El ser humano posee una característica maravillosa que es su deseo de superación. De mejorar sus condiciones de vida. Hasta hace poco el camino más seguro era la cultura del esfuerzo y el respeto a las reglas de convivencia que establece la sociedad, marcadas éstas por la ley, la moral, y en muchos casos las creencias religiosas. Teníamos como referencia a nuestros padres que nos ayudaban a elegir el camino cuando todavía no teníamos criterio para decidirlo por nosotros mismos.

Yo guardo un bonito recuerdo de mi niñez y de mi juventud. Procedo de una familia humilde, pero tuve la suerte de nacer cuando España empezaba a superar la postguerra civil, y mis padres, con sus pequeños ingresos, decidieron que no había mejor destino para su ahorro que procurar a sus hijos la mejor formación al alcance de sus posibilidades. Supongo que su concepto de felicidad, como el de tantos otros, no pasaba por tener un coche, ir de vacaciones a la playa o salir de copas regularmente con los amigos. Mas bien pasaba por la aspiración de buscar un futuro mejor para los hijos. Pude acudir a un colegio privado dirigido por una orden religiosa. En aquellos tiempos, ni siquiera el régimen autoritario de Franco se atrevía a cuestionar el derecho de los padres a educar a sus hijos libremente, fuese en la enseñanza pública o privada. Aún no existía la enseñanza concertada. Durante este periodo de mi vida, en ningún momento recibí ningún tipo de adoctrinamiento que pudiera predisponerme a favor o en contra de los bandos que intervinieron en la guerra civil. Guerra que ya formaba parte del pasado y cuyas heridas empezaban a cicatrizar. En mi casa tampoco se habló nunca de la guerra civil, a pesar de mis padres la vivieron en primera persona.

Pude acceder a una universidad pública que, en aquella época, era totalmente asequible para las clases humildes a diferencia de la que tenemos hoy en día, por mucho que se quiera hacer creer lo contrario a los que no vivieron aquellos años. Y no solo eso, aunque también quiera ocultarse, resultaba más fácil y rápido acceder a bienes de carácter básico como la compra de la vivienda familiar. El paro, auténtico cáncer social, era en España prácticamente inexistente.

Sabiéndose próxima la muerte de Franco, empezaron a aparecer en las universidades de España afiliados al partido comunista, único partido que se atrevía a dar un poco la cara con Franco vivo. Estos activistas solo aparecían por la universidad cuando convenía a los intereses del partido. No tenían otro propósito que generar conflictos para desestabilizar la universidad, deformando la imagen que España proyectaba a nivel internacional. No eran compañeros de estudios. Tan solo se aprovechaban de la ingenuidad de los universitarios que, habiendo nacido en una España pacificada y en gran medida reconciliada, pensaban que eso del comunismo representaba mejor que ninguna otra cosa la democracia que se disfrutaba en otras partes del mundo ¡Vana ilusión!

La muerte de Franco trajo consigo cambios importantes en el panorama político. Se legalizaron los partidos, incluyendo partidos tradicionales de izquierda como el PC y el PSOE sin que nadie les exigiera pedir perdón por los excesos cometidos antes y durante la guerra civil. Se aprobó una ley de amnistía que intentaba ser un guiño para que la banda terrorista ETA dejase de matar una vez finalizado el régimen de Franco, y cuando ya podían concurrir a las elecciones generales formaciones hasta entonces ilegales.

Se creó el costoso sistema autonómico para satisfacer las pretensiones de los partidos nacionalistas. Para justificarlo hubo que inventar la excusa de que así se preservaría mejor la diferente identidad de las regiones de nuestro país. Con la ingenua esperanza de que el juramento a la constitución de 1978, necesario para ostentar cargos públicos, iba a garantizar la unidad de España. Fue una transición ejemplar en la que partidos a priori irreconciliables supieron llegar a una fórmula de consenso y aceptar, aparentemente, la constitución el juego democrático. La economía impulsada por los últimos años del régimen franquista, junto con el crecimiento demográfico sostenido, permitía hacerse ilusiones de cara al futuro sobre la viabilidad del nuevo sistema.

Sin embargo, la representación otorgada por la ley electoral a los partidos nacionalistas de cada una de las regiones, y los intereses partidistas de los partidos llamados constitucionalistas de implantación nacional, cuyo cálculo electoral impedía acuerdos de gobernabilidad entre ellos, dio un poder inesperado a los primeros que hacían de bisagra para producir acuerdos de gobierno cuando el partido más votado en las elecciones generales no lograba una mayoría absoluta. Estos acuerdos de gobierno siempre exigían nuevas cesiones de competencias e inversiones del gobierno central en las autonomías de origen de los partidos con los que se pactaba. Cesiones que la Constitución toleraba al no haberse establecido en ella un tope prudente para el traspaso de competencias. Así se cedieron competencias fundamentales como la educación, la sanidad y el control de las televisiones autonómicas que desde entonces sembraron, sin que nadie les pusiera coto, el germen de la futura fractura de España.

