Anatomía de una putrefacción | Jesús Aguilar Marina

Anatomía de una putrefacción

Corren rumores de que, en el laboratorio de atrocidades de Interior, se sigue cocinando para dar otra vuelta de tuerca a la censura, esa inseparable mascota socialcomunista. Al parecer aún le quedan estrías a la moribunda libertad de opinión. Y por si los resistentes —los tildados de conspiranoicos— no tuvieran ya suficiente timbre de gloria, ahora también tendrán grabada a fuego —¿y a sangre?— la señal de su persecución, que es la mejor marca de legitimidad en estos tiempos amargos.

La libertad de expresión, la libertad en general, es siempre un fiambre en las retorcidas mentes de estos doctrinarios. Nunca fue tan oportuno recordar aquel diálogo implacable:

—Hay que librarse de él.

 —Es un hombre honrado.

 —¿Y quién confía en los hombres honrados?

 —Yo confío en él.

 —Entonces tendremos que librarnos de usted también.

Libros, palabras, poesía, filosofía, libertad de cátedra… ¡libertad de opinión! Nada de esto alimenta al común, señor mío. Ni los mandamases, ni sus mandarines, ni los verdugos alcanzan a comprenderlo del todo. Ni la plebe. Las catástrofes con morbo, esas sí son inteligibles. El espectáculo, la farsa. ¿Y de qué se trata en realidad? Mientras la historia se cocina a fuego lento, las calles se llenan de curiosos que participan sin saberlo en la crónica, ignorantes de qué han hecho los miserables condenados por la inercia del destino.

La gente normal, paciente lector, necesita entender la sentencia. Que le digan que aquel reo es un ladrón, un magnicida, un violador de doncellas… cualquier cosa, siempre que sea comprensible. Pero hay penados que jamás han maltratado a nadie. ¿Por qué, pues, los arrastran así, mientras los verdaderos criminales se jactan de su impunidad? ¿Para qué sirve ahorcar o quemar a hombres libres y honestos, que anhelan expresarse en libertad? Es la suerte de los fracasados, señor mío.

Y en este mundillo de comedieta y de hipocresía, también los foros de ideas y los centros de pensamiento endogámicos resultan, como las sectas, las herejías y las religiones falsas, estériles en lo doctrinal positivo. Carecen de toda capacidad proselitista, tanto intelectual como regeneradora. No sirven de nada en un sistema político podrido, inclinado siempre al absolutismo y gobernado por patricios enchumbados de psicopatía, codicia y resentimiento.

La censura, señor mío, forma parte de la naturaleza de tantos que han venido no a cumplir los códigos de valores, sino a derogarlos. Ante semejante maraña delictiva —no solo cohechos y prevaricaciones, no solo intervencionismos ilegales, no solo cúmulos de incumplimientos y malversaciones de dinero público, no solo enriquecimientos y pactos inconfesables, no solo catástrofes nacidas de la incapacidad y del dolo—, ante tantas razones expuestas ya a la opinión pública, no les queda otra salida que la censura para protegerse y proteger a los restantes forajidos.

Aún habría ocasión de encarcelar a los criminales, por muy blindados que estén, si contáramos con un puñado de jueces rectos y vigorosos dispuestos a justiciar; con un grupo eficaz de investigadores empeñados en pesquisar; y con asociaciones civiles bien organizadas, decididas a emprender acciones judiciales sólidamente fundamentadas. Pero el tiempo pasa y la esperanza se disipa, mientras la reprobación y el vituperio no dejan de ensancharse.

Los gobiernos de la Farsa del 78 —con los socialcomunistas a la cabeza— siempre se han distinguido por su inoperancia en la gestión y por el abandono de la administración como instrumento de orden y de progreso. Para ellos, el fin se reduce a la ideologización, al latrocinio y a la venganza. Ideología para perpetuarse mediante una vasta red clientelar; latrocinio para enriquecerse a costa de una patria que desprecian y de una muchedumbre a la que desdeñan; y venganza para refocilarse en su consustancial resentimiento.

Porque las raíces de la putrefacción socialcomunista se hallan en el propio ser humano. Esos demonios con figura de hombres y mujeres que deambulan enmascarados entre sus semejantes y con los que usted, amable lector, se cruza diariamente. Gente resentida contra la vida, contra la excelencia y contra el bien; gente diabólica, envidiosa, codiciosa, capaz de sacarse un ojo si con ello logran arrancarle dos al vecino.

