450 años de la batalla de Lepanto: La batalla que cambió la historia

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Llamadas a la oración musulmana, sirenas de barcos, letanías a la Virgen, el bramido del mar con las olas meciendo a los barcos, crucifijos en lo alto… En ambos bandos el sonido de los cañones se entrecruza con el fuego de arcabuces y de pistolas, flechazos, lanzadas y hasta fuego griego, la famosa bomba incendiaria inventada por los bizantinos.

Es la batalla de Lepanto, dos armadas frente a frente, donde la artillería europea venció a la marina otomana. Cristianos contra musulmanes, otra vez. Juan de Austria contra Ali Pachá.

Los turcos heredaron el gran poder del califato islámico, el mismo que dominó España durante tanto tiempo, nada menos que ocho siglos, ochocientos años.

Los otomanos empezaron a desparramarse por los Balcanes tras la caída de Constantinopla en 1453 y consiguen dominar el mar Mediterráneo oriental y occidental, aliándose con los berberiscos, los piratas. De ahí la frase; “hay moros en la costa”. Porque llegaban continuamente a las costas españolas.

Felipe II se da cuenta de la gravedad de la situación, de la amenaza de una vuelta musulmana a territorio español y asume la envergadura y trascendencia de la petición del Papa Pio V de formar la tercera Liga Santa.

LA LIGA SANTA, LA LIGA CATÓLICA.

La tercera Liga Santa fue una coalición militar, promovida en 1571 por el Papa Pío V, después del saqueo de Nicosia, una ciudad en la isla de Chipre, por los otomanos. La causa de la alianza fue el ataque turco a la ciudad veneciana de Famagusta el 22 de agosto de 1570.

Había llegado el momento de reunir a las fuerzas de la Cristiandad, en ese momento divididas.

Los pueblos no se unen por ‘concordia’, se unen por un ideal común por el que merezca dar la vida y de esa unión surge la concordia como algo natural. Los pueblos unidos no son aquellos en que unos se miran a los otros, de frente o de reojo, son aquellos en los que todos miran en la misma dirección. Como en Lepanto, donde españoles, genoveses y venecianos se unieron frente a un ideal común: Cristo.

España hizo cosas grandes porque vivía pendiente de los demás y no en permanente guerra civil.

En 1571, España hizo cosas grandes porque vivía pendiente de los demás y no en permanente guerra civil.

En la batalla de Lepanto participó Miguel de Cervantes, que resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de «el manco de Lepanto». Cervantes, que estaba muy orgulloso de haber combatido allí, la calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

En las naves cristianas de Juan de Austria, la jornada había comenzado con la celebración de la Eucaristía. El hijo natural de Carlos I es nombrado Generalísimo de la Liga Santa.

Don Juan de Austria recibió el estandarte de las manos del Cardenal Granvela, en la Iglesia de Santa Clara y le dice: “¡Toma dichoso Príncipe la insignia del Verbo Humanado; ten la viva señal de la santa Fé, de la cual eres defensor en esta empresa. Él te dará una victoria gloriosa sobre el enemigo impío, y por tu mano será abatida la soberbia. ¡Amén!”.

Tres semanas llevaba Don Juan deliberando junto a sus oficiales estudiando la forma de actuar, unos querían apenas la defensa, otros atacar, Don Juan dudaba. El Nuncio Odescalchi que había llegado a Mesina a distribuir pedacitos del Santo Leño para que cada nave tuviera el suyo, comunicó al Príncipe que el Pontífice le prometía en nombre de Dios la victoria por encima de todos los cálculos humanos y mandaba decirle que si la escuadra fuera derrotada “iría el mismo a la guerra con sus blancos cabellos para vergüenza de los jóvenes indolentes”.

Alentado por Su Santidad, Don Juan toma medidas rápidamente para preservar el carácter sacral de la expedición; a saber: 1) prohibió la presencia de mujeres a bordo, 2) dictó la pena de muerte por blasfemias 3) mientras esperaba el regreso de una patrulla de reconocimiento, todos ayunaron 3 días y ninguno de los 81.000 marinos y soldados dejó de confesarse y comulgar, haciendo lo mismo los galeotes.

Al amanecer del 7 de octubre, los buques de la Liga Santa comienzan a desplegarse en la boca del golfo. Lo hacen a fuerza de remos al no tener el viento a favor, cosa que sí tienen los turcos que salen del puerto dispuestos al combate. Pero por suerte para los cristianos el viento amaina y los otomanos no pueden aprovecharlo, lo que da tiempo suficiente a los primeros para desplegarse en orden de batalla. Lo hacen en tres cuerpos formados en línea, y con una reserva en retaguardia. Los musulmanes, bajo el mando del almirante Alí Pachá, también forman en tres cuerpos, desplegados en forma de medialuna. En total son 204 galeras cristianas por 205 galeras turcas. Unos cincuenta barcos más pequeños y ligeros por bando los acompañan, cumpliendo misiones de enlace y exploración. La escuadra cristiana está compuesta por un total de 90.000 almas y su enemiga, por un número similar.

