España necesita líderes y justicia, no forajidos ni demagogos | Jesús Aguilar Marina

regeneración política

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Valor, España oprimida / por un tirano gobierno. / Ay de ti, reino sin rey, / y ay, desleal rey sin reino.

Esta letrilla, que nos sirve de proemio y que parafrasea a la que cantaba el pueblo en los últimos días de Carlos II el Hechizado, podría definir el momento actual de nuestra patria.

Salvo las excepciones de rigor, España viene padeciendo una casta política inane, traidora y, delictivamente, condenada penalmente o bajo sospecha. Sus integrantes —amparados por su secta y por su ideología, más que por sus virtudes— son gestores públicos de fortuna, figuras soberbias que humillan a la ciudadanía, o demagogos que, a conveniencia, adulan al vulgo con oportunista y civil aplauso.

Aquí, los políticos, que se hartan de despreciar de facto a sus votantes, no dejan de halagarlos de boquilla. Pero ninguno de ellos los responsabiliza, pues eso supondría cuestionar el Sistema. Y todo político que no responsabilice a la sociedad abúlica por su insensibilidad y desinterés cívico es un demagogo. Su mero fin es conseguir el voto, no la purificación social.

Pero, más allá, de nada vale pintar los horrores de la época con vivos colores si se omite —por quienes pueden hacerlo— dar ideas o tomar decisiones que ayuden a eliminarlos. El líder legítimo —insistimos— debe dirigirse a la sociedad responsabilizándola, de modo que le haga comprender que de su voluntad depende su dicha. De su voluntad, que, aunque libre es también mudable, por lo que debe andar precavida y desconfiada. Porque el pueblo es voluble como veleta y está acostumbrado a cambiar de opinión.

Y debe hablarle así mismo de los riesgos a que está expuesto: de quién debe recelar, y de los enemigos que, por haber sido rechazados de toda excelencia, procuran que los demás se hagan también indignos de tal ventura, empleando a este fin la violencia, el engaño y la seducción.

El buen líder debe dirigirse a la ciudadanía recordándole que todos los pueblos tienen ante sí vida y muerte, bendición y maldición, justicia e injusticia… y deben escoger atendiendo a su voz, a su querencia, a su objetivo. Y que todo ser humano que no da ocupación diaria a su inteligencia y al sentido de lo moral, abdica de su dignidad y corre el riesgo de igualarse con las bestias.

Porque si el ser humano debe su libertad a la Providencia, el seguir disfrutando de ella, de él depende. Él es su propio árbitro y así puede perseverar o no en protegerla. Está dotado de un albedrío libre, y libremente sirve porque libremente ama; de su voluntad depende el amar o no, el conducirse rectamente o no, y en ella estriba su elevación o su ruina. 

Lo cierto es que durante las cinco últimas décadas nuestra patria se ha visto abrumada por toda clase de traidores, pegotes y gorrones, y secuestrada por delincuentes de la más variada criminalidad. ¿Hasta cuándo puede soportarse el desprecio, el robo, el abuso y la traición de los dirigentes y sus lóbis?

Todos estos demonios en figuras de poder con inspiraciones contrarias a fe, razón y prójimo; toda esta tiranía que ha invadido nuestra venerable patria, nos hace saber cada mañana que quienes debieran aceptar un juramento o promesa se han convertido en perjuros, manchando su conciencia y prefiriendo convertir el sagrado ministerio de la palabra dada en esclavitud y falsos juramentos.

En este ambiente, quien reivindique toda causa noble, como la de la libertad y la verdad, no ha de estar libre de enredos y desgracias, pues luchar contra la mentira y la injusticia significa atraer sobre sí todo el odio de las personas sin principios. De ahí que el guía veraz debe lograr, a su vez, que el temor no ponga sombras en los ojos de la multitud.

Ningún espíritu libre vive contento entre humillaciones y saqueos. Nadie, sin enfermedades mentales o morales, se condena a vivir en infiernos ideológicos pudiendo evadirse de ellos. A las gentes de bien, ni el número excesivo de enemigos ni sus ejemplos perniciosos y amenazadores son suficientemente eficaces para hacerles abjurar de la excelencia.

De modo que, sin decaer su ánimo constante, su noble voluntad, podrá decirse: «Habéis obrado bien, combatiendo por las más ilustres causas, defendiendo la de la verdad y la libertad solos contra la maldad».

Mantener vivos lo anhelos reivindicativos, insuflando al pueblo de justa y permanente rebeldía y alentando su albedrío, constituye la mayor cualidad del hombre de acción. El líder auténtico debe ser capaz de arrastrar a las multitudes decidiéndolas a seguir en pie, en la lucha. Es indispensable unir a la sociedad civil contra los totalitarismos; apelando a la conciencia de aquellos jueces, de aquellos intelectuales y de aquellos guerreros que no aceptan el chantaje del poder.

Y logrando, de paso, que los mejores entre la ciudadanía, conscientes de la inseguridad y la corrupción en que viven, dispongan de certidumbre en sí mismos y en sus principios, así como de la justa apreciación de los medios con que cuentan y de los fines cívicos que persiguen.

El caso es que España ha de rehacerse por culpa de una antiespaña empeñada, una y otra vez, en abismarla en atmósfera disolvente y tenebrosa. Y que su regeneración debe llevarse a cabo al margen de tales contumaces enemigos, con respeto a un código de principios y con la aceptación unánime de la masa crítica y patriota.

España ha de ser restituida y volver a su valor mediante «una solución española», y los españoles de bien están obligados a luchar con especial valentía, pues combaten por su religión, sus tradiciones, sus hogares y su vida.

Para ello es necesario señalar al Sistema y a sus carnosidades y sicarios como el enemigo contra el que se dirige la lucha; y hacer de su erradicación el objetivo primordial. Todo ello manteniendo una neutralidad internacional activa, no desentendida con el mundo, ni cobarde, sino basada en un espíritu arbitral forjado en las alturas de nuestra honorable historia y de una autoridad moral decidida y auténtica.

Vengar la humillación y la sangre es justicia del cielo y no malicia. Pero si no se quiere acudir a la venganza, hay que acudir al menos a la justicia. A la clara justicia que de verdad justicie.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: España, Política, Líder, Libertad, Justicia, Sociedad, Crisis

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