La nueva religión del Cambio Climático | Luis Antequera

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Resulta llamativo que una sociedad que alardea de descreída hasta los extremos que lo hace la actual, ande a la búsqueda, de manera tan tenaz como indisimulada, de los ídolos con los que reemplazar al Dios único sobre el que ha reposado el sistema de convivencia humano durante tantos siglos.

La última aportación de los gurús del s. XXI a esos descreídos que andan a la búsqueda del ídolo definitivo, parece ser la del cambio climático, que va camino de trascender, ante nuestros atónitos ojos, el campo de lo científico, donde se presentaba como una hipótesis posible, -eso sí, sometida a los rigurosos y estrictos protocolos de la ciencia-, para pasar a engrosar el de lo religioso, en el que se presenta como un dogma ante el que no hay más que dos alternativas: o profesar y salvarse, o apostatar y condenarse.

No sé si todo el mundo es consciente de que el debate sobre el cambio climático no se refiere estrictamente a lo que su nombre indica, es decir, si el clima está cambiando o no lo hace, algo que es tan fácil de constatar, pues no hace falta haber sido premiado con una vida muy larga para registrar que cada invierno es diferente del anterior, y que a primaveras, otoños y veranos les pasa otro tanto de lo mismo. Con sólo conocer un poco de historia, sabemos que la Tierra ha pasado por cuatro grandes glaciaciones, y conociendo un poco más, sabemos también que al llamado “Óptimo Climático Medieval” sucedió, hacia 1650, la así denominada “Pequeña Edad de Hielo”, ninguno de los cuales es necesario describir.

No, porque lo que queremos decir cuando hablamos de “Cambio Climático” es que esa perturbación ¡de nada menos que el clima!, ya no es algo que dicta Dios o las leyes de la naturaleza, no, sino que ahora es responsabilidad directa de ese diosecillo elevado a los altares de lo sagrado por los sumos sacerdotes de la moderna religión laica: el SER HUMANO, escrito así, con mayúsculas.

Pero el fenómeno no es en absoluto nuevo, y el descreído ciudadano del s. XXI, que sólo se apercibirá de su pequeñez cuando con ayuda de la ciencia histórica verifique de una vez que casi todo lo que inventa ya había sido inventado el siglo anterior, y otra vez el anterior, y así hasta el infinito, no hace sino incurrir, en lo relativo al cambio climático, en una nueva expresión de un fenómeno tan viejo como el mundo: el del milenarismo, aquél por el cual, nuestros ancestros creían llegado el fin de todas las cosas con el advenimiento del reino del mal que habría de durar un milenio en castigo por sus muchos pecados.

¿Creíamos desterrado el fenómeno? Pues bien, esta nueva manifestación milenarista, que “casualmente” coincide, una vez más, con un cambio de milenio, demuestra que no. Y es que todos los elementos del milenarismo son identificables en su nueva expresión del s. XXI.

El primero, el pecado, que en este caso ya no es el asesinato, la sodomía o el adulterio, pongo por caso, sino uno mucho más moderno y progresista, ¡válgame Dios!, los efectos contaminantes de la actividad humana sobre el planeta.

El segundo, el castigo, apocalíptico, como no, aunque ya no se trate de las penas de un infierno demodé, sino de una inmanente y bien laica tierra inhabitable, en la que será imposible toda forma de vida medianamente evolucionada en un plazo muy corto, según nos han anunciado. Y ello, aún a pesar de que hace veinte años nos dijeron que el plazo era de eso, de veinte años, y cumplido el mismo, aquí estamos, tan ricamente.

El tercero, la feligresía de los justos, la de aquéllos que sin demandar mayor explicación, -¡ah! ¿pero hace falta?- hacen un acto de fe ciega basado en el único argumento del carisma de los transmisores del mensaje, aunque los transmisores del mensaje puedan ser tan poco carismáticos y tan desagradables como un señor Soros o una Niña Greta.

El cuarto, la secta de los apóstatas, encasillados ahora, en nueva terminología, -que alguna aportación tenía que hacer el nuevo milenarismo del s. XXI-, en el grupo de los negacionistas, que se une a otros pecadores irredentos e irredimibles como fascistas, supremacistas, machistas, homófobos, racistas y otros desaprensivos de similar pelaje.

Y el quinto, el tribunal de la Inquisición de la nueva fe, denominado ahora, en terminología no menos novedosa -lo que mejor suele hacer el ser humano cuando repite indefectiblemente los mismos procesos históricos consiste en ponerle nombres nuevos-, ecologismo.

Nada nuevo bajo el sol, un milenarismo más, en definitiva, que añadir a los muchos que en la historia han sido. Pasará. De momento ya tuvo que cambiar de nombre, pasando de ser “enfriamiento global” a calentamiento global”, porque lo del enfriamiento no lo arreglaba ni el CIS de Tezanos, los cuales, al menos, obligaban engorrosamente a la bajada o la subida de temperaturas, para pasar a ahora a un aséptico, pastoso, ecléctico y gomoso “cambio climático”, que lo mismo sirve para un calentón en la Suecia de la niña Greta, que para unas nieves en España.

Pero vendrá seguido de otro, de otro milenarismo, quiero decir. De eso, no les quepa duda, que los hombres somos muy burros, y por muy diosecillos que nos lleguemos a creer, siempre andamos enredando con las mismas tonterías que ya hicieron nuestros abuelos, y antes que ellos, los suyos, los cuales, pobrecitos, no fueron ni más tontos ni menos burros que nosotros mismos.

 

Luis Antequera | Escritor