¿Es el cannabis tan inocuo como dicen? | Albert Mesa Rey

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¿Es el cannabis tan inocuo como dicen?

Es este un asunto recurrente desde hace muchos años y tiene ahora nueva actualidad ya que en el año 2020, en EE. UU., legalizaron su uso lúdico en 11 estados: Alaska, California, Oregón, Washington, Nevada, Colorado, Michigan, Illinois, Massachusetts, Maine, Vermont y Washington, D.C.

En 2021, cuatro estados más aprobaron por votación popular la legalización del uso lúdico de la marihuana: Nueva Jersey, Dakota del Sur, Montana y Arizona. El 30 de marzo de 2021, Nueva York aprobó la ley que legaliza el uso lúdico de la marihuana para mayores de 21 años. Sin embargo, la posesión, la compra y la venta siguen siendo ilegales a nivel federal.

El uso del cannabis en uso lúdico o medicinal está legalmente permitido en varios países del mundo, incluido España, donde además está ya abierto el debate de la legalización para el uso lúdico, apoyado por partidos del arco parlamentario de izquierdas.

Vea amable lector en el mapa adjunto, los países que tienen un uso permitido de una forma u otra del cannabis.

¿Qué es el cánnabis?

El cannabis o también llamados cannabinoides es una droga que se extrae de la planta Cannabis Sativa o de otras variedades: llamadas Cannabis Indica y Cannabis Ruderalis (figura 1). Su cultivo está ampliamente extendido en todo el mundo y la zona del Rif marroquí es uno de los mayores productores mundiales de esta planta en la variedad Cannabis Sativa.

Su principio activo es el Tetrahidrocannabinol, que en adelante llamaremos THC para abreviar (figura 2) y suele presentarse al consumo bajo tres formas:

  • Marihuana o hierba, preparada a partir de las hojas secas, flores y pequeños tallos de la Cannabis Sativa o cualquiera de sus variedades.
  • Hashish o hash, que se elabora prensando la resina de la planta hembra, dando lugar a un bloque de color marrón. Su contenido de THC (hasta un 20%) es superior al de la marihuana (del 5 al 10%), por lo que su toxicidad es potencialmente mayor.
  • Por último, existe un concentrado líquido conocido como “aceite de cannabis o aceite de hachís” que se obtiene mezclando la resina con algún disolvente como acetona, alcohol o gasolina, el cual se evapora en parte, dando lugar a una mixtura viscosa cuyas proporciones de THC son muy elevadas (hasta un 85%).

                                         

Figura 1                                                                                Figura 2

Su consumo es mayoritariamente fumado; mezclada con tabaco y liada en cigarrillos. También puede consumirse por vía oral en forma de infusiones, de tortillas y repostería. En argot de los medios consumidores se conocen con los términos: porros, canutos, petardos, petas, maría, chocolate, etc.

Efectos de THC sobre el organismo.

Según la OMS, las drogas se clasifican dependiendo de sus efectos, agrupándolas según las pautas de efectos que producen en los consumidores en: depresoras, estimulantes o alucinógenas.

El THC tiene propiedades psicoactivas y es catalogado como un depresor-perturbador. Las drogas depresoras retardan el sistema nervioso central; esto puede producir una sensación de bienestar, relajación y pérdida de inhibiciones. Este último efecto es confundido frecuentemente por los usuarios y el público en general, catalogando el THC como estimulante, cuando en realidad se comporta como un inhibidor de inhibiciones.

Las drogas perturbadoras alteran la forma de percibir el mundo. Estas alteraciones pueden ser placenteras o no, dependiendo de muchos factores que no podemos controlar. Esta alteración de la percepción hace que sea realmente peligroso la conducción o el manejo de maquinaria bajo sus efectos.

¿Induce a enfermedades psiquiátricas el consumo de THC?

Hay un discurso demagógico de quienes defienden las bondades del THC y confunden, hay quien intencionadamente más y quienes cándidamente menos, el uso terapéutico y el uso lúdico. La verdad nos la aporta la evidencia científica; en su justa medida, sin exagerar ni disimular nada.

Por sus efectos, es evidente que el cannabis es una droga que afecta el sistema nervioso central y que su consumo habitual y continuado produce dependencia.

