Cuento de Navidad: Samuel y las estrellas | Eloísa Esteso Carnicero

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Samuel era un señor mayor, o así me lo parecía a mi, que vivía junto a nuestra casa. Vecino de toda la vida . Era alto y delgado. Muy, muy alto, muy,  muy delgado. Sus manos largas y huesudas estaban siempre preparadas para acariciar y mimar a cualquier criatura y sus ojos sinceros y tiernos declaraban, sin pretenderlo, que los niños éramos “cosa importante”.

Cuando venía a casa, llamaba siempre de la misma manera: Pom, pom, pom. Hoy lo asocio en sentido musical a un negra y dos corcheas. Era nuestra consigna para decirme: Soy Samuel. Así era yo la que corría como una loca a abrir la puerta, cobrando de esta manera alguna dulce recompensa que sacaba de un bolsillo secreto del interior de su chaqueta. Intuía que de aquel bolsillo podrían salir cosas maravillosas.

Mi padre y Samuel pasaban largos ratos charlando y charlando ante una buena taza de café, acompañados de una gran dosis de la amistad más sincera. Cada Navidad  me acuerdo del buen Samuel y ese recuerdo se llena de muchas luces de mil colores, de maletas en el portal de casa que demostraban que mis hermanos mayores habían dejado el colegio y estaban de vacaciones, de cálidos olores a manteca, almendra, mistela y aguardiente que mi  madre usaba en la cocina convirtiéndose en la mejor artesana de dulces que ningún rey pudo soñar. La boca se me hace agua de sólo pensarlo. Del fondo de la casa algún villancico llenaba aquel ambiente porque alguna guitarra loca invitaba a los de alrededor a acompañarla con  lo que cada uno tuviera a mano : una brocha de afeitar, un cucharón, la escoba o el bote de los garbanzos, si te pillaba en la cocina. Cuando nos encontraba así Samuel, sonreía de tal manera, que de sus ojillos  salían  mil chispas, todas ellas muy lindas.

No se por qué al buey de nuestro belén le tenía yo especial cariño. No le faltaba orgullo y arrogancia al saber que acompañaba y daba calor a lo más hermoso de la Navidad, a Aquel que siendo tan grande se hijo muy frágil y pequeño, que siendo tan infinito ocupaba un sencillo pesebre, que siendo, en fin, tan poderoso había que mecerlo para dormirlo. Samuel, para hacerme reír, me preguntaba:

– “Y el buey ¿no canta?”. Luego añadía:

– “Esta casa en Navidad…” y nunca acababa la frase.

Ahora que ya soy mayor la comprendo perfectamente y la guardo en lo más profundo de mi ser.

Bueno, continúo. Aquella Nochebuena después de la cena fuimos como siempre a la Misa del Gallo (la más hermosa de todo el año, decía mi madre). Como somos muchos en casa “metemos mucha bulla”. Samuel salía de su portal y se sumó a toda la familia. Yo calzaba unos zapatos muy, muy antipáticos porque siempre se me desataban los cordones , que no agarraban bien la lazada. Me detuve a domarlos. Todos seguían hacia adelante. Me quedaba la última. Como podéis suponer mi buen Samuel se agachó para solucionarme el problema que se estaba convirtiendo en bastante grave para mí. Cuando fui a darle las gracias vi a mi gran amigo mirando el cielo y antes de nada lo oí decir: -Hija, ¿has visto cómo están las estrellas esta Noche?. Me fijé y… sí, parecían hervir en un cielo oscuro, infinito y frío, muy frío.

– ¿Quieres que te baje un puñado?- me preguntó Samuel.

Me quedé helada, más que la noche. Con un hilico de voz le dije: Sí Samuel, bájame un puñado…..aunque sea pequeño. Me cogí de su mano y él, con la que le quedaba libre barrió en forma de abanico todo el firmamento, todo el que podían abarcar mis ojos. Cientos de luces rodearon la mano de mi buen Samuel, formó un ramillete de no sé qué manera y me lo guardó en el bolsillo de mi abrigo. Era el mayor tesoro que nunca había tenido. Con la punta de mis dedos podía acariciar todas ellas con mucho cuidado por si las rompía. No le pregunté cómo lo hizo. No importaba. Hoy tampoco lo hago. Sólo sé que aquella Nochebuena yo llevaba en mi bolsillo un trozo de Cielo.

Os preguntaréis qué pasó con mi puñado de estrellas y con mi amigo Samuel. Bien, en cuanto a este gran amigo os diré que hoy, ha pasado mucho tiempo, es una estrella  más, maravillosa y tremendamente brillante y en cuanto a las estrellas, según me aconsejó mi buen Samuel pues …bueno, os lo diré, las voy repartiendo a todos los que quiero, a los que miran mucho al cielo, a los que no tienen prisa por crecer, a los que quieren que la Navidad dure todo el año, es decir, a vosotros. Ellas os iluminarán SIEMPRE.

FELIZ NAVIDAD PARA TODOS

Eloísa Esteso Carnicero | Maestra