Pocas voces han influido tanto en el debate conservador cristiano de los últimos años como la de Rod Dreher. Periodista y ensayista estadounidense, autor de La opción benedictina, Vivir sin mentiras y Vivir en el asombro, Dreher ha dedicado buena parte de su obra a pensar qué lugar pueden ocupar los cristianos en un Occidente cada vez más secularizado.
La periodista Mariona Gumpert le entrevista para el Debate donde analiza cuestiones de actualidad política como la derrota de Orbán, los límites del trumpismo, la inmigración, la soberanía nacional y el futuro político y religioso de Europa. Por su interés reproducimos dicha entrevista.
– Usted sostiene que, pese a la derrota de Fidesz, las posiciones firmes en materia de inmigración y soberanía nacional siguen teniendo un amplio respaldo social en Hungría. ¿Por qué cree que el «orbanismo» puede seguir extendiéndose por Europa occidental, aunque Orbán haya perdido en Hungría?
–Orbán no perdió porque los húngaros hayan cambiado de opinión sobre la inmigración, la identidad nacional o la guerra de Ucrania. Perdió por la corrupción y por el deterioro económico. Si hubiera gobernado con un sistema más limpio y con mejores resultados económicos probablemente estaría preparándose para un quinto mandato consecutivo.
El problema migratorio en Europa occidental sigue agravándose y los partidos tradicionales no han sabido ofrecer una respuesta convincente. A mi juicio, Orbán acertó al advertir de que la inmigración masiva supone un riesgo existencial para la civilización europea. A eso se suma el creciente malestar ante una burocracia europea cada vez más invasiva y alejada del control democrático.
La mayoría de los europeos no quiere necesariamente destruir la Unión Europea; quiere que exista de otra manera. Pero creo que solo los partidos nacionalistas están dispuestos a afrontar de forma seria la cuestión migratoria y a reclamar una mayor soberanía frente a Bruselas. Por eso pienso que, a largo plazo, el orbanismo —entendido como defensa de las fronteras y de la soberanía nacional— tiene muchas posibilidades de imponerse en Europa.
–Si la principal lección del caso húngaro es que la economía importa, ¿deben los movimientos nacional-populistas demostrar una capacidad de gobierno mucho mayor que la que exige la simple movilización cultural de su base?
– Sí. Una cosa es ganar elecciones y otra gobernar. Para llegar al poder puede bastar con articular un rechazo eficaz al sistema existente; pero, una vez en el gobierno, la falta de competencia se paga. Esto ha sido un problema recurrente en el trumpismo y es también uno de los grandes retos de Reform UK, el partido de Nigel Farage, que todavía no gobierna, pero sabe que necesita formar y seleccionar dirigentes capaces de asumir responsabilidades de gobierno. No es fácil cuando buena parte de las élites institucionales te son hostiles, pero sin cuadros preparados no hay proyecto político duradero.
La torpeza de Trump
– Usted sostiene que Trump no solo se perjudica a sí mismo, sino que también se ha convertido en un problema para el conjunto de la derecha nacionalista, incluida la europea. ¿Por qué su estilo personal puede ser un lastre internacional para ese espacio político?
– El contraste con J. D. Vance es muy claro. Cuando Vance intervino en Múnich en 2025, muchos conservadores nacionalistas europeos celebraron su mensaje: Europa debía recuperar el control de la inmigración y dejar de castigar la libertad de expresión. Las élites europeas se indignaron, pero la derecha nacionalista europea no. En cambio, Trump ha acompañado algunas de sus políticas con una retórica agresiva e innecesariamente humillante hacia Europa, como ocurrió con sus comentarios sobre Groenlandia o con sus aranceles. Esa actitud convierte en enemigos a quienes podrían ser aliados naturales de Estados Unidos en la derecha europea.
El problema es que Trump provoca una reacción emocional muy intensa fuera de Estados Unidos. En Francia, por ejemplo, algunos temen que las elecciones de 2027 acaben planteándose como un plebiscito sobre él, lo que permitiría al establishment utilizar su figura para frenar al Rassemblement National. Algo parecido ocurrió en Canadá: Pierre Poilievre parecía encaminado a la victoria, pero las provocaciones de Trump sobre Canadá como posible «estado número 51» activaron un fuerte rechazo nacional y dañaron a los conservadores.
