No pocos, en estos tiempos de ignorancia y egoísmo, pasan por cultilocuentes y solidarios, pues no hay nada más fácil que la mentira y la apariencia en nuestros días. Pero, observando su fondo, puede verse que sus comportamientos caen en la más burda falacia, los rasgos de su oratoria se reducen a lo cantinflero y toda su erudición cabe en una solapilla.
A las reatas socialcomunistas y a sus adherencias ideológicas y políticas siempre les ha seducido el vicio, la traición y el abuso en su versión más descarnada. Pero no sólo eso. No sólo el caviar, el marisco y el güisqui servidos en la sordidez del prostíbulo y en el envoltorio de la sodomía o mafia rosa. No sólo el frío y silencioso silbido de los cuchillos en los despachos o contubernios propios y ajenos, ni las atronadoras descargas en el amanecer contra los adversarios; ni siquiera el turbio runrún comisionista en los reservados de restaurantes de cinco estrellas.
Además de todo eso, a la intelligentsia socialcomunista le ha pirrado siempre el alardear de estilo intelectual y de superior entendimiento. Llegando incluso en este sentido a despreciar por sistema al competidor e incluso a desdeñar en la intimidad al pueblo que dicen proteger y ensalzar, hasta llamarlo bestia y tratarlo como tal.
El mundillo del arte, de la creación, en general, cuando está dirigido por chekistas, milicianos, oportunistas de todo tipo y condición, recibe un claro trato de favor con dinero público que va a las bolsas de los recogemigajas y al fomento de la propaganda sectaria. Porque la Cultura, en manos de esta chirinola, lejos de potenciarse, como debiera ser el fin, sólo es un adorno ideológico o un sector imprescindible para el fasto y enriquecimiento personal de los intelectuales áulicos.
Y si se deja en manos de los mediocres y de los propagandistas, es porque como conjunto de creencias y costumbres distintivas de una nación, ha dejado de interesar a unos políticos que, lejos de defender la creación y el ingenio, sólo se preocupan por destruir esa nación que ha de acogerla o por hacerse la foto con el protagonista mediático de turno.
Y mientras se entorpecen, silencian o prohíben homenajes o actos literarios en honor de los escritores e intelectuales que no son de su cuerda ideológica, los recogemigajas rojos o sus Gobiernos municipales, autonómicos y centrales, utilizan permanentemente fondos y espacios públicos para actos culturales partidistas. Todo ello con el aire demagógico más curtido y en nombre de la más solemne solidaridad democrática.
Así se han financiado espectáculos de homenaje y todo tipo de actos a favor de sus símbolos y en contra de los de sus oponentes. Como, por ejemplo, el derribo sistemático de estatuas, monumentos y cruces o el cambio en los callejeros municipales para desalojar figuras de prestigio universal o nacional y sustituirlas por sus artistas y adoctrinados, de interés sólo tribal o sectario.
Un largo capítulo de inanidades, extravagancias y resentimientos que, mediante la más acendrada impostura, quieren hacer pasar por moneda en circulación o genial descubrimiento progresista. Venganzas y atropellos carentes de razón y de convicción moral que toda ley razonable y justa evitaría por incumplir el derecho fundamental de la libertad de expresión y de opinión.
Pero la tropilla de bachilleres camelistas y demás espectros de la sobrevivencia picaresca tratan de justificar arguyendo, por ejemplo, que «no es una decisión arbitraria, sino en cumplimiento de la ley; no es que queramos, es que la ley no permite que se exalten los valores de la dictadura de Franco». Sin precisar que la ley referida se la inventaron previamente ellos, ni aclarar qué afrentas a la ley se producen por el rotulado callejero o por los agasajos a una obra o a una conferencia creativa significada por su veracidad.
Lo cierto es que las decisiones censoras constituyen un caso flagrante de discriminación ideológica. Incluso, en ocasiones, sin haberse llegado a efectuar el acontecimiento vetado. Los censores, pues, prevarican, alegando hipócrita e injustamente apología del franquismo, delito de odio o cualquier otra excusa similar, para condenar el acto. Prohibiciones que se realizan sin motivaciones administrativas y acogiéndose a legalidades espurias o inexistentes.
El caso es que todo este mundillo intelectualoide del socialcomunismo, que suele agruparse en manadas como las hienas, no necesita tener conceptos, porque le bastan las palabras vacías, los clichés ideológicos o las consignas democráticas que les han grabado sus amos. Y el caso es que para comprender verdaderamente algo es necesario tener sensibilidad, no sólo artística, también moral.
Lo que falta en las cabezas vulgares, que lo serán a pesar de las muchas apariencias artísticas y de los muchos artificios culturales que se procuren, son dos calidades emparentadas: juzgar con criterio y tener ideas propias. Algo que no cabe en los epicúreos que se hacen los estoicos ni en los follones que se hacen los filósofos.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador




