Lejos del confucionismo, cerca del confusionismo | Francisco Alonso-Graña

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 “El confucionismo o confucianismo es tanto una religión como una filosofía política que pone el énfasis en la ética y virtud individuales para alcanzar una sociedad y gobierno estables y en la que la sabiduría es la vía para perfeccionarse. Propone y apoya el estudio y contemplación de los textos filosófico-literarios que brindan modelos ejemplares de conducta y ayudan al conocimiento de esa sociedad, sus necesidades y su gobierno.”

Aunque el título y la introducción de este escrito puedan hacer suponer que va a tener un contenido de índole filosófica, nada está más lejos de mi pretensión pues ni estoy capacitado para esos temas ni tampoco se trata de hacer una loa de la doctrina de Confucio y sus excelencias. Simplemente es una “ocurrencia” que, como ya dije en otras ocasiones, es patrimonio de todo ciudadano y no solo de las lumbreras que hoy manejan el timón de esta nave llamada España. Tómenla como tal mis posibles lectores pensando que es un simple juego de palabras.

Ya nos gustaría que nuestros actuales dirigentes, tan encantados de haberse conocido como ingeniosos, originales, ocurrentes y sorprendentes, fuesen fieles seguidores de esa filosofía política cuya definición sirve de entrada a este escrito. Desgraciadamente no tenemos esa suerte pues desde que un dr. “cum laude” preside y dirige nuestros destinos, van floreciendo y progresando sin tregua, las tantas veces citadas ocurrencias que después fatalmente se convierten en las decisiones más disparatadas, absurdas y ridículas, encaminadas siempre no en favor de los gobernados o el llamado bien común, ¡hasta ahí podíamos llegar!, sino para favorecer a los gobernantes y, en especial a uno de ellos para conseguir o al menos intentar conseguir su perpetración sine die en el puesto de mando. Lejos del confucionismo por tanto su sistema, y mucho más cerca de lo que podríamos definir como confusionismo pues confusión es el estado a que ha llegado y se encuentra hoy cualquier ciudadano de a pie al que le haya tocado vivir la desgraciada experiencia por que atravesamos.

En todo estado civilizado y quizá en alguno no tanto, existen y están presentes lo que conocemos con el nombre de instituciones, elementos necesarios para la organización y desarrollo de la vida ciudadana a la que representan de variadas formas, encaminadas a facilitar el orden, la economía, la justicia, en fin, grupos orgánicos establecidos para desempeñar un interés público, disponiendo las pautas necesarias para su validez y eficacia.

La cuestión es que indudablemente, de alguna forma, estos grupos poseen un poder tanto mayor cuanto más valiosas son sus cabezas rectoras y más capacitados son sus miembros por lo que constituyen también de alguna forma, una competencia frente al poder central que si aspira a ser absoluto, encuentra en ellos unos elementos molestos para sus pretensiones cuando son de signo contrario o están en desacuerdo  por lo que se convierten entonces en objeto de acoso y derribo inmisericordes.

Creo que esta situación es la que se está haciendo patente en España donde parece que hoy día todo vale con tal que sea beneficioso para no apearse del poder y donde cualquier antagonismo debe ser menospreciado, entorpecido y perseguido hasta hacerle perder su esencia, utilizando la intromisión en sus competencias y hasta, si es necesario, la anulación de sus actuaciones y decisiones mediante  un abuso del poder ya sea con decretos, leyes, indultos, etc., hasta convertir la tan cacareada democracia en una verdadera dictadura en la que va desapareciendo sutil y a veces no tan sutilmente el poder que emana del pueblo que contempla impotente cómo se van debilitando y pisoteando sus derechos y cómo es tergiversada y despreciada su voluntad un día sí y otro también con tal abuso, que lo conduce, como decíamos al principio, a un estado manifiestamente evidente de decepción y confusionismo. Sus instituciones están sufriendo una verdadera colonización por parte del gobierno central.

Diríamos para terminar algo tan elemental como que la esperanza de un necesario cambio está en las urnas, momento en que mínimamente ejercemos un poder, confiando en que hados, hades y hadas nos sean propicios en el momento oportuno y nos veamos libres de tanto inútil, ineficaz e inepto gobernante y “asimilados”, acompañados actualmente de una osadía tan desmesurada, que están conduciendo a España aciaga y directamente al naufragio.

Francisco Alonso-Graña | Escritor

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