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Los acontecimientos de Ceuta y Melilla suponen una catástrofe más que añadir al cúmulo de tragedias sucedidas a la patria bajo los Gobiernos socialcomunistas —con el apoyo de sus diversos cómplices—, durante la Farsa del 78, culminados en la presidencia de Pedro Sánchez.
Ante los innumerables percances sufridos, ante tantas adversidades permanentes, la pregunta que es obligado hacerse es: ¿qué planes ocultos, qué peligros desconocidos exigen tan desleales motivos? Actos tan hostiles —el último la invasión de Ceuta y de Melilla—, sin razón justificada desde un punto de vista moral o bélico, sin agresiones previas ni motivos aparentes, han de excitar por fuerza la sorpresa y la sospecha de los españoles libres.
Y llevarlos a la certeza de que una estrategia metódica y sinuosamente planificada por los dirigentes de la Farsa del 78, del Rey abajo, como la que vienen padeciendo, no es sino una guerra híbrida destinada a dejarles sin derechos, sin patria, sin Dios y sin vida. Y que ya no es suficiente quejarse altamente de ese feroz encono trazado contra ellos y contra sus raíces, ni del grave desprecio a la nación por parte de los confabulados, ni de las esperanzas de triunfo final que se vienen dando a los enemigos interiores y exteriores.
No, no es suficiente la queja. Es precisa la acción.
Acerca del socialcomunismo ya es bien sabida su índole y sus intenciones. Salvo por los imbéciles y los incívicos, todo ciudadano normal conoce la deslealtad a la patria de esta ideología. También sus fanáticos —esos vecinos tuyos, amable lector, con los que te cruzas diariamente al salir de casa— la conocen perfectamente, porque la sienten como suya, pero la disimulan y blanquean.
El socialcomunismo, por naturaleza, es antiespañol, y su rencor está enfocado a destruir con toda su furia el objetivo de su inquina. Su odio a España y sus designios contra ella son una evidencia histórica. Y lo que se ve, no se juzga.
Lo que no se sabía con certeza, aunque se sospechase, era la condición de traidores o de cobardes de las Fuerzas Armadas —en el conjunto de sus graduaciones más altas, al menos— y de la Corona. Algo que, tristemente, ya resulta inobjetable. Y, con todos estos testimonios a la vista, no se puede mirar a Europa, ni mencionar a Trump o a Israel, ni encelarnos con la abominable trayectoria del régimen alauita, buscando explicaciones ni mucho menos soluciones.
La España que aman los españoles de bien, los genuinos, los espíritus libres, no tiene amigos actualmente en el concierto internacional. Y si los tiene son pocos y de peso escaso. Trump puede decir —y en la literalidad de lo dicho lleva razón, aunque no en su intención última— que los problemas de España son por culpa de las políticas de Pedro Sánchez. Unos problemas gravísimos consecuentes de una política y de una actitud personal vergonzante por sus aberraciones y por su antiespañolismo.
Lo que se desprende de las palabras de Trump y del sentimiento de los numerosos enemigos de España es: «A nosotros, aunque algunos finjamos lo contrario, la gobernanza de Sánchez nos viene bien, porque engorda nuestros intereses y debilita a una nación que no nos conviene neutral ni fuerte. Es a vosotros, españoles ciegos, que habéis elegido y reelegido a un traidor y padecéis las secuelas de su infidelidad, a quienes corresponde solucionar vuestras dificultades».
Tal vez los delitos sean útiles y necesarios para manejarse en política, y ello define a muchos de sus profesionales, pero ninguna persona con honor y dignidad, que se respete a sí misma y al Derecho, puede valerse para sus ambiciones de la falsedad, de la corrupción, ni de deslealtades ni cobardías. Ningún hombre de bien puede mancharse jamás con la traición a la patria, raíz omnipresente y definitiva que imprime carácter a sus hijos y los alienta del espíritu de abnegación y de martirio.
Un Parlamento de verdadera representación popular encargaría urgentemente una comisión para preparar un manifiesto general en el que se relacionaran todos los traidores y se expusieran todas las injusticias y los medios de repararlas.
Pero no sólo una exposición de los abusos actuales; sobre todo una pintura —sombría, por fuerza— de los males pasados durante la Farsa del 78, de los abusos antiguos, de las traiciones de políticos y monarcas, de la tiranía gubernamental socialcomunista, de los peligros que ha corrido la patria y, más allá, insistir en los que le amenazan todavía, en el presente y en el futuro, pidiendo el último esfuerzo para erradicar definitivamente la pudrición generada por la cacocracia del 78.
Pero como perro no come perro, ese Parlamento no existe hoy, pues el vigente, en general, se ha convertido en asamblea de traidores. Lo cual quiere decir que, al pueblo abandonado y engañado por quienes están obligados por juramente a protegerle, se le hace imperativo recuperar su libertad y sus derechos por sí mismo. Y que la regeneración pasa por proclamar la emancipación de la sociedad civil y por abolir las usurpaciones del poder, tanto político, en particular, como oligárquico, en general.
Es ineludible y preceptivo defender las libertades públicas. Y sólo al pueblo es dable reconquistarlas. La legitimidad y la necesidad de su existencia es lo primero que un pueblo que se sienta soberano debe convenir. El ardor regenerativo ha de extenderse por todos los rincones y ha de ser superior a los temores. Hay que aprender a oponerse al poder mediante la lucha.
El primer acto de los espíritus libres, al unirse para conseguir la regeneración, ha de ser el de alentar el instinto patriótico para volver a encontrar las afinidades tradicionales y la religiosidad de los antepasados. Porque España está necesitada del alma de un vasto movimiento patriótico que encienda en santo furor a toda la nación.
Un pueblo que se siente soberano no deja de proclamar resueltamente sus libertades y de obligar al poder a reconocerlas como primigenias e independientes, sin soportar que sus derechos se tomen por concesiones del poder, ni consentir que los abusos de éste se consideren sus derechos. Y no hay que pensar sólo en restablecer el orden legal, hay que comprometerse a abolir el socialcomunismo desde sus raíces y, más allá, acabar con el Sistema, ese engendro nacido en las morbosas mentes de la plutocracia globalista.
Esto no debe ser un sueño, sino una ferviente realidad. ¿Hay alguien ahí, con un mínimo de poder, honor y dignidad, dispuesto a alzar la antorcha de la manumisión? Han de surgir ya mismo espíritus fuertes y altivos que se entreguen con ardor a la defensa de la vida, de la libertad del pensamiento y al resurgimiento de la patria. Conscientes de que es necesario comprometerse por el verdadero progreso, fieles a la causa de Dios y de España; porque de otro modo ellos y sus hijos acabarán sumidos en entera esclavitud.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
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