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He caminado por más de 150 términos municipales de mi región. Me faltan muchas chinchetas por clavar en el mapa, pero no renuncio a igualar el sensacional registro del todavía no difunto, pero tampoco vivo, Jordi Pujol, que los recorrió todos allá por los años sesenta del pasado siglo en un SEAT 600 para sembrar, por doquier, la disgregadora semilla del catalanismo político pensando en el post-franquismo.
Los montes, los bosques, las trochas y sendas de mi patria, arden como una tea. Pocas cosas le retuercen más el bandullo a un modesto senderista que no quiere para sí el título infamante de ecologista urbanita abonado a la doctrina “cambioclimatista”. Miles de hectáreas arrasadas, reducidas a ceniza por fuegos devastadores. ¿Cuántas? A diez mil de media por incendio: una catástrofe piromaníaca, dantesca. Parajes arbolados que no volverán a dar sombra durante años, donde la vida se abrirá camino a paso de tortuga, a la vuelta de unas generaciones, y donde sorprender en la espesura una graciosa ardilla royendo una baya silvestre será más difícil aún que encontrar un hombre honrado entre los cargos electos de este gobierno.
El mantra “cambioclimático” y la agenda 20-30 son factores responsables del abandono del medio rural, del decrecimiento del sector primario en toda Europa. Trámites burocráticos insidiosos regulan las tareas agropecuarias. Todo son cuotas productivas a la baja, períodos de cese de actividad, impuestos hilarantes (flatulencias bovinas), requisitos y prohibiciones que se traducen en el cierre de explotaciones en pérdidas a favor de importaciones sin trazabilidad de países terceros a los que no se exigen, ni de lejos, las condiciones estrictas que priman para los nuestros. El descenso de la población activa en el campo lleva ineludiblemente al vaciado demográfico, al descuido de los bosques y, a la par, a la proliferación de un manto de vegetación tupido, enmarañado, que se convierte en depósito inflamable, crítico, a la espera de la próxima tempestad incendiaria.
No podemos estar al albur de que una chispa del tractor o de la cosechadora del último agricultor vivo y en activo se lleve por delante un mínimo de 5.000 hectáreas. Que por circunstancias fortuitas, y otras que no lo son, privemos de un patrimonio natural y forestal colosales a futuras generaciones. Que otros pateen los caminos que hemos transitado y recorran esas sendas soñadas y que las limitaciones de la vida nos impidieron conocer.
Si el aprovechamiento cabal del entorno rural es tabú por mandato gubernativo, si el desbrozado del monte bajo y la creación de una red estratégica de cortafuegos exceden nuestras capacidades, es decir, si la prevención es difícil o antieconómica, habrá que potenciar con medios humanos y materiales las labores directas de extinción. Y eso pasa por mayores dotaciones presupuestarias de conformidad con un Plan (que no pacto) Nacional contra Incendios de carácter permanente, desprovisto del sectarismo ideológico del “cambioclimatismo” invocado por los peores de entre los malos para fragmentar la sociedad. Que es, además, la excusa perfecta para quedarse de brazos cruzados. El fuego lo vemos y padecemos todos. Es tangible, concreto, real. Está ahí: mata personas, ganado, fauna y flora. Es el infierno en vida. El enemigo.
Drones de vigilancia en vuelo constante, refuerzo de las plantillas de bomberos forestales en período estival. Y la UME. Leo en un medio digital que dicha unidad dispone de 3.500 efectivos. ¿Quééé? ¿3.500 hombres para defender de las llamas una extensión de medio millón de quilómetros cuadrados? ¿Por qué no 7.000, que es el doble? Me planto en 10.000. Tres bases aéreas para cubrir el territorio peninsular y las islas. Qué menos que dos para Canarias, una por provincia, otra para Baleares y cinco para el continente, y creo que hago corto. Siete acuartelamientos para toda España: tocamos a 70.000 quilómetros cuadrados por cada uno de ellos. Hay que bajar esa ratio a no más de 35.000, que es una superficie enorme, similar a la de Cataluña. ¿Y qué pasa con los hidroaviones? La mitad muertos de risa en los hangares porque les falta una pieza. Y si no les falta una pieza, les falta piloto. Más pilotos. El gobierno prioriza la inversión en los Falcon que llevan a Pedro Sánchez al festival de Benicassim antes que en adecuar la flotilla de aeronaves antiincendios. Se agradece la ayuda externa, pero no deja de ser un motivo más para la indignación y el sonrojo nacionales. Prefiero que nuestros hidroaviones socorran a Portugal y Grecia, a que vengan los suyos por carecer de número suficiente de aparatos. No debería declararse ni un solo incendio a más de media hora de vuelo (unos 150 kms) desde cualquiera de las bases de las que despegan los Canadair.
Ese redimensionamiento de medios costaría un riñón, desde luego. Pues a priorizar gastos. ¿Cuánto suman los presupuestos anuales de todas las cadenas púbicas de TV, municipales y regionales? Los murcianos sobrevivirán renunciando a “Murcianos por el mundo”. Será duro al principio, pero lo superarán: son gente dura, curtida en el esfuerzo. Y no pocos catalanes viviríamos como una bendición la supresión de TV3. Fracasé como propagandista cuando intenté difundir la campaña “Pensiones o Autonomías: Tú decides”, a guisa de recogida de firmas pensando en un hipotético referéndum, o cosa parecida, siquiera por crear corriente de opinión, pues a nadie le interesó. Pero algo me dice que si le diéramos a elegir, el paisanaje, por adocenado que esté, se inclinaría por preservar la integridad de sus bosques destinando a tal efecto los millones de euros que se comen esas amenidades “teleautonómicas” y otras igualmente prescindibles. Los bosques, la dehesa, los ríos, los roquedos agrestes, las lomas redondeadas… son mi patria y la gente del campo, sus guardeses y tutores.
Javier Toledano | escritor
Tags: Incendios, Bosques, Campo, Presupuestos, Hidroaviones, Prevención, Política




