¿Ha llegado la hora de la justicia? |Jesús Aguilar Marina

cerco judicial al PSOE

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El fanatismo depredador de los resentidos y el sentimiento antiespañol de los traidores forma una argamasa tan firme que no podrá derribarse sin utilizar medios contundentes y objetivos patrióticos. Los odiadores y psicópatas nunca se van a convencer de que el camino por ellos emprendido carece de futuro, porque para ellos el progreso consiste en la destrucción de la excelencia, de España y de la vida, algo que creen poder conseguir y que no dejarán de intentarlo.

Los líderes socialcomunistas —con sus cómplices— siempre han llegado al poder mediante atajos, rebotes o gateras, en medio de catástrofes y depresiones colectivas. Bombas, golpes de Estado, atentados oscuros o de falsa bandera… Su siniestra función histórica no puede sino recordarnos al papel tenebroso de las bestias carroñeras, que viven de la sangre y de los restos calcinados y carcomidos de las víctimas.

Pero hay que reconocerles su habilidad para gestionar las masacres y la corrupción, con la gravedad impostada como escudo, la sonrisa como talante y el disfraz de honrados, de dialogantes y de solidarios como argumento irrebatible. Y con la mentira como filosofía de lo absoluto. («Los socialistas tenemos poco y damos mucho», dijo Zapatero). De manera que, mediante parasitismo endémico, cursilerías idealistas y retóricas, enfáticas superioridades intelectuales y morales, y falacias sin cuento, han transformado a la ciudadanía en una masa degradada y a España en una nación agonizante.

Ítem más: a pocos de entre ellos esa natural malevolencia suya y esas perennes demagogias y codicias —aun ostentando abusos, traiciones y engaños cada día— les hace cantar palinodias ni expectorar sangre. De manera que resulta curiosísimo, más aún que excepcional, el que, en ciertas ocasiones, sus trampas les conduzcan a la cárcel vestidos con cadenas.

Porque, para desgracia de la gente de bien, el obstáculo de la mafia socialcomunista, con esa empresa de demolición llamada PSOE a la cabeza, no lo tiene en el relato, que domina a través de su tupida red de propaganda, ni de la justicia que le exculpa, ni de la iglesia que le dispensa, ni de la intelligentsia que le justifica, ni de la mesnada mercenaria que le protege, sino en la realidad que le desenmascara.

Pero la realidad por sí misma no encarcela. La realidad puede condenar moralmente, pero es incapaz de llevar a galeras a los maleantes si la humanidad no la ha dotado de brazos ejecutores. Y hasta ahora, a pesar de dicha realidad que retrata a los criminales, toda esa política de depredación y de piqueta no sólo le ha salido gratis al cártel, sino harto rentable. Tanto, como nefasta ha resultado para la patria en trance de derribo.

Y el caso es que los espíritus libres ya están hartos —y desmoralizados— de tener que conformarse con convicciones morales mientras contemplan cómo la mano impune de los forajidos se dedica empecinadamente a incendiar España cada mañana. Y concluyen que sólo un acto contundente puede purificar la pudrición. Y no hay nada más tajante y decisivo que el recto justiciar de la justicia.

Los entendidos de la cosa dicen ahora —por enésima vez— que ya por fin se va a hacer justicia. Son los mismos que dijeron hace una década que Pedro Sánchez estaba amortizado políticamente. Permítanme que dude de la justicia, amables lectores, tanto como de las predicciones —no de su profesionalidad ni de su honradez— de estos contertulios, investigadores y politicólogos a quienes la buena voluntad y los buenos deseos les pone una venda en los ojos. 

Por mi parte, aun deseando con todas mis potencias que acierten en sus vaticinios, dudo mucho de que mis ojos vean la justicia con la que sueño, que no es otra que la buena y justa justicia. La que iguala a todos los seres humanos sustentándose en la dignidad personal, en la naturaleza de los hechos y de las cosas, en la verdad del Derecho y en el albedrío individual.

La justicia de Dios, en definitiva. Que quien mal hace, tal lo pague. La que proclama que por encima de la ley no hay nadie, y que el más culpable es el que se ha aprovechado de su poder para cometer delitos. Porque sin justicia no hay honor, ¿y quién puede vivir sin honor? ¿Quién, con buena fe, puede vivir sin justicia, sabiendo, como escribió Agustín de Hipona en La ciudad de Dios, que los reinos sin ella son «vastos bandolerismos»?

