¿Dos Españas? | Paco Álvarez

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Durante casi 90 años, al menos desde 1936, nos han estado contando que casi desde siempre, había dos lados irreconciliables en nuestra, tierra, dos maneras de entender la vida que indefectiblemente, nos llevaron a la guerra. La pregunta que me hago es si esas “dos Españas” de verdad nos llevaron a la guerra o si fue precisamente la guerra, la que creó las dos Españas.

Y no, no me vale lo de que somos un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín o que españolito que vienes al mundo te guarde dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón, por mucho que lo dijera Machado. Son poemas de 1912, mucho antes de la radicalización republicana o del surgimiento de los totalitarismos en el mundo.

En el primer cuarto del siglo pasado, España vivía una situación en la que el atraso rural convivía con los comienzos de la modernidad. Una España con un increíble florecimiento de nuestra cultura en todos los ámbitos. España vivía una eclosión, un paso adelante, que nos daría por ejemplo tres premios Nobel en un cuarto de siglo, los de José Echegaray (1904), Santiago Ramón y Cajal (1906) y Jacinto Benavente (1922), por cierto el de Don Santiago en medicina, en ciencia. Pero además, fue la época del surgimiento de artistas como Picasso, Dalí, Miró, Buñuel… o de Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Unamuno, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jimenez… científicos e intelectuales como Madariaga, Ortega y Gasset, María Zambrano, Gregorio Marañón…

Lejos está esa nómina de ilustrar una España atrasada, inculta u oscura. Son nombres eternos que sobresalen sobre sus contemporáneos del resto de Europa. Nombres españoles, no de un lado u otro, aunque luego algunos, como García Lorca o Foxá, hayan sido apropiados por alguna de esas dos Españas que surgen en la guerra. Digo en la guerra y no antes, porque la verdad es que el golpe del 18 de julio, fue un fracaso histórico en todos los sentidos.

Sí, se hizo para evitar una revolución, pero hay que recordar que la República se defendió en 1934 de otra intentona comunista con éxito y nada indica que no pudiera hacerlo de nuevo en el 36. El objetivo de formar una dictadura militar republicana, que era lo que preconizaba Mola, para poner a Sanjurjo al frente de la nación, tampoco fue, obviamente, conseguido.

Los sublevados, hasta que incorporaron a los carlistas en su seno, portaban la misma bandera republicana que el gobierno y no contaban con la Falange para nada hasta después del golpe. También hay que recordar que en el 34, la Derecha había ganado holgadamente las elecciones en la República y a pesar de todas las dificultades, podría haber avanzado el régimen hacia una alternancia más aceptable. No todos los republicanos eran de izquierdas, como creen algunos.

Evidentemente, igual que ahora, había elementos exacerbados en ambos espectros políticos y radicales como la Pasionaria, personajes amenazantes. Hubo atentados y víctimas. El orden público en la República era un caos y tal vez eso quiso remediar el golpe de Estado, pero ni fue aplastado, ni tuvo éxito, con lo que en vez de corregir el rumbo desquiciado del Estado, nos trajo tres años de guerra. Esa guerra es la que creo que dividió a España en dos conforme las atrocidades de ambos bandos, especialmente en las retaguardias de la llamada “zona roja”, manchaban de sangre nuestras paredes, las heridas se hicieron más grandes y los bandos, más irreconciliables.

Por eso creo que todavía la gente mayor que vivió la guerra, cuando se refiere a esta época suele preguntar a quién no conoce: ¿Y a ti, dónde te pilló? Ejemplificando que para la inmensa mayoría de los españoles, el bando fue sólo la casualidad geográfica del lugar donde te hubiera encontrado la movilización o el golpe. Todos eran españoles. Nadie fue encantado al frente a que le mataran o a matar al del otro lado, tal vez excepto algún fanático o fanatizado, pero no fue la norma, sino la excepción. Tal vez por venganza…

Cuando por fin terminó la matanza, no vino la paz, sino la Victoria, como decía Fernán-Gómez, y se nos contó que sólo había una España verdadera, la de los que hicieron la cruzada. Los de la otra España, eran malos españoles, no representaban los valores que los vencedores consideraban eternos y característicos de nuestra Patria. Fueron no sólo exiliados, sino expulsados, casi considerados apátridas. Sin embargo, los republicanos, la inmensa mayoría, luchaban por España y los poemas del exilio hablan de un amor por nuestra tierra, envidiable. A todos los exiliados que he conocido en mi vida, los he visto más patriotas que a muchos que presumen de ello, empezando por los republicanos de  “La Nueve”, los primeros aliados que entraron en París liberándolo en 1944, en una tanqueta con la bandera española y con el nombre de Guadalajara. Me dirán que no es para sentirse orgulloso.

Así que tardamos años en encontrarnos, en reconciliarnos. Demasiados años hasta que las dos Españas nacidas en la guerra y regadas con el amargor del dolor, del exilio y del totalitarismo, pudieron abrazarse, tras el hambre, tras la sangre, tras todas las cosas, amparadas en una elección libre, la de caminar juntos mirando al futuro. La tantas veces traída y llevada, reconciliación. La vuelta a empezar desde donde se estropeó todo, desde el primer disparo. El volver a sacar brillo a los intelectuales que hace 100 años indicaban el camino. El volver a sentirse orgullosos de ser españoles. Sacar la bandera al balcón y reivindicar a todos nuestros héroes y artistas, del color que sean. Son todos, españoles.

Ahora hay otra vez extremismos. Hay incluso gente que no se considera española o que cree que la transición y el cierre de todas nuestras heridas, fue un fraude. Muchos se llaman republicanos pero son sólo ratas. Esos son los que medran sólo cuando los hermanos se matan entre sí. Los que nos quieren despedazados, para recoger ellos los restos y gobernar la miseria. Los que quieren encerrase en la aldea a gritar “viva las cadenas” mientras el mundo avanza para ser más libre. Los que quieren que sus hijos sólo hablen el idioma del poblado, del bunker, convirtiéndoles en analfabetos.

No hay ya dos Españas. Nunca debió haberlas. Pero sí que tenemos enemigos. Muchos en casa. Pero no son enemigos de unos o de otros. Son enemigos de todos los españoles. Los que quieren una España dividida, más débil, más fragmentada, no es que defiendan una España plural, como dicen, es que no quieren a España… a veces lo dicen, se les escapa. Y con los enemigos, no se pactan los gobiernos, los presupuestos, las leyes. El león no pacta con la hiena. Estamos perdiendo nuestro tiempo, nuestra dignidad y nuestra Democracia.

Los enemigos aprovechan la generosa Constitución para atacarla desde dentro. Para pedir que no se juzgue a Mikel Antza o que se libere a otros asesinos múltiples. Va siendo hora de que defendamos nuestra Democracia de los no demócratas, de los comunistas, nazionalistas y demás enemigos que hoy apoyan a este Gobierno, porque saben que es débil y miserable y les dará lo que quieran. Cuando por fin nos libremos de Pedro Sánchez en unas elecciones limpias, volverán las ratas a sus agujeros desde donde atacaran en la calle, como han hecho siempre, lo que la mayoría opine en las urnas cuando las urnas no les dan la razón.

No hay dos Españas. Hay millones. Donde hay un español, hay una idea de España y todas las ideas caben en nuestra Democracia. Todas, menos las que pretendan destruirla.

¡Viva España, hermanos!

 

Paco Álvarez | Escritor