Y es esta naturaleza satánica la que define a las mafias y sectas sociopolíticas actuales, empujándolas, con sus actitudes totalitarias, a impedir la libertad de opinión y a sofocar la verdad. Su único modo de expresión son las consignas. La misma libertad que reclaman para sí la niegan sin pudor a sus oponentes. El Estado, como el cuerpo humano o como cualquier objeto, se deteriora con el uso y con el paso del tiempo, y ese desgaste necesita mantenimiento y curación. De ahí la necesidad de que, alguna vez, ocurra algo que lo haga regresar a su origen, al punto donde comenzó a consolidarse.

Si ese retorno no se produce a tiempo, sus vicios crecerán hasta hacerse irreparables, y solo podrán ser extirpados junto con el propio Estado. Y ese retorno puede darse por los imprevistos caprichos de la historia o por una prudente decisión de las leyes, o incluso por la acción de un hombre o de un grupo de hombres de excepcional virtud. Pero si no se evita este menoscabo, el Estado no podrá subsistir por su propia fuerza: acabará obsoleto, agonizante, en manos de sus enemigos, como sucede con la España de hoy.

Hoy día el hombre honrado, patriota y trabajador se halla aislado y desvalido. Nadie entre los instalados y los poderosos muestra el camino de la regeneración a este pueblo que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye. Nadie instruye a la sociedad de modo que podamos decir: «tú eres el justo». Y, mientras tanto, los medios informativos —cómplices de la trama— perseveran en mantener la apariencia democrática del Nuevo Orden, justificando, disimulando u ocultando cuanto pueden las catástrofes y los escándalos que a diario provocan sus protegidos.

Lo cierto es que, durante la Farsa del 78, hemos visto cómo, en conjunto, la justicia ha absuelto los delitos de los poderosos sin imponerles penitencia alguna. Y esto no ha sido excepción, sino regla; tanto es así que, mal acostumbrados como están los delincuentes en la España de hoy, ya pretenden que esa regla sea permanente mientras ejerzan el poder.

Es necesario insistir una y otra vez en que el socialcomunismo está integrado por gentes sin corazón, a quienes nadie en su sano juicio querría tener por amigos. En su conjunto, quienes han dirigido la Farsa del 78 se han comportado como termitas humanas. Han corrompido instituciones y valores, prostituyendo la política y la justicia, la educación, la religiosidad y la convivencia en general, siempre en beneficio propio, de sus amigos y de sus sectas, y siempre en perjuicio de la sociedad libre.

Son tantas las abominaciones y tan profundos los deterioros causados por esta ideología que solo una verdadera revolución podría remediarlos. Decenas de miles de millones de dinero público —hasta donde alcanza nuestro conocimiento— han sido robados a España y a los españoles en nombre del progresismo, de la democracia, del diálogo y de la defensa del pueblo y de los trabajadores. Y a ello se suman miles de muertes.

Su sed depredadora ha dispuesto de todos los resortes sociopolíticos y de todos los bienes de la nación a su antojo. Eso es imperdonable. Y es obligado reclamárselo: restituyendo lo detraído y encarcelando a los responsables. Hay evidencias suficientes para condenar a esta doctrina y a sus cómplices, ilegalizándolos, y ninguna razón convincente para lo contrario. La convivencia exige libertad y orden, y el Sistema actual —con el socialcomunismo a la cabeza—es, por naturaleza, perturbador de ambos. Ergo, debe ser suprimido. ¡Ya!

Lo más pavoroso de ese socialcomunismo sistémico, lo que mejor revela la farsa posfranquista y la mentira de su democracia, es el rostro demacrado de algunos de sus representantes más significados: pómulos salientes como los de una calavera, la mirada perdida que desprenden sus globos oculares. Terribles son los surcos de maldad que cruzan por la cara despiadada e inquietante, apenas humana.

La cara sin fuerza ni color de un actor envejecido, agotado, que se deja caer en el sillón tan pronto como se apagan las luces de la escena y el público sale del teatro. Comediantes y pestes de España, saqueadores todos ellos; nueva sombra la actual, que quiso ser gigantesca en su delirio de odio y de soberbia y ha quedado en despreciable escoria. Un cadáver con ambición cesárea que al acabar el día se frota los ojos extraviados por el láudano antes de meterse en el féretro y se hace la pregunta irresoluble: ¿por qué?

Y quizá, llegados a este punto de degradación, a esta morfología esclava y putrefacta de lo que siempre hemos conocido como patria, convivencia y libertad, sea esa misma pregunta la que deba hacerse la sociedad entera: ¿por qué?

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

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