Gato por liebre: cacocracia por democracia. ¿Hasta cuándo? | Jesús Aguilar Marina

Consejo de Ministros de España con las carpetas oficiales del Gobierno listas para la sesión

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La cacocracia es un sistema político donde los peores individuos acceden al poder en lugar de los más capacitados. Se caracteriza por la falta de ética, el abuso de poder y el enriquecimiento ilícito a expensas del Estado. También se define como el gobierno de los malvados o un mal gobierno.

Extinguida ya con el franquismo la estimable generación de soldados, de burócratas y de diplomáticos que, de la mano del Caudillo, consiguieron para España un constante progreso y un innegable respeto internacional, no ha visto la Farsa del 78, en el conjunto de sus clases administradoras, militares, educativas e intelectuales, sino personajes mediocres, ávidos y mezquinos, incapaces de sacrificar sus ambiciones, sus codicias y sus resentimientos a un sentido magnánimo del servicio.

Funcionarios impotentes, ineptos o corrompidos, y pensadores y eclesiásticos de escasas luces o adoctrinados, han hecho de la patria un sucedáneo como nación y un objeto venal, expuesto a la depredación de autóctonos y foráneos.

En la práctica, el pueblo actual, en especial la clase media, carece de derechos políticos y abunda en sentencias judiciales arbitrarias. Todo derecho ha pasado a manos de los gobernantes y de sus cómplices o sustentadores, que han dejado de ser servidores del Estado para transformarse en sus usufructuarios.

La casta dirigente, representada por el socialcomunismo en su versión más repugnante, se ha erigido en la dueña y señora de la nación: depredadora de sus riquezas y doctrinalmente despótica. Separada de los demás moradores por el sello de su amplísima impunidad, no se conforma con enriquecerse, quiere también humillar a las muchedumbres, a quienes trata como rebaños de esclavos.

Esta raza nociva no es sólo opresora legislativamente, es también políticamente inútil. Y a ella, por si no tuviera bastante, se le ha unido la Iglesia (el conjunto de la alta prelatura, al menos), tratando de preservar sus propiedades (bienes de manos muertas, algunas de ellas), sus privilegios, sus vicios y sus exenciones tributarias.

Despreciadores y enemigos del pueblo, y destructores de toda excelencia, de raíces y tradiciones, de cualquier atisbo de religiosidad y, sobre todo, de cristianismo, como son los integrantes de dicha casta, parecen hacer suya la frase atribuida al decadente rey de Francia Luis XV: «después de mí, el Diluvio». De ahí que hayan sumergido a la patria en un océano de catástrofes genocidas y de gravísimas transgresiones morales.

Pero, por desgracia, ni los incendios, ni las riadas, ni los nascituricidios, ni las desolaciones incesantes de todo tipo, ni la crucifobia, ni la persecución religiosa de los cristianos por parte de los nuevos demiurgos y por sus huestes, con ser acontecimientos actuales de extrema virulencia, han logrado reanimar resueltamente la consciencia patriótica ni religiosa de la sociedad.

De modo que los mandarines y sicarios patrios, bajo la satisfecha mirada de sus amos planetarios —con la Iglesia de comparsa, no lo olvidemos—, han implantado finalmente su criterio sexual, cultural, ecológico, etnográfico y religioso a la otrora ciudadanía. Una manera distópica, esto es, indeseable de entender la humanidad.

En consecuencia, las ideas y personas que no forman parte de la cristiandad —o del Occidente— como unidad geográfica y civilizatoria (las razas exóticas, los gentiles, los musulmanes, los ajenos a la ilustración y al humanismo, con sus rasgos consuetudinarios y culturales peculiares), han sido impuestos por el paternalismo explotador globalista como el futuro modelo sociocultural, sin que la consciencia española —occidental— haya sido capaz de reflexionar eficazmente sobre sí misma y sobre la extrema gravedad del acontecimiento.

Un hecho de tal relevancia que transforma a los habitantes occiduos en objetos serviles o en masa esclava e irredimible, no ha servido todavía —aun siendo imperativo para la supervivencia del orden, del derecho y de la vida establecidos en Occidente desde hace siglos— para impulsar movimientos revolucionarios eficaces contra un Sistema que cosifica y animaliza al ser humano.

La demora de las víctimas en el diagnóstico y en la solución de tal coyuntura, creada y controlada por psicópatas codiciosos y perversos y padecida por millones de individuos, resulta tan sorprendente como palmaria.

La opinión pública sana, fatigada por la corrupción de sus dirigentes y, más allá, por la impunidad con que actúan, sigue echando de menos una autoridad hábil y fuerte en la que confiar vidas y haciendas. Pero, paralelamente, permanece paralizada, ahogada en dudas e indefiniciones. Sin encender la mecha.

Mientras tanto, el verdadero progreso, apoyado en la dignidad humana, las flores bellas, que deberían ser culto divino en las macetas de cualquier altar, siguen siendo desperdiciadas y humilladas, manoseadas por dedos sucios de malhechores y pervertidos. ¿Hasta cuándo?

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: Cacocracia, Política, Corrupción, Globalismo, España, Sociedad, Crisis

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