¿Otro año más de robos, genocidios y catástrofes? | Jesús Aguilar Marina

Otro año más de robos y catástrofes

Recién iniciado un nuevo año, el horizonte que siguen teniendo ante sí los españoles es el del escándalo político ininterrumpido, además del de la muerte y de la catástrofe omnipresentes. Porque el socialcomunismo y sus cómplices siguen añadiendo desastres y tragedias por el territorio nacional. Más fango y traición a su fango y a su traición tradicionales. A su pulsión funeraria, a su abominación y resentimiento históricos.

Tanto en éste como en el resto de los medios resistentes, cada uno con su estilo, se ha cumplido el deber de denunciar la barbarie, la putrefacción y la agonía, pero ninguna de las instituciones obligadas a defender a la patria de asaltantes, traidores, corruptos y demás enemigos lo ha hecho. Y ya va resultando tan fatigoso como amargo el recordarles un día sí y otro también sus responsabilidades y juramentos.

Todas ellas, del rey abajo, han transcurrido por la Farsa del 78 eludiendo sus cargas democráticas mientras malgastan paradójicos esfuerzos en justificar su pasividad en nombre de la estabilidad y de la paz e incluso del progreso. Y así, incumpliendo su compromiso e insultando al sentido común, a la verdad y a la justicia, pasan sus días mirando hacia otro lado y escondiendo la cabeza bajo el ala, en tanto la patria incendiada desde dentro y desde fuera por sus odiadores se convierte en cenizas.

Y no sólo eso, pues no conformes con su falacia o su pusilanimidad, salen diciendo —cada institución con sus peregrinas excusas— que el Estado está boyante y no corre peligro. Y que, si acaso no lo estuviera, las normas constitucionales les impiden la acción. Se consideran sin poderes ni derechos para ofender a los Gobiernos perjuros u oponerse a los tiranos. Lo cual es un guiño a la cobardía, aparte de un tic lacaniano y un apoyo al socialcomunismo apoltronado.

En todo caso, es un retroceso para la convivencia en libertad y una flagrante deslealtad a la verdad y a la patria. Porque si la legislatura exterminadora no se interrumpe de inmediato, ya sabemos lo que espera a los españoles de bien: una censura atroz, una muerte civil, un descenso a las tinieblas más inquietantes. Un año más de ruinas y de muerte. Pues nadie en sus cabales puede fiarse de unas autoridades impostadas, de rostro y alma agusanados, capaces de derribar las columnas del templo arrastrando en su caída a millones de seres humanos.

España, tras cinco décadas de orfandad franquista, se ha transformado en un conjunto de instituciones corrompidas, galería con espejos para bailes de máscaras, en donde los instalados y demás gorgojos de la red clientelar pueden entrar y salir —a escondidas o a plena luz— para efectuar sus cohechos y depredaciones y en donde el fingimiento y el engaño son los dioses más venerados.

Si las instituciones, incluidas la Iglesia y la Corona, con las Fuerzas Armadas y la Justicia a la cabeza, están corrompidas o interceptadas, y si también lo están las leyes, las costumbres y la educación, no cabe duda de que es el modelo —el Sistema— el que está estropeado. Habrá que ir, pues, contra ese Sistema despótico y saqueador. Y lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar.

Actualmente, España es, en la práctica, un claro ejemplo de Estado absolutista. Sólo cuando la sociedad resulte temible a los que mandan, el Estado no será absoluto. Sólo una sociedad que valora y mantiene su libertad y que no deja nunca de reivindicarla, se enfrenta con éxito a sus gobernantes, limitando y controlando sus atribuciones y poderes. Y ello no sólo ni necesariamente mediante leyes explícitas, sino sobre todo sustentado en una autoridad no escrita, sino tácita.

La historia del socialcomunismo es la de una contradicción permanente con resultados criminales para la humanidad. Y, en general, no sólo su paradoja doctrinaria les está saliendo gratis a sus sectarios y activistas, sino muy rentable y enriquecedora. Tanto como onerosas y amargas son las consecuencias sufridas por sus infinitas víctimas.

Quienes detentan el poder del Estado se vienen dedicando sistemáticamente a planificar redes clientelares y mafias delictivas; a vender a la patria a sus enemigos y permitir invasiones extranjeras; a histrionizar o vulgarizar la vida política; a organizar perversiones, orgías y rituales turbios; a violar o desacatar impunemente las leyes establecidas y, en general, a degradar en todos los sentidos la vida nacional. Gente así, alucinada en su empeño codicioso y destructor, no puede, al mismo tiempo, mantener la majestad o autoridad estatal que requiere su actividad.

Ello es tan imposible como lo es ser y no ser al unísono. No se puede ser bufón, prostibulario y forajido a la vez que respetable. Facilitar o promover tragedias y catástrofes contra el común, traicionar a la patria, constreñir y desproteger a los ciudadanos, expoliarlos y cosas similares transforman la prudencia, la indiferencia o el miedo en indignación y, por tanto, el estado político en atmósfera hostil. Los contratos o leyes por los que la ciudadanía transfiere su derecho a un Gobierno o a un hombre, deben ser conculcados cuando el bien común así lo exige.

Siempre depende todo del primer paso. Por eso hay que meterse de lleno en la pomada del honor, ya que no parece posible en la de las normas constitucionales, y no esperar a que España se desplome hecha añicos. Perder el tiempo —el precioso y escaso tiempo que le queda a España para salvarse— en andarse por las ramas leguleyas y de vileza, cogiéndosela con papel de fumar, es de incapaces, de cobardes o, más directamente, de antiespañoles de libro.

2026 no puede transcurrir con esta querencia suicida que corroe a la patria, con esta indiferencia de moribundos sin esperanza. Todo Estado está tanto menos en poder de los que mandan —los plutócratas oligarcas y sus mandarines— cuantos más derechos y con más vigor y autoridad reclama para sí la sociedad. La sociedad de los libres, la sociedad civil noble, ha de estar viva y bien viva frente a sus verdugos. Para arrancarles ya mismo sus capuchas y arrojarlas al fuego justiciero junto con sus diabólicas credenciales.

España está en ese sagrado momento añorado por los sabios clásicos, cuando la verdad se enfrenta a la mentira, la razón ataca al gesto y la sencillez prevalece sobre el fingimiento; cuando un simple soldado toma el birrete de un presidente o de un coronado y lo lanza por la ventana. En las gentes de bien, en los espíritus libres, está el no desaprovechar dicho momento. Les va su vida y la de la patria.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

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