Pero la experiencia nos dice que tal justicia es actualmente una utopía, y que llevamos sin ella cincuenta años, por lo menos. Con el añadido de que, por el contrario, en este trayecto nos hemos visto atiborrados de delincuentes. Y no sólo de delincuentes, también de malos jueces. Lo cual añade gravedad a la pesadumbre, porque «menos mal hacen los delincuentes que un mal juez», para hablar con palabras de Quevedo.

Por desgracia, si nunca un juicio ha garantizado justicia, en estos tiempos nuestros de penuria ética, esa justicia está mucho menos asegurada. De manera que contemplamos día a día cómo los políticos corruptos y los delincuentes cinco estrellas o de la secta escapan de la condena en su inmensa mayoría. Porque tienen a su servicio una experimentada red de abogados prestos al embarramiento judicial y un gran presupuesto —salido casi siempre de las arcas del Estado— para su defensa.

Y porque cuentan para su impunidad con el apoyo de la plutocracia globalista y, en lo doméstico, con la inoportunidad de muchas leyes —la misma Constitución sirve de ejemplo— y la ciega venalidad de tantos ropones, quienes aparentando obrar como solícitos investigadores de lo verdadero, hacen con su prevaricación probar lo falso y se dicen ministros de la justicia, incluso de Dios, cuando son ejecutores de las órdenes del diablo y de la iniquidad.

Dicho lo cual, no cabe duda de que a estas alturas hay indicios suficientes para juzgar a los demoledores de la patria por numerosos delitos. No sólo lo dicen los jueces más honestos, lo dice sobre todo el sentido común. Pero un pueblo que lleva décadas acostumbrado a la impunidad de sus gobernantes, duda de que los criminales sean finalmente condenados.

No obstante, además de rogar a la Providencia para que colabore en el final de este tiempo de oprobio, hay que seguir golpeando con el mazo y manteniendo el timón siempre derecho. Conscientes de que mientras la justicia engrandece a una nación, la impunidad es la decadencia de los pueblos.

Actualmente hay una ligera esperanza: Trump ha movido el árbol, y algunos jueces oportunistas pueden sentirse dispuestos a coger las nueces y conseguir medallas judiciales de resonancia internacional. Eso y que algún juez digno —que alguno hay—, amparado en las investigaciones de los no menos dignos especialistas, esté dispuesto a llegar al final, asfixiado por tanta cloaca e incapaz ya de soportar la náusea del socialcomunismo y de sus cómplices.

Para ello precisará fuerzas hercúleas y habrá de contar con que lo aterroricen —pues es humano— o defenestren antes de sentenciar, como ha venido ocurriendo durante nuestra alabada democracia. El caso es que resulta triste que el acto de justiciar dependa de factores ajenos a la propia justicia y a la propia patria. Y que, más allá de la encomiable labor de nuestra ejemplar UCO, haya tenido que ser un personaje imprevisible y foráneo como Trump, el que haya dado el pistoletazo de salida (no sabemos por cuánto tiempo, ni hasta qué límite, ni bajo qué intereses) para poner en marcha la persecución judicial a la banda socialcomunista española y a sus cómplices.

Ojalá que los que presagian el fin de esta pandilla abominable que, desde su creación como partido político, traiciona, depreda y parasita a la patria, lleven por fin razón y acierten con sus revelaciones y pronósticos. Alguna vez han de atinar, aunque no sea muy meritorio disparar mil veces para dar una en el blanco. Y ojalá que tal milagro no valga para cantar loores a la justicia desplegada durante la Farsa del 78. Pues ese milagro, si se produce, no se ha debido al conjunto de la judicatura, sino a un puñado de jueces honrosos decididos a defender la justicia y castigar tiranos.

Porque mucho más numerosos que estos jueces valientes y justicieros, han sido y siguen siendo—según ha demostrado la realidad de la época— los jueces prevaricadores o cobardes que fácil y complacientemente han perdonado y siguen perdonando a los suyos.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: justicia, corrupción, UCO, política, tribunales, sanchismo, impunidad

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