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Las élites globalistas ya no esconden sus intenciones más oscuras y totalitarias. Bajo una constante campaña de propaganda climática, los laboratorios de ideas del poder financiero y político preparan a la opinión pública para aceptar una aberración sin precedentes en la historia de la humanidad. El futuro del planeta depende de una medida: reducir la población a la mitad. Es la conclusión de un estudio que afirma que aliviará la presión sobre los recursos naturales, disminuirá la pobreza, la contaminación, los conflictos por los recursos y la inmigración, y mejorará la calidad de vida”. Esta afirmación apocalíptica no es un pensamiento marginal; constituye el núcleo de la agenda que los organismos internacionales pretenden imponer a escala global.
El macabro horizonte globalista para el año 2200
La maquinaria académica del globalismo trabaja a destajo para justificar el exterminio demográfico pasivo. Un reciente estudio es uno de ellos. Publicado en Sustainable Development y recogido por La Razón, el título del estudio lo dice claramente: Lograr la sostenibilidad reduciendo la población a 4 mil millones para el año 2200. Sí, la idea es reducir la población mundial a la mitad a medio plazo para que no asustar a la población actual. El estudio, liderado por Anastasia Pseiridis.
La frialdad matemática de estos ingenieros sociales estremece a cualquier mente despierta. Sí, están leyendo bien, quieren eliminar a 4.000 millones de personas. Para que se hagan una idea, una familia de 4 personas (2 padres y 2 hijos) quedaría en 2 y se eliminarían a las otras 2 personas. Este plan no busca el bienestar del ser humano, sino su progresiva desaparición del mapa mundi. Modifican las leyes de la natalidad, universalizar la eutanasia, promueven el invierno demográfico en Occidente y destruyen los pilares de la familia para alcanzar estas cifras de despoblación de una forma silenciosa, burocrática y letal.
La Agenda 2030 y la subordinación del ser humano ante la naturaleza
El argumento del equipo de Pseiridis es que una población más pequeña, combinada con un menor impacto ambiental por persona, podría hacer posible una vida mejor para quienes formen parte de esa “humanidad futura”. El estudio describe esta estrategia como pro-naturaleza y pro-humanana, eso sí, eliminando a la mitad de la población. Las élites pretenden sustituir al verdadero Dios por una religión laica y de tintes paganos, donde el ser humano ya no es la cumbre de la creación, sino una simple plaga subordinada a la naturaleza, a la que elevan falsamente al rango de divinidad suprema. Las intenciones de los autores quedan plasmadas textualmente en su informe:
«Detener y revertir gradualmente el crecimiento demográfico y moderar el impacto per cápita es una estrategia que beneficia tanto a la naturaleza como a la humanidad – señala el estudio»
Prometen un mundo irreal y utópico a costa de eliminar a la mitad de la población. Los ideólogos globalistas afirman con descaro que eso sí, protegería el patrimonio natural de la Tierra, incluyendo sus hábitats, especies silvestres y su clima. Un mundo así está a nuestro alcance”, pero no a las personas que serán eliminadas. La Agenda 2030 funciona como el brazo ejecutor de este pensamiento, utilizando el miedo al cambio climático como el mecanismo perfecto para arrebatar la soberanía individual, confiscar la propiedad privada y restringir las libertades fundamentales bajo la excusa de salvar el ecosistema.
El doble control de las élites: menos personas y menos consumo
El plan de dominación no se queda ahí. Por eso el estudio no propone únicamente reducir la población, sino actuar sobre dos variables simultáneamente: menos personas y menor impacto por persona. El globalismo odia la prosperidad de las clases medias y populares. Una humanidad de 4.000 millones con un consumo considerado grande por ellos podría seguir ejerciendo una enorme presión sobre los ecosistemas. Los 4.000 millones, por tanto, no son un número mágico que marque la capacidad máxima de la Tierra. Son el escenario de una población menor dentro de una transformación mucho más amplia de nuestra relación con los recursos.
El equipo de Pseiridis insiste en combinar la reducción demográfica con una disminución del impacto ambiental per cápita. El crecimiento continuo de la riqueza y del consumo, sostienen los autores, no puede mantenerse indefinidamente sin consecuencias ecológicas. Eso no significa que una población mundial de 4.000 millones vaya a resolver automáticamente la crisis ambiental. También existen problemas asociados a una población que envejece: menos trabajadores, más personas dependientes y una mayor presión sobre los sistemas de pensiones y de salud. Y por tanto, esas personas mayores serán susceptibles de ser eliminadas
La destrucción del sistema de bienestar que ellos mismos provocan mediante el envejecimiento de la población genera el escenario idóneo para sus propósitos. Y eso, mágicamente, da la posibilidad de reducir más el número de personas en el planeta y de imponer otras medidas coercitivas, como la eutanasia generalizada y el racionamiento de recursos básicos. El globalismo sigue con su plan de reducir drásticamente la población, utilizando el ecologismo radical como la coartada perfecta para ejecutar el mayor control social que el mundo ha presenciado jamás.
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