Cancelación romántica | Javier Toledano

Ernest Urtasun Museo del Romanticismo

A Ernest Urtasun, ministro de Cultura (tal cual), no le gusta el museo del Romanticismo (Madrid) y pretende cerrarlo. Aquí no operan el eurocentrismo y la “descolonialización”, o melonadas  parecidas, como justificación de su clausura. La noticia me sorprendió tanto que me reuní conmigo mismo para estrujarme las meninges y dar con el porqué de semejante decisión. Acudieron en tropel a mi magín diversas consideraciones. Una de ellas, la preliminar, fue: ¿Puede en estas latitudes “comer el pan” alguien, decían los aedas de la antigua Grecia, más tonto, tontíceo (*) o tontérrimo (*), que David Uclés? Respuesta afirmativa. El ministro Urtasun, a quien las malas lenguas llaman muy a propósito “Tontasun”, descendiente, por vía patrilineal, de una linajuda saga de combatientes navarros al servicio de las armas nacionales durante la Guerra Civil.

Habría pagado una fortuna, de disponer de ella, por entregarme a tan sesudas cavilaciones en una de las celdas del monasterio de Veruela llevado de mi pulsión mitómana, donde Gustavo Adolfo Bécquer, quintaesencia del romanticismo español, compuso “Desde mi celda”, esa alhaja pinturera de nuestra literatura, y dio forma a sus fantásticas y terroríficas leyendas, “El monte de las ánimas”, “La cruz del diablo”, “El miserere”, etc. El meollo de la cuestión es el siguiente: ¿Qué pensamientos y ocurrencias desfilan tumultuosamente por la cabecita del ilustre prohombre del gabinete ministerial sanchista? ¿Qué le habrá hecho el “romanticismo” a Urtasun para agarrar tamaño berrinche? A fin de cuentas, y si no recuerdo mal mis lecciones cuando bachiller, el romanticismo fue una reacción contra las encorsetadas formas del neoclasicismo. Abogaba por las pasiones desatadas, dicho a la pata la llana, por la exaltación de las emociones y de los sentimientos, la glorificación del subjetivismo, el sturm und drang de los románticos alemanes, todo aquello que confrontara con el academicismo racionalista de la Ilustración. Las cuitas del joven Werther y su atuendo replicado por tantos jóvenes de la época, casaca azul, chaleco amarillo, y mortal pistoletazo de chispa frente al espejo.

Gustaban los románticos de la furia desatada de la naturaleza, de los viajes inciertos a lugares tenebrosos, exotismo, criaturas fantásticas, monstruos, misterios insondables, ruinas paganas en el crepúsculo, espectros, aventuras como la de Gordon Pym de Nantucket, de Poe, fascinación por personajes estrafalarios y pintorescos, bandidos y corsarios, lo mismo el Conrado byroniano, que el capitán del bergantín “El Temido”, de Espronceda u, oh, maravilla, el inolvidable John Silver, de Stevenson. Lord Byron peleando por la libertad de Grecia contra los turcos. Hay en el romanticismo, en su dimensión literaria, en su visión del mundo y en los modismos derivados de dicho movimiento artístico, una pulsión vitalista y volitiva, un afán por construir una realidad discrepante al discurso de la lógica.  

Ese afanoso desafío a la racionalidad de los autores románticos, digo, guarda cierta apariencia de similitud, sólo eso, con las extremosas pendejadas elevadas a los altares por la progresía mundial de la hora presente, de la que Urtasun es un peón más. No quiero ofender a autores de la talla del vizconde de Chateaubriand (qué delicia sus “Memorias de ultratumba”) con ese asomo de comparación. Todo aquello que nuestra imaginación alcance, ayuno de sentido común, disparatado, como casarse con un árbol, sentirse canguro atrapado en cuerpo humano, fluir de Juan a Juana de la noche a la mañana, saldar deudas hipotéticas con los aztecas extintos, sin que éstos lo hagan a su vez con los toltecas, extintos también, o invocar las más sutiles formalidades diplomáticas bajo el manoseado epígrafe “derecho internacional” para rendir pleitesía a las peores tiranías que en el mundo son, tienen asiento en el haber de nuestra izquierda vociferante.

No se trata, ha de quedar claro, de equiparar ni de lejos la mole cultural del romanticismo, ubérrima, fructífera, a la negación civilizatoria que representa esa quincalla orinienta que es el wokismo, del que es paladín el indocto ministro, pues distinta es la época, distintos los orígenes y tan dispar la calidad de sus producciones artísticas e intelectuales que ofende al buen gusto citar a Novalis, Nerval o Delacroix junto a Rosa Montero, Samantha Hudson o ese fantoche de Bob Pop, aunque sea para tender un abismo dimensional entre unos y otros.

Tras devanarme los sesos sin descanso, di al fin con la solución. Arrea. Y es que el ministro ha confundido, llevado de su ignorancia supina, el movimiento romántico, un hito colosal en la modernidad europea, con la pamema del “amor romántico”, ese prototipo de relación afectiva tóxica, según la izquierda, que reproduce valores y roles tradicionales y unce a vulnerables mujeres al yugo de la servidumbre patriarcal. Ramos de flores, bombones, una aterciopelada melodía de Bobby Vinton en el tocadiscos y unas copas de burbujeante champán. Es por eso que el sandio de Urtasun cierra el museo.

Javier Toledano | escritor

Tags: Ernest Urtasun, Museo del Romanticismo, Política Cultural, Crítica Política, Wokismo, Madrid.

(*) “Tontíceo” y “tontérrimo”, neologismos que cedo al lector y valen por “tonto muy tonto o tonto en grado superlativo” 

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