Todos los que me conocen, o las personas que siguen al movimiento cultural, moral y social Nuevos Tercios, para el estudio, defensa y difusión de España y su obra impar la Hispanidad, de su historia y esencia, que pasé gran parte de mi vida en Méjico, dedicado especialmente a la seguridad (pública y privada), desde donde tuve la distinción de tener la responsabilidad de la protección de algunos municipios del país, de los delincuentes estatales, extraestatales y sus connivencias. Un auténtico y peligroso disparate.
Desde aquel país, aún no consolidado como verdadera nación, pues perdieron la continuación de su verdadera tradición con la secesión, e intentaron crear una nueva identidad desde el odio y la mentira, desde el vacío de sí mismos, intentando justificar así la impiedad violenta contra una unidad moral, histórica y política; allí, digo, me dediqué con especial ahínco a las actividades del movimiento Nuevos Tercios: congresos, conferencias, tertulias, cursos, ferias del libro.
El primer congreso de Hispanidad lo celebramos en Santiago de Querétaro en el año 2010, con un éxito extraordinario de publico y de entusiasmo, que propició anécdotas magníficas y esperanzadoras.
Sabíamos que la lucha por la recuperación de la verdad histórica resultaba muy difícil, en un mundo en que la apología falaz del gobierno lo controlaba todo de manera inmisericorde, aplastante, desde la escuela y la academia, a los medios de difusión. No obstante, poco a apoco, la verdad se filtraba en medios privados y en la universidad, y sigue avanzando y fortaleciéndose, a pesar del miserable gobierno que sufren, producto, según dicen, de la voluntad popular. Dios nos ampare.
Viajábamos mi familia y yo muy esporádicamente a España, lo que nos permitió ver escalonadamente una degradación moral e intelectual que, amén de muy dolorosa, se nos evidenciaba de manera brusca en cada visita; la cuna de la Hispanidad desaparecía vergonzosa, traidoramente, alimentada aquella aniquilación por el silencio culpable de los españoles, que no veían, o no querían ver, quizá demasiado acomodados en las bondades dejadas por el régimen anterior, aquel que dejó a España en la octava potencia industrial, y en la que prácticamente las familias (defendidas por el régimen) no pagaban impuestos. La bonanza material es siempre (si no cuidamos el patriotismo, el alma de la patria) caldo de cultivo de degeneración de las virtudes tradicionales.
La vulgaridad, la descortesía, la ignorancia, la cobardía, la indecencia, la impiedad, la indiferencia, la irrespetuosidad, la inelegancia, el egoísmo, se imponían en una patria que antaño se había lanzado gallarda al mundo entero, predicando y defendiendo los valores de la hidalguía, con una energía y convicción jamás igualadas. Aquella España que impuso su carácter en el mundo, se dejaba avasallar por el peso de una globalización exótica y enajenante.
Cada visita a España, de hasta varios años de diferencia, evidenciaba el brusco cambio en todo lo señalado, y también en lo étnico. Si trataba con alguien esta impresión mía, estaba expuesto a ser tildado, de manera feroz y automática, de racista. En un mundo aturdido, estragado, de derechos, yo no tenía derecho a preferir la estampa de mis antepasados, de mis hermanos, padres, amigos, abuelos.
Me incomodaba la novedad (para mí) de ver los letreros de los pueblos y regiones de España en lenguas (o dialectos, o caprichectos), que disociaban de aquella antigua unidad nacional; ahora, las diferencias regionales eran motivo de separación no nexos de unión, como lo eran antes de mi partida de España, aquello de la rica multiplicidad de las regiones.
Pero todo va junto: la ruptura con la tradición, la incultura, el gusto por lo feo, la sustitución étnica, la inmoralidad… Pero tanto descalabro no podría sostenerse si los que lo impulsan no estuvieran protegidos por un perverso poder externo, obsesionado con el globalismo homogeneizante, que, afortunadamente, parece tener visos de retroceso, merced a una nueva fuerza que surge desde el norte de América. Veremos.
Ahora, es fácil encontrar intelectuales que creen superior la Escuela de Frankfurt a la de Salamanca, o que el krausismo vino a salvar a España de su lúgubre y endogámico destino histórico; triste siglo XIX. Por fin todas las culturas son iguales, no importa el neolítico mesoamericano o el Renacimiento Español. Todo un prodigio de evolución igualitarista.
Estos tiempos tan inclinados a despreciar nuestra escolástica, se rigen, sin embargo, por sañudos axiomas pervertidos que controlan el juicio de las personas, mientras niegan que estos existan. Por eso, cuando se pierden los argumentos intelectuales, se pasa a calificar desaforadamente a las personas, momento en el cual se termina la conversación: es usted un fascista, es usted un racista… Terminante.
De todo este estado de cosas, lo que más me preocupa (pues aún creo en las virtudes de la raza, con perdón, aunque seamos cada vez menos) es el daño permanente que pueda dejar tras nuestra victoria, pues nos enfrentamos a un conflicto que nunca habíamos enfrentado, que no solamente desmonta o rompe, sino que disuelve, y que dejará un remanente que será difícil extinguir. Dios me confunda.
Y, también es prudente reconoce que, en este sistema de democracia liberal (caldo de cultivo de todas las torpezas), la verdad, las esencias, se cambian por el número; el número decide qué debe considerarse verdadero o justo, o así lo cree la masa adoctrinada, a la que se debe imponer lo que es su propia voluntad popular, porque, como decía Rousseau, el pueblo quiere lo bueno, pero no lo ve. Menudo artificio, fundamento de tanto mal.
Ahora, en nuestra entristecida y extraviada España, la izquierda quiere acceder definitivamente al poder, utilizando todas las opciones que el sistema le proporciona; ya no se trata de estar al frente del gobierno, sino de ser el gobierno, mejor, de ser el Estado. No sé a quien pueda sorprender.
Han tomado la educación, los medios de difusión, han destruido la familia y la vitalidad demográfica, y se han apoderado hasta del concepto de arte y belleza, aturdiendo así las esencias más naturales del alma humana.
Esta agonía de España, debe transformarse en agonismo patriótico, única vía de salvación. Grandes lecciones de ello nos da nuestra historia, por eso hoy reprimida por leyes opresivas que no permiten pensar, que imponen lo que debemos creer, manteniéndonos ajenos de la realidad, para que no descubramos nuestra propia grandeza, tan peligroso este descubrimiento, pues puede despertar toda la furia dormida y la dignidad de España.
En la mente se me agolpan nombres y hechos en tropel insostenible: Numancia, Empel, Castelnuovo, Méjico, Lepanto, Otumba, Garellano, Baler, Zaragoza, Gerona… encamisadas… Santa María de la Cabeza, Alcázar de Toledo, Krasni Bor. ¡Cuánta grandeza olvidada!
Siempre es tiempo de pensar, de prudencia, pero ahora, sobre todo es tiempo de osadía, de camaradería, de lucha, de heroísmo, que hoy más que nunca es heroico discrepar del aplastante pensamiento único. De la hoja a la hoja; del libro a la espada, de la doctrina a la acción.
Recuperemos la hidalguía de nuestra alma personal y nacional, y volveremos a salvar España.
Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor
Tags: Hispanidad, Nuevos Tercios, Tradición española, Identidad nacional, Batalla cultural, Historia de España, Patriotismo.





1 comentario en «España agónica | Amadeo A. Valladares Álvarez»
Excelente diagnóstico Profesor, si, es tiempo de osadía, de hidalguia de heroísmo!!!! viva la Hispanidad!!!