400 pepinos | Javier Toledano

bono cultural Urtasun menas

Hay vida más allá de las joyas del clan Zapatero. Me gustaría decir algo (se vienen cositas) sobre el ajuar “aportado” al matrimonio por Sonsoles Espinosa, gran diva del bel canto, pero abordaré otro asunto de interés en riesgo de pasar desapercibido ante el enceguecedor brilli-brilli de tantos zafiros y diamantes y de la genial divisa progresista enunciada por ZP, inspirador del club de la ceja farandulera, y mítico referente de la “superioridad moral” de la izquierda: “ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”.

El artífice de la medida es Urtasun, a quien las lenguas maledicentes llaman “Tontasun”. El ministro atesora méritos y capacidades para ser justo acreedor a título tan singular, pero no por ello adopta una actitud conservadora, al contrario, redobla sus esfuerzos para que nadie le dispute tan preciado galardón y de ese modo agranda su leyenda. Recurre para ello, como es costumbre, al dinero de los contribuyentes. Urtasun no tiene techo y vuela libérrimo más allá de Orión.

Si la ocurrencia de destinar 400 pepinos por lampiña barba en favor de los jóvenes, supuestamente destinados a eventos y consumibles “culturales”, es más que discutible, Urtasun amplía pródigamente la paguita al colectivo no cuantificado de los llamados “menas”, infiltrados de un porcentaje considerable, también ignoto, de “manas” o “mayores no acompañados” a tenor de las pruebas antropométricas de las que tenemos noticia. Nada como disparar con pólvora del rey. El ministro, luminaria del pensamiento contemporáneo, estima que el “bono cultural” es un incentivo encaminado a su deseable integración social, un potente imán que ejercerá sobre los tales la persuasión necesaria para acomodarles a nuestro modo de vida y valores. Cierto que no parece fácil decodificar qué cosas sean “modo de vida” y “valores” en el privilegiado magín de Urtasun.

Lo que han dado en llamar “bono cultural” es una banalización del concepto “cultura”, que es lo único que puede hacer con ella un gobierno de izquierdas que se propone dirigirla. Como, a fin de cuentas, pretende dirigir nuestras vidas mediante la conformación de las conductas a sus nuevos esquemas de convivencia basados en la yuxtaposición de identidades fractales, “interseccionales” (en su jerga), con arreglo a baremos “multiculturales”, “racializadores” y a bizarros polimorfismos de género.

Grandes dudas genera la idea de una “cultura” pasada por la criba de la “bonificación”, es decir, cuando es tarifada conforme a un proyecto ideológico, por demás sectario y maniqueo. Quiere decirse cuando la “cultura” es instrumentalizada desde una perspectiva de régimen. A la polémica suscitada tiempo ha sobre si la tauromaquia en España es cultura, y digo en España, no en Dinamarca, y si el citado “bono” habría de incluir ese tipo de festejos, añádanse preguntas… que afloran como setas en otoño… sea el caso, si los “menas” avecindados en Cataluña podrán canjear el bono por clásicos de la literatura española o habrán de contentarse con degustar exclusivamente novedades editoriales en catalán, habida cuenta del monolingüismo obligatorio imperante en la región.

Cierto que el hábito de la lectura, y otros igualmente estimables, no parecen, es un apriorismo, muy arraigados en el colectivo citado. No da mi volandera imaginación para figurármelos adquiriendo entradas en la Filmoteca para ver una película de Eric Rohmer, asistir a una exposición pictórica de la escuela flamenca de los siglos XVI y XVII o alimentar su espíritu en un concierto de lieder de Kurt Weil interpretados por Sonsoles Espinosa, convenientemente alhajada a lo Bianca Castafiore, y con el maestro David Sánchez al piano (por su alias artístico, David Azagra), compositor de la aclamada “Danza de las chirimoyas”.

Casaría mejor su interés, nuevo apriorismo intuitivo, con otro tipo de artículos y eventos, sea el caso de un recital de “trap” donde un chaval malote, enfundado en un chándal  del PSG, anima con sus ripios a un tumultuario auditorio a quemar contenedores de basura o a lanzar adoquines contra agentes de Policía. De igual manera que un paleoarqueólogo se licúa de satisfacción ante una herramienta ósea del período auriñaciense, que no deja de ser “cultura” tangible, material, de nuestros antecesores, uno de los nuevos beneficiarios del bono “urtasun” bien podría agenciarse una admirable navaja albaceteña, bandolera o de carraca, crec-crec-crec, que forma parte, forjado de metales y cuchillería, de nuestra cultura ancestral.

No sabe uno si la utilización del bono en cuestión ampara la libre e irrestricta elección de bienes culturales o si la autoridad competente dispone de un itinerario recomendado que incluya, acaso, la lectura de autores de la talla de Almudena Grandes y David Uclés (avatar “boinificado” y rejuvenecido del ministro), o la asistencia a la proyección de “Sidosa”, de Eduardo Casanova, a la última peli de Los Javis, o a aquella otra en que Alejandro Amenábar convirtió a Cervantes en un icono gay en “hammames” argelinos.

Los chicos, cuando menos los propios, necesitan más que “bonos”, 400 pepinos del hala, de un fértil “abono” cultural, esto es, un plan de estudios potente que haga de la instrucción pública una herramienta civil de primer orden para formar ciudadanos libres y capaces de defender por sí solos sus intereses. Y que sea de nuevo el sistema educativo eso que fue en tiempos, un ascensor social, y ya no lo es por culpa de una lamentable devaluación académica. Una nación respetable y soberana, que no sucumba a las diferentes versiones del globalismo, ha de contar con una instrucción fuerte, sólida, que no perviertan las amenidades inconsistentes de esa pedagogía tutelada por quienes pretenden convertir a las generaciones venideras en “receptores de paguitas”, como la de esa bagatela estúpida del “bono” cultural.   

Javier Toledano | escritor


Tags: Urtasun, Bono, Cultura, Menas, Subvenciones, Política, Ideología

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