Nadie puede decir que no se veía venir lo que estamos viviendo hoy en día. Hemos conseguido una España en la que son los territorios los titulares de los derechos y no los ciudadanos. Una España insolidaria en donde las autonomías ricas, que lo son gracias a las inversiones realizadas en ellas con los impuestos de todos los españoles, desean dejar de contribuir con su ayuda a las regiones más pobres y hasta se creen superiores por su RH diferencial. Una España en la que gobiernos autonómicos se declaran en rebelión a la hora de respetar derechos tan básicos como el de poder estudiar usando el español como lengua vehicular. De todo esto son responsables los que teniendo responsabilidades de gobierno durante estos últimos 40 años lo han permitido, así como todos aquellos que no han querido alzar su voz en contra por miedo o interés personal.

Un gran político, víctima de la guerra civil, dijo esperanzado que solo España volvería a ser grande cuando encontrase una empresa colectiva que fuese capaz de superar los enfrentamientos políticos, los separatismos y la lucha de clases. Que lejos están los políticos que nos representan actualmente en las instituciones de la talla de ese gran soñador que fue José Antonio Primo de Rivera. Hoy lo que realmente importa es el divide y vencerás. Enfrentar a los españoles entre sí haciéndoles creer que unos son un peligro para los otros o responsables de sus problemas. Así hemos llegado a la sociedad del enfrentamiento. Derechas contra izquierdas, mujeres contra hombres, trabajadores contra empresarios, etc. Una sociedad egoísta en la que todos hablan de sus derechos, pero nadie menciona sus deberes. Cuando el concepto de patria parece antiguo, casposo y trasnochado.

El estado de alarma que nos ha impuesto el actual gobierno, contraviniendo en plazos la Constitución vigente, está permitiendo elaborar leyes como la ley Celaa que, sin buscar ningún tipo de consenso por parte de las personas afectadas, cuestiona la educación concertada, la educación especial, la cultura del esfuerzo y hasta el idioma español como lengua vehicular. Parece bastante obvio que el último objetivo de esta ley es el de allanar el terreno a los que quieren fragmentar España y, por otro lado, universalizar el adoctrinamiento cultural.

Se pretende implantar el ministerio de la verdad que ya profetizó Orwell, auténtica censura de la peor catadura, con la pretensión de evitar o, al menos entorpecer, la libre circulación de opiniones e informaciones. Solo el gobierno se arrogará el derecho de decir lo que es verdad y lo que no lo es. Paradójicamente, los mismos que nos dijeron que no eran necesarias mascarillas para protegerse del coronavirus y que las decisiones sobre el confinamiento de las comunidades autónomas las tomaba un comité de expertos basándose en criterios que nunca se dieron a conocer.

¿Realmente alguien cree todavía que se disfruta de más libertad que con el régimen autoritario de Franco? Pues en cuanto a libertades individuales, podría afirmar categóricamente que no. En cuanto a libertades políticas tengo serias dudas, a juzgar por la escasa oposición que hay en el parlamento de la nación a todas estas atrocidades.

Muchos españoles de diferentes edades, especialmente jóvenes y bien preparados para el mercado laboral, han dejado España en los últimos años en busca de mejores oportunidades que otros países sabrán darles. Otros han intentado crear su propio negocio a pesar de las muchas dificultades que supone el emprendimiento en España. Muchos han decidido aceptar trabajos de menor capacitación para tener algo que les permita subsistir, con la esperanza de que lleguen tiempos mejores. Los más, no han encontrado siquiera eso, o han tropezado con la pandemia del COVID que ha puesto patas arriba sus vidas, sus esperanzas y las de sus familias. ¿Hay algún político sinceramente preocupado por mejorar la situación que vive nuestro país más allá de sus propios intereses electorales? Tal vez, pero si es así, no lo han hecho con el suficiente empeño.

Como consecuencia de los pésimos indicadores sociales, no hace falta ser profeta para saber que las cifras de suicidios se van a disparar en el inmediato futuro. Pero no se preocupen, que esto no va a salir en los medios de comunicación porque no interesa políticamente. Tampoco se preocupará nadie de evitar que esos suicidios se produzcan. No sé si ustedes serán capaces de perdonar a los ladrones de los sueños de este país llamado España. Yo no.

Eusebio Alonso | Escritor

Por Redaccion

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