No creo que Trump pueda evitarlo: es una criatura puramente instintiva. Si en 2028 lo sucediera alguien como Vance o Rubio, probablemente continuarían muchas políticas nacionalistas, pero con mucha menos hostilidad hacia Europa. El problema de fondo es que a los políticos estadounidenses rara vez les perjudica ser duros con Europa. Muchos estadounidenses están muy alejados psicológicamente de las preocupaciones europeas; y una parte del electorado popular ve a Europa de forma caricaturesca, como un continente decadente, progresista y antiamericano. Esa caricatura se refuerza porque los medios estadounidenses informan poco sobre Europa y, cuando lo hacen, suelen adoptar el punto de vista de sus élites progresistas.
La legítima crítica a la jerarquía
– Usted distingue entre criticar al Papa en cuestiones políticas y hacerlo de manera irrespetuosa o frívola. ¿Dónde cree exactamente que está la línea entre la crítica legítima a la jerarquía de la Iglesia y la degradación del debate religioso y público?
– El caso de J. D. Vance me parece un buen ejemplo. Cuando discrepó públicamente del Papa Francisco a propósito de la inmigración, criticó la posición del Santo Padre con respeto y defendió la suya apelando a la doctrina de la Iglesia y a san Agustín. Eso fue admirable. Trump, en cambio, ha sido insultante y vulgar. Y eso resulta inaceptable.
Cuando los líderes religiosos —católicos o no— se pronuncian sobre cuestiones políticas, deben aceptar una crítica honesta y de buena fe. Yo, por ejemplo, creo que el Papa y muchos obispos europeos se equivocan profundamente en materia migratoria, y no pienso que se les deba conceder automáticamente la razón por el hecho de ser autoridades religiosas. Pero eso no elimina la exigencia de respeto.
La clave está ahí: se puede discutir con los obispos, también con el obispo de Roma, pero no tratarlos como si fueran simples actores partidistas. Reducirlos a actores políticos degrada tanto el debate público como el religioso.
– Usted presenta a J. D. Vance como ejemplo de una discrepancia firme, pero respetuosa, con la Iglesia, especialmente en materia migratoria. ¿Qué debería aprender la derecha de ese modo de plantear el desacuerdo?
– Las responsabilidades de los políticos no son las mismas que las de los líderes religiosos, ni siquiera cuando esos políticos son católicos. Esto es especialmente evidente en el caso de Vance, que ejerce su responsabilidad pública en un país donde los católicos son minoría.
Por eso, cuando los políticos de derechas discrepan de líderes religiosos —católicos o no—, deben hacerlo con claridad y con argumentos, pero también con respeto. La Iglesia sigue siendo un pilar de la sociedad. Aunque muchos obispos adopten posiciones liberales, especialmente en materia de inmigración, los conservadores deberían entender que debilitar a la Iglesia como institución no favorece su causa.
– Usted ha dicho que Trump trivializa lo sagrado y utiliza el lenguaje religioso de forma narcisista e instrumental. ¿Lo considera un defecto personal suyo o un síntoma de una patología más amplia dentro del mundo MAGA?
– Creo que, en este caso, el problema es Trump. No es una persona religiosa, ni lo ha sido nunca. Algunos de sus seguidores cristianos más fervorosos pueden creer que es un cristiano convencido, pero la mayoría lo apoyó sabiendo perfectamente quién era. Fue un voto prudencial.
Yo no me definiría como MAGA, pero apoyé a Trump porque el Partido Demócrata se ha mostrado profundamente hostil hacia los conservadores religiosos y sociales. Esa hostilidad explica que muchos cristianos estadounidenses voten por él pese a sus defectos personales.
Cuando Trump se presentó en un meme como una especie de figura de Jesús, muchos evangélicos lo criticaron con dureza. Trump es, en efecto, un narcisista, y ni siquiera parece reconocer la blasfemia cuando la comete. Pero muchos votantes cristianos prefieren eso a un presidente más culto y respetuoso en las formas, pero comprometido con la ideología de género, la política identitaria racial y otros proyectos contrarios a sus convicciones. Es triste que esa sea la disyuntiva ante la que se ven muchos cristianos estadounidenses.
Biden y Trump
– Usted sostiene que los problemas que alimentan el populismo siguen sin resolverse, pero advierte también de que algunos líderes populistas pueden acabar desacreditando su propia causa. ¿Hasta qué punto depende hoy el futuro de estos movimientos de la calidad de sus dirigentes?
– No creo que puedan separarse tan fácilmente. Un mal liderazgo populista no hace desaparecer las razones por las que muchos ciudadanos se sienten atraídos por el populismo. Pero si esos líderes llegan al poder y no resuelven los problemas que denunciaban —o si dan la impresión de gobernar solo para enriquecerse ellos y beneficiar a los suyos— acabarán fracasando.
