El marketing de la Eutanasia | José Jara

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Cuando una realidad es fea y desagradable, se suele recurrir a disfrazarla. Eso precisamente es lo que parece que intenta la terminología utilizada en el Proyecto de Ley de regulación de la Eutanasia, actualmente en tramitación parlamentaria, ya que en varios de sus capítulos aparece el término de “prestación de ayuda para morir” en vez de mencionar claramente los términos “eutanasia y suicidio asistido”. De nuevo, por tanto, parece que se pretende crear la ceremonia de la confusión para hacer más digerible a la población general y, sobre todo, a los profesionales sanitarios, unas acciones que no tienen otro objeto que provocar directamente la muerte de las personas que confían su vida a la atención médica correspondiente.

            Se podría decir que se intenta llevar así la ética de la profesión médica al polo opuesto de donde debería conducir. En vez de trabajar para optimizar los recursos disponibles y enfatizar el deber de dar una asistencia no sólo técnica sino también humana de calidad, ante el sufrimiento ajeno nuestros legisladores pretenden que los médicos ofrezcamos sin más el “derecho a la muerte” como salida al dolor. De hecho, en el actual proyecto legislativo, figura que si alguien considera que esto no es lo correcto y que se podrían valorar otras estrategias en vez de inyectarle al paciente una dosis farmacológica letal, su actitud podría ser considerada como sujeta a sanciones, no quedando otra salida que la objeción de conciencia

            Por tanto, no es de extrañar que desde la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), su presidente, el doctor Celso Arango, haya recordado que, en Holanda con una legislación similar, “detrás del 90% de los casos en que se nos plantea un deseo de morir, existe un trastorno de salud mental que es temporal y tratable. En Holanda hemos visto casos de personas con depresiones tratables a los que se les ha aceptado un suicidio asistido”. Es la situación a la que se puede llegar cuando  los profesionales de los Equipos de Salud Mental reciben el mensaje de que luchar por dar ánimos para vivir a los pacientes en fase depresiva puede ser considerado como algo rechazable legalmente, en vez de cómo algo elogiable.

            Es importante, con respecto a esto, recordar que la propuesta de legislación eutanásica que se está tramitando no va dirigida a enfermos únicamente terminales, como quizás alguien todavía pueda pensar equivocadamente. El texto va dirigido del modo más amplio posible a todas las personas con una enfermedad  “grave, crónica e invalidante” lo que puede incluir desde una enfermedad de Alzheimer en fase inicial hasta otras enfermedades psiquiátricas de tipo crónico, ya que no se distingue entre patologías físicas o mentales y el proyecto de ley en ningún momento menciona que sea necesaria la valoración por un especialista en psicología o psiquiatría. Al ser reconocida la petición de morir como un derecho al que hay que dar respuesta, la actitud que se propugna es simplemente la de dar muerte sin preguntar. Lo contrario podría ser considerado como una actitud obstruccionista y de oposición a los derechos de los pacientes. En definitiva, al paciente se le deja solo con su problema y a los médicos se les indica que eso es lo que hay que hacer. 

De hecho, recientemente, en el medio digital Mercatornet se recordaba en primera persona el caso en Bélgica de una anciana a la que se le había administrado la eutanasia sin informar siquiera de esa petición a su hijo. Se consideró que cumplía los criterios marcados en la ley y no se pensó que el hijo podría haber aportado el suficiente apoyo psicológico o emocional que su madre necesitaba en ese momento en el que se sentía en una situación de sufrimiento. El relato era referido con consternación por este familiar que se veía a sí mismo en una situación de impotencia y de tremenda frustración por no haber podido hacer nada.

Por todo ello, habría que entender que el supuesto “derecho” que realmente se está aprobando con estas legislaciones es el derecho al suicidio. La eutanasia no se preocupa por los motivos que llevan a una persona a no querer seguir viviendo, no le interesa, simplemente da como respuesta la muerte provocada. Ettiene Montero, anterior presidente del Instituto Europeo de Bioética, afirmaba que la eutanasia es la opción menos inteligente y fruto, muchas veces de la incompetencia profesional, ya que es el resultado de quien no sabe o ni siquiera intenta resolver las situaciones de sufrimiento ajeno y no se le ocurre más que ofertar la muerte a las personas que confiaban en él. Se podría considerar que es mala medicina, ya que si estas actitudes hubieran sido las habituales en los siglos precedentes, el progreso en investigación para solucionar el dolor derivado de la enfermedad se habría frenado considerablemente.

Sin embargo, afortunadamente, todavía hay muchos buenos profesionales que, ante el sufrimiento de sus pacientes, optan por buscar soluciones en recursos tecnológicos, medicina innovativa, humanización del trato, soluciones a diferentes tipos de dependencia y se sigue luchando por convencer a los responsables políticos de la necesidad de una ley de atención integral al sufrimiento, más allá aún de la imprescindible mejora de los Cuidados Paliativos, que también es una asignatura pendiente aunque ya sabemos que no resolvería todas las situaciones. Asumamos, de una vez que, aunque no tengamos soluciones mágicas para todas las personas con ideas suicidas, nuestro deber básico como sociedad es ayudarles a vivir, no abandonarles a su muerte.

José Jara | Presidente de la Asociación de Bioética de Madrid