevoto» IMV deja de orientarse a la inserción laboral real y pasa a integrarse en la lógica del complemento salarial permanente.
Estrategia política
El «chequevoto» IMV refleja una estrategia política clara. El gobierno de Sánchez prioriza medidas de impacto inmediato y fácil comunicación en plena etapa de desgaste electoral. En lugar de reformar el mercado laboral, amplía el papel del Estado como pagador de rentas.
El mensaje resulta simple y eficaz: cobrar la ayuda se vuelve compatible con casi cualquier situación laboral. El IMV se convierte así en un instrumento de rentabilidad política. Es un modelo que debilita la cultura del esfuerzo, fomenta la dependencia institucional y convierte la política social en herramienta de fidelización electoral.
La verdadera justicia social no consiste en repartir subsidios indefinidos, sino en garantizar empleo digno, estabilidad económica y familias autosuficientes que no necesiten del Estado para sobrevivir.
Tags: IMV chequevoto, Ingreso Mínimo Vital, ayudas sociales, subsidios, PSOE, Moncloa, compra de votos, dependencia estatal, rentas bajas.