El efecto nervioso pivota sobre el hecho que existe un sistema cannabinoide endógeno con sus receptores propios sobre los que el cannabis accede a la función central. Al modificarse la química cerebral, el abuso de la droga podría inducir efectos adversos de naturaleza psicótica al igual que los inducen otras drogas como los psicoestimulantes anfetamínicos.

Sin embargo, la asociación entre cannabis y psicosis es motivo de controversia. Algunos autores defienden la existencia de una entidad independiente o “psicosis cannábica” (Thacore y Sukhla, 1976; Núñez-Domínguez y Gurpegui, 2002) del mismo modo que existe la “psicosis anfetamínica”. Otros autores por el contrario niegan la existencia de un cuadro nosológico independiente (Thornicroft, 1990; Thomas, 1993), y proponen que el cannabis influye en el desarrollo de la psicosis y/o esquizofrenias ya establecidas, o bien es un factor de riesgo (dentro de los distintos factores genéticos y ambientales) para padecer una futura psicosis.

Es bien conocido, que la intoxicación aguda producida por el consumo de cannabis en personas sanas suele cursar con un episodio con todas las características de un estado psicótico: confusión, ideas delirantes, alucinaciones, ansiedad y agitación. Sin embargo, dicho episodio es pasajero y cesa tras eliminarse del organismo los componentes psicoactivos del cannabis, principalmente el Δ-9-tetrahidrocannabinol (Δ-9-THC).

El Δ-9-THC se elimina principalmente por la orina. El tiempo de eliminación es variable según la persona y la frecuencia con que se consume. De hecho, se pueden encontrar rastros de THC hasta en 90 días en el cabello, entre 3 días y un mes o más en orina (dependiendo de la frecuencia con la que la persona lo use), hasta 48 horas en saliva y hasta 36 horas en sangre.

Aspectos sociológicos del consumo de cannabis en el adolescente.

La edad de inicio en el consumo cannabis suele ser durante 3º y 4º de la ESO, entre los 16 y 17 años. Los adolescentes suelen iniciar el contacto con alcohol y cannabis en grupos de iguales.

El alcohol, otra de las “drogas” que suponen rituales de paso de la infancia a la adolescencia, mantiene su consumo en grupo, asociado a diversión, a las fiestas patronales, festivales, etc. Es un consumo que se mantiene, a lo largo del tiempo, entre iguales, en fines de semana y ocio nocturno.

El cannabis sin embargo, con el tiempo y el establecimiento de su uso, cambia y pasa a grupos reducidos, de confianza, donde se sabe que es aceptado. Se convierte en un consumo diario y diurno: a la entrada de los IES y en los descansos, estableciéndose un patrón de consumo que facilita que los adolescentes entren a los centros educativos intoxicados, bajo los efectos del tóxico.

Este tipo de consumo de adolescentes a la puerta de los centros no está estigmatizado, no resulta extraño. De hecho, a los suministradores de cannabis no los consideran traficantes, son colegas. La presión al consumo se da por la búsqueda de estos traficantes por nuevos consumidores. Se considera una droga transgresora, y se reconocen las repercusiones en la vida diaria, asociada al fracaso escolar y al absentismo.

El género influye en el consumo: en caso de parejas donde el chico es consumidor facilita el consumo de la chica, no pasando lo mismo si es la chica la consumidora. Las chicas consumirían por gustar a los chicos, mientras que los chicos por ser más valientes, más machotes.

En general, no ven riesgos por el consumo de cannabis. Mientras que el mensaje del
tabaco como perjudicial si ha calado entre los más jóvenes, el mensaje que les ha llegado a los jóvenes sobre el cannabis es que es natural, que tiene uso terapéutico y en resumen argumentan con convencimiento que es más “sano” que el alcohol que, sin confesarlo en la argumentación, muchas veces resulta que también consumen y en abundancia en los consabidos “botellones”.

Otro aspecto muy discutido por los especialistas y sobre el que no existe un acuerdo unánime, es si el consumo habitual y continuado de cannabis en cualquiera de sus formas, puede ser la puerta de entrada a un mundo oscuro, el mundo de otras drogas más duras, altamente adictivas tales como: la heroína, la cocaína, la metanfetamina, etc.

