Es 12 de febrero de 2020. La vicepresidenta Carmen Calvo anuncia una reforma de la ley de Memoria Histórica de 2007 en la que se incluye la resignificación del Valle de los Caídos, que se convertirá en un lugar para la memoria. Lo que todavía no se sabe es si los monjes benedictinos tendrán que abandonar o no el recinto.

Tras estas declaraciones después del Consejo de Ministros de ese miércoles vendrían meses convulsos en los que la memoria histórica se abandonó ante el trágico presente por el covid. O por lo menos así nos lo han hecho creer.

Haciendo “memoria histórica”, nos acordamos del “Espíritu del 12 de febrero”, con el que se da paso a la aprobación del asociacionismo político (1974), queriendo así terminar con la etapa franquista.

¿Coincidencia? Estos del gobierno no dan puntada sin hilo. Les gustan mucho los símbolos y las fechas. ¿Querrán abrir una nueva etapa, una nueva normalidad, como la llaman ahora?

Pues bien. Antes de reformar la llamada “Memoria histórica” habría que derogar la “Ley del silencio”, que, en perjuicio de todos, vencedores y vencidos, ha regido en torno a lo que ocurrió en el Valle de los Caídos.

Frente a las mentiras, incorrecciones y baile de cifras, habría que revisar los documentos que se conservan sobre la construcción del Valle de los Caídos y publicarlas sin burdas mentiras para manipular a la masa aborregada que solo hace caso de lo políticamente correcto. No porque crean que es la verdad, sino porque hacer un ejercicio de discernimiento supone mucho esfuerzo para los que solo tragan con lo que se les dice desde los medios de comunicación y desde los medios oficiales.

Por ejemplo, el número de presos políticos que trabajaron en las obras según el libro del arquitecto director, Diego Méndez, es de unos 2.000 hombres frente a los 20.000 de los que habla la izquierda. Y el número de penados o presos políticos no llegaba ni a un 10%.

Esta mentira de que todos los trabajadores eran esclavos republicanos desvirtúa los hechos y resulta poco creíble una supuesta reconciliación que tan mal empieza. Sobre todo, porque se basa en mentiras y cifras erróneas.

El resto eran presos comunes, más del 90%, y todos se beneficiaron de la “redención de penas por el trabajo”, 6 días por cada 1 día trabajado.

Más de lo que estableció el Código Penal que solo era de 3 días por cada 2 trabajados.

En 1950, nueve años antes de que finalizaran las obras, ya no quedaba trabajando en el Valle de los Caídos ni un solo preso político y, curiosamente, si presos comunes que quisieron beneficiarse de condiciones tan favorables para poder redimir sus penas. También se les ofrecía la oportunidad de vivir allí con sus familias y a todos los miembros de la familia, mujeres e hijos, se les atendía con todas las atenciones necesarias.

Como, por ejemplo, establecer una escuela que además fue mixta, algo inusual en la época. Vamos, que no se imponían ideologías ni modas determinadas. Igualito que en esta “falsa democracia”.

También había un dispensario al frente del cuál se puso al doctor Ángel Lausín, quien certifica que tan solo hubo 14 muertos durante los 18 años que duró la construcción del Valle de los Caídos.

Otro ejemplo de la “desmemoria histórica” es el tema de los sueldos. La izquierda habla de esclavitud, pero la verdad es que, además de descontar tiempo de pena por día trabajado, percibieron los trabajadores un jornal mínimo de 7 pesetas más la comida, que aumentó a 10 pesetas diarias más pluses por trabajo a destajo o peligrosidad. También disponían los trabajadores de vivienda y escuela para sus hijos gratuitas ambas dos.

Estos salarios son de 300 pesetas mensuales, que en los años cuarenta era lo que solía cobrar un profesor adjunto en la Universidad.

Frente a esto, se considera un despropósito la cifra de 50 céntimos diarios de la que se habla en la “desmemoria histórica políticamente correcta”.

Y sobre la falacia de que el monumento fue construido como mausoleo del dictador, nada más lejos de la verdadera intención de Franco, ya que él quería ser enterrado en la ermita de El Pardo.

Quienes no se atrevieron nunca a contradecir a Franco en vida, esperaron a su muerte para disponer lo contrario a su última voluntad.

Y eso cobardes y pusilánimes que renegaron de la etapa franquista solo cuando muere Franco, son los que han consentido en exhumar su cuerpo ahora en 2019 para darle esa “nueva normalidad” al recinto de Cuelgamuros.

Una de las primeras lecciones que he aprendido de esta situación de pandemia mundial por el Covid-19 es que debo, que debemos recuperar a Dios en nuestras vidas y en nuestra Patria.

Y que mejor modo que rescatar del olvido la Idea Fundacional del Valle de los Caídos, monumento que sostiene la Cruz de Cristo, en lo alto y en el centro, de la Patria y de nuestras vidas. Y combatir así las falacias de la “Memoria histórica” institucional, la memoria histórica de lo políticamente correcto.

Como dijo Pio Moa en 2005, “tengo la sospecha de que estos peculiares memoriosos utilizarán todos los medios a su disposición para impedir el general conocimiento de los datos”.

Cito parte del prólogo de la obra «El Valle de los Caídos. Idea, proyecto y construcción de Diego Méndez” (Primera edición 1982. Segunda edición 2009)

“El Monumento a los Caídos tuvo desde el principio, en la mente de su fundador, un profundo significado. No se trataba de proyectar un gigantesco cementerio para los muertos de España. Se pretendía que su cristiano reposo fuese además el homenaje de todo un pueblo a quienes le legaron una España mejor y éste solo será auténtico si lo mueve la fe en la inmortalidad del alma.

En su concepción el Monumento a los Caídos quería recordar eternamente una nueva gesta entre las infinitas de nuestra Historia y es sin duda uno de los más grandiosos del solar español levantado a los hombres que en un momento crucial acudieron a la llamada de la Patria. La idea del fundador era que el Monumento fuese, nada más y nada menos, que el altar de la Patria, el altar de la España heroica, de la España mística y de la España eterna”.

¿Y por qué recordar todo esto ahora? Pues porque seguimos con la amenaza de echar abajo la gran Cruz o de desvirtuar su significado y su presencia quitándole los dos brazos. De Cruz de Cristo a obelisco que mira a los dioses.

Recuerda esto a la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto cuando ya no tenían fe en Jehová y construyeron otros ídolos.

La Cruz sigue provocando y siguen sin querer, los que nos gobiernan, que esto pase, que la Cruz provoque, desde lo alto. Ya han conseguido remover de su tumba a Franco. Así nos están diciendo que cuando quieran pueden desmantelar el monumento del Valle de los Caídos, desmontar la Cruz e invertir el significado. Gloria y alabanza para una república que nunca ha conseguido permanencia en la historia de España.

 Libros recomendados:

  • El último preso del Valle de los Caídos, de Migue Rodríguez Gutiérrez.
  • La verdadera historia del Valle de los Caídos, de Daniel Sueiro.
  • El Valle de los Caídos: Idea, Proyecto y Construcción, de Diego Méndez.
  • Los presos del Valle de los Caídos, de Alberto Bárcena

Por Redaccion

Un comentario en «La verdadera historia del Valle de los Caídos»

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