En Estados Unidos se ve con claridad. El Partido Demócrata puede beneficiarse electoralmente del desgaste de Trump, pero sus niveles de aprobación son muy bajos y muchos votantes no creen que tenga respuestas reales para los problemas del país. Si gana, no será tanto por entusiasmo hacia sus ideas como por decepción con el trumpismo.
Ese escenario solo agrava la pérdida de confianza en la democracia liberal. Y esa desafección, lejos de estabilizar el sistema, apunta a una crisis política más profunda.
– Si tuviera que extraer de sus últimos artículos una advertencia para la derecha nacional-conservadora, ¿cuál sería?
– La primera lección es que gobernar no es hacer campaña. Un gobierno no puede funcionar como una movilización política permanente. La derecha nacional-conservadora necesita atraer, formar y promover a personas competentes, y no premiar la lealtad por encima del mérito.
También debe evitar gobernar únicamente para satisfacer a su propia base. Tiene que tomarse en serio la corrupción, aunque solo sea porque tarde o temprano acaba desacreditando cualquier proyecto político. Y debe mantener alejados a los sectores más extremistas de su movimiento, como los antisemitas de extrema derecha que hoy están ganando influencia en algunas redes sociales estadounidenses.
– ¿Considera que España va políticamente por detrás del resto de Europa, o que se ha convertido en un caso especialmente revelador de la crisis europea?
– Creo que España se encuentra en una situación especialmente delicada, porque Vox no ha logrado consolidarse como una alternativa creíble a los partidos del establishment. La inmigración masiva procedente de países islámicos y del África subsahariana —distinta de la inmigración hispanoamericana, que comparte con España una base lingüística y cultural— amenaza con destruir España, del mismo modo que amenaza con destruir Europa.
Como extranjero, hay algo que no alcanzo a comprender: que exista en España tan poca resistencia ante este fenómeno, precisamente en un país marcado por la experiencia histórica de la conquista islámica. Toda Europa se enfrenta a este desafío existencial, pero en España parece haber menos disposición a reconocerlo y afrontarlo.
Además, los sectores biempensantes despachan a Vox como «extrema derecha», como si demonizar al único partido que se atreve a hablar abiertamente del problema bastara para hacerlo desaparecer. Es una dinámica presente en toda Europa, pero en España resulta especialmente grave.
La pasividad de los cristianos
– ¿Qué le gustaría que comprendieran los cristianos conservadores de Europa, incluida España, sobre el momento histórico que estamos viviendo?
– Me gustaría que entendieran que Europa atraviesa un cambio de civilización. En el siglo IV, muchas élites paganas romanas no comprendieron que el paganismo estaba siendo desplazado por el cristianismo: los templos seguían abiertos, los cultos continuaban, las fiestas se celebraban, y por eso no percibieron el movimiento profundo de la historia hasta que fue demasiado tarde.
Hoy ocurre algo parecido, pero a la inversa. Europa está perdiendo su civilización cristiana por efecto del secularismo, la indiferencia y el consumismo. Y una sociedad no puede vivir indefinidamente sin una creencia compartida sobre la realidad, el sentido y el propósito de la vida. Si el cristianismo desaparece como fuerza viva, ese vacío será ocupado por otra cosa: quizá el islam, quizá una forma renovada de cristianismo, quizá algo distinto. Lo que parece claro es que el statu quo no se mantendrá.
Muchos europeos tampoco comprenden que buena parte de los valores liberales que aún aprecian —incluidos los derechos humanos— proceden del cristianismo. La Ilustración intentó conservar una moral de raíz cristiana sin la religión y la metafísica que la sostenían. Y ese experimento ha fracasado.
Por eso los cristianos conservadores no deberían esperar que la jerarquía venga a salvarlos. La Iglesia institucional está demasiado dominada por la inercia. Las familias, las comunidades y los propios fieles tendrán que asumir la responsabilidad de transmitir y encarnar la fe. Esa es la intuición que quise transmitir en La opción benedictina: los católicos tienen en su propia tradición todo lo necesario para mantener viva la fe, pero necesitan imaginación y valor.
Dios no ha muerto. Pero los cristianos no pueden permanecer pasivos esperando ser rescatados. Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra su Iglesia; no prometió que el cristianismo sobreviviera necesariamente en Europa. El Espíritu Santo solo actúa allí donde es acogido.
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