A las nueve de la mañana, ambas escuadras se divisan con claridad y mientras avanzan una contra otra van desplegando las banderas y los estandartes, sacan las imágenes y los crucifijos, suenan trompetas y tambores, se reza, bendice, canta, baila, grita y arenga, tratando de provocar el paroxismo y motivar al máximo a los combatientes. A los remeros se les da vino y comida para que afronten el embate con energía. Al mismo tiempo se despejan las cubiertas, se amontonan las municiones y se preparan las armas y las herramientas de abordaje. Poco a poco los cristianos consiguen situar en vanguardia a las seis galeazas, galeras más altas, grandes, muy pesadas y lentas, pero fuertemente armadas, cuya misión es hendir y romper la formación enemiga. Han pasado cinco horas desde que las dos flotas se han avistado. Poco a poco se van acercando. Las galeras navegan en paralelo sin apenas poder maniobrar; sólo marchan hacia adelante al ritmo de la boga, hacia el choque. Son las doce del mediodía y el infierno está a punto de desatarse.

La Liga contaría con 200 galeras, 100 transportes, 50 mil infantes españoles, italianos y alemanes, 4.500 de caballería ligera, y el número de cañones necesarios. El Papa se haría cargo con 1/6 de los gastos, España con 3/6, y Venecia con el resto.

El domingo 7 de octubre a las 2 de la madrugada, un viento fresco venido del poniente limpia el cielo prometiendo un día de sol; antes del amanecer las naves católicas levan anclas y se adentran en el estrecho de Lepanto, de inmediato izan la bandera que señaliza la presencia del enemigo. Truena un cañón que ordena formarse para la batalla, en ese momento es izado el estandarte de la Liga en el palo mayor de la nave capitana. En ese momento Don Juan de Austria exclamó. “Aquí venceremos o moriremos”.

En esta guerra de nervios son los otomanos los que disparan primero, pero casi todos sus proyectiles van a parar al mar. Cuando ya les separan menos de cien metros, los cañones de las galeras de la Liga empiezan a vomitar su carga, barriendo las cubiertas otomanas. A esa distancia no hace falta apuntar: se dispara a bulto, sabiendo que las balas y la metralla impactarán en los cuerpos y buques enemigos.

A las cuatro de la tarde, la batalla parece llegar a su fin.

Entretanto en Roma el Papa aguardaba las noticias, ayunando y redoblando sus oraciones por la victoria. El mismo Papa insta para que Cardenales, Monjes y fieles hagan lo mismo confiando Su Santidad en la eficacia del Santo Rosario.

El día 7 de octubre él trabajaba con su tesorero Donato Cesi el cual exponía los problemas financieros. De repente, se apartó de su interlocutor, abrió una ventana y entró en éxtasis, se volvió hacia su tesorero y le dijo: “Id con Dios. Ahora no es hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo pues nuestra escuadra acaba de vencer” y se dirigió a su capilla.

En la noche del 21 para el 22 de octubre el Cardenal Rusticucci despierta al Papa para confirmarle la visión que él había tenido. En un llanto varonil San Pío V repitió las palabras del viejo Simeón: “Nunc dimitis servum tuum, Domine, in pace” “Ahora Señor ya puedes dejar ir a tu siervo en paz” (Luc.2,29). En la mañana siguiente es proclamada la feliz noticia en San Pedro luego de una procesión y un solemne Te Deum.

Desde entonces, ese día 7 de octubre quedó consagrado a nuestra Señora de las Victorias y más tarde al Santo Rosario, en las Letanías Lauretanas se agregó por vox populi la invocación “Auxilium Christianorum”. Capillas con la invocación de Nuestra Señora de las Victorias comienzan a surgir en España e Italia.

El senado veneciano coloca debajo del cuadro que representa la batalla la siguiente frase: “Non virtus, non arma, non duces, sed Maria Rosarii Victores nos fecit”;

“Ni las tropas, ni las armas, ni los comandantes, sino la Virgen María del Rosario es la que nos dio la victoria”. Génova y otras ciudades mandaron pintar en sus puertas la imagen de la Virgen del Rosario.

La historia es testigo de que la lenta decadencia del poderío naval de los otomanos comenzó con la jornada de Lepanto.

Mil veces la historia se repite. Volvemos a estar en una encrucijada grave y trascendental. El orden social, la libertad, la familia y la persona están en peligro. El cristianismo atacado. España vive a espaldas de Cristo. Podemos repetir la historia y volver a vencer, pero ¿queremos?

María Menéndez | Historiadora