(Debido a la gran longitud del texto del editorial, hemos dividido el texto en dos partes para facilitar su lectura. A continuación, presentamos la primera de ellas)
La Unión Europea no debe caminar hacia un único Estado que anule la soberanía de las naciones que lo componen sino hacia una Europa de las naciones con unos principios comunes.
La Europa de las naciones representa hoy la única alternativa política coherente frente a una Unión Europea convertida en maquinaria centralista de élites globalistas que socava la soberanía, impone ideología y diluye la identidad de los pueblos.
La Unión Europea actual es un proyecto fallido
La Europa de las naciones surge como reacción y una alternativa al fracaso evidente del actual modelo de Unión Europea. Bruselas ya no actúa como espacio de cooperación entre países soberanos. Funciona como una estructura de poder de representantes de élites globalistas que dicta políticas económicas, sociales y culturales sin respaldo popular y que anula y asfixia la soberanía de las naciones.
La UE ha dejado de ser un marco de entendimiento. Hoy se comporta como un gobierno supranacional que legisla desde despachos alejados de los ciudadanos. Impone directivas que afectan a la educación, la familia, la fiscalidad, a la defensa y la política exterior y hasta la conciencia individual.
El proyecto europeo actual pretende asfixiar y sustituir la soberanía nacional por una ingeniería institucional globalista. No responde a la diversidad histórica de Europa. No respeta identidades culturales ni tradiciones jurídicas. Sustituye el principio de la dignidad de la persona humana y todo lo que lleva asociado por una tecnocracia sin rostro.
La Europa de las naciones defiende justo lo contrario: cooperación sin sometimiento. Colaboración sin absorción. Alianzas sin renunciar a la libertad política de cada Estado.
La Europa de las naciones no nace de un rechazo a Europa, sino de una defensa profunda de su esencia. Europa no se construyó sobre burócratas globalistas, sino sobre pueblos, reinos, repúblicas y culturas que comparten raíces comunes.
No se trata de destruir Europa. Se trata de salvarla de quienes la están vaciando de contenido. Europa no necesita más poder central. Necesita más verdad, más identidad, más soberanía y más democracia real.
Las excusas del partido soberanista tibio a la Europa de las Naciones
La Europa de las naciones no solo choca con el poder de Bruselas. También tropieza con un enemigo interno: el partido soberanista tibio. Ese perfil político afirma defender la soberanía, pero siempre introduce un matiz, un «pero», una condición o una renuncia cuando llega el momento de ejercerla. Se envuelve en banderas, pero gobierna con miedo.
Primera excusa: “No podemos enfrentarnos a Bruselas porque perderíamos fondos”.
Esta lógica reduce la soberanía a una subvención. Convierte la dignidad nacional y la personal en dependencia económica. Presenta la independencia política como un lujo que solo se permite quien no depende del dinero europeo. Bajo esta lógica, la dignidad nacional y personal se transforma en dependencia económica.
Los fondos europeos no son un regalo. Proceden en gran parte de los propios contribuyentes de los Estados miembros. Aceptar chantajes financieros como límite político significa asumir que la nación no se gobierna a sí misma, sino que actúa como una administración subordinada.
Segunda excusa: “La UE garantiza estabilidad”.
Falso. La realidad demuestra lo contrario. La Unión Europea no garantiza estabilidad, garantiza obediencia. Impone políticas migratorias que generan inseguridad social, políticas energéticas que encarecen la vida, ideologías que atentan a la dignidad de la persona humana y políticas fiscales que asfixian a las clases medias.
Bruselas no evita crisis. Las gestiona desde la ideología y el dogma burocrático. La supuesta estabilidad consiste en aplicar directivas sin debate nacional, aunque perjudiquen gravemente a la economía y a la cohesión social.
Tercera excusa: “Salir del marco europeo es imposible”.
Nadie plantea aislamiento ni autarquía. La Europa de las naciones no propone romper relaciones comerciales ni cerrar fronteras económicas. Propone recuperar capacidad de decisión. Cooperar no exige someterse. Además, el ejemplo del Reino Unido demuestra que salir de la estructura política de la UE resulta perfectamente viable.
El catastrofismo permanente sirve como herramienta de miedo. Se utiliza para justificar la inacción y para bloquear cualquier debate real sobre soberanía.
Cuarta excusa: “No es el momento de tensar relaciones”.
Nunca lo es para el político acomplejado y el cobarde. Siempre existe una crisis, una guerra, una pandemia o una emergencia climática que justifica seguir cediendo competencias. El soberanista tibio y el cobarde viven instalados en la prórroga permanente. Posponer la defensa nacional se convierte en norma. Así se construye una renuncia continua, silenciosa y sin resistencia. Cada cesión se presenta como provisional, pero ninguna se revierte.
Este soberanismo blando termina legitimando el mismo sistema que dice criticar. Habla de patria mientras firma tratados que la vacían de contenido. Denuncia la pérdida de soberanía, pero jamás se enfrenta al poder que la provoca. En la práctica, actúa como cómplice útil del proyecto globalista que reduce a las naciones a simples gestores regionales sin voz propia.
Casos concretos de sumisión europea
La Europa de las naciones choca con hechos. Bruselas impone cuotas migratorias sin consultar a los pueblos. Define políticas energéticas que arruinan sectores productivos. Dicta normativas educativas que introducen ideología en las aulas. Imponen normas que atentan contra la familia y la vida. Los Estados ya no controlan sus fronteras. No deciden su modelo social. No legislan con autonomía. Se limitan a transponer directivas.
La UE legisla sobre aborto, género, clima, fiscalidad y censura digital. Todo ello sin mandato popular. Sin referendos. Sin control democrático efectivo. Dicen que respetan la soberanía de las naciones pero lo legislan por la puerta de atrás.
Los parlamentos nacionales actúan como gestores de decisiones ajenas. El ciudadano vota, pero Bruselas gobierna. La Europa de las naciones denuncia esta arquitectura de poder. No se trata de un error técnico. Se trata de un diseño político deliberado.
(Fin de la primera parte. Mañana continuará)