En los años 80, España sufrió una auténtica epidemia de heroína. Cada año morían del orden de 300 personas por sobredosis y la droga estaba causando una profunda crisis social, de salud pública y seguridad ciudadana. Un negocio que, según diario El País, movía 300.000 millones de pesetas de la época.

Se dice que la heroína se llevó por delante la “Generación de la Movida”. Se ha llegado a decir que fue la «generación perdida». Jóvenes que, en los años ochenta, cayeron en el abismo de las drogas ante la impotencia de las generaciones que los precedieron. Muchos de ellos empezaron fumándose un porro.

Muchos de nosotros conocemos de algún caso cercano de fallecido por esa causa. En mi caso puedo afirmar de forma empírica que, con mi amigo, todo comenzó tonteando con la marihuana, con unas risas y fumándose un “canuto”. Fue el inicio de una caída en espiral en ese mundo oscuro y que su familia no pudo hacer nada porque cuando se dieron cuenta ya era tarde y estaba terriblemente enganchado. La última vez que le vi fue postrado en la cama de un hospital, pocos días antes de que falleciera por una endocarditis bacteriana que le causó la aguja con que se inyectaba. A tanto había llegado su degradación física que ya ni se preocupaba de compartirla y reutilizarla aun sin desinfectarla.

No era hijo de una familia desestructurada, como muchos de los que en esa época fallecieron. Sería un grave error pensar que eso no nos puede ocurrir a nosotros porque somos gentes de bien.

Otras consideraciones finales.

En otro orden de cosas, el tráfico de todo tipo de estupefacientes, junto con el de armas y de personas (que incluye la prostitución), sirven de fuente de financiación de primer orden para mafias, guerrillas, grupos terroristas y antisistema. Cualquier grupo organizado fuera de la ley encuentra en esas actividades, en el llamado “impuesto revolucionario” y en el secuestro/extorsión sus modos de financiación más eficaces.

No deja de ser llamativo que los mayores valedores de la legalización del uso lúdico del cannabis, como posible inicio a procesos legislativos de legalización de otras drogas, sean los grupos progresistas de la izquierda. Sus argumentos se basan en la inocuidad de la sustancia y un supuesto incremento de las libertades individuales.

Recordemos que los movimientos contraculturales hippies de los años 60 se originaron en EE. UU., en la soleada California y se expandieron con fuerza por todo occidente. Muchos participaron en el activismo radical, en el uso de marihuana y alucinógenos como el LSD y otras drogas con la intención de alcanzar estados alterados de conciencia; en realidad una forma de rebelarse por la homogeneidad de conceptos que ofrecía el sistema.

Sin embargo, en la misma época que se expandía con fuerza el movimiento hippie por occidente, nunca nadie tuvo noticia alguna de su existencia en ningún país de detrás del Telón de Acero. Allí reinaba la disciplina de estado más férrea y acceso a todo tipo de drogas para la población general, eran extraordinariamente difíciles de conseguir y estaban severamente perseguidas y castigadas. En algunos casos, países con regímenes de corte marxista, han sido importantes productores y exportadores a occidente de esas drogas, convirtiéndose en auténticos narcoestados.

En 1913, Lenin escribió el Decálogo en el que presentaba acciones tácticas para la toma del poder. En el primer punto de este Decálogo, Lenin decía: “1. Corrompa a la juventud y dele libertad sexual.” Quizás este punto primero del Decálogo de Lenin sea una explicación de las sorprendentes posiciones en este tema de la izquierda en especial la más radical.

Siendo estos hechos de una verdad contrastada e incontestable, es sorprendente como una población consumidora mayoritariamente joven, volcada en el hedonismo que les permiten las sociedades democráticas de cultura occidental, abonan y consumen los productos de quienes aspiran a la revocación de todas las libertades y a la institución de regímenes netamente autoritarios, por no incidir más en el propio deterioro personal, cognitivo y social.

Quizás haya que buscar explicación a esta llamativa posición de la izquierda, en algunos aspectos más profundos de un proyecto de ingeniería social en marcha.

Albert Mesa Rey | Escritor