Se autodenominan de izquierda. De la buena. De la progresista. De la solidaria, feminista, inclusiva, humanista y hasta ecologista si hace falta. Son los que llevan pancartas con colores, hashtags con arcoíris y una moral de neón que cambia de tonalidad según el algoritmo del día. Pero basta con rascar la superficie (un poco, no mucho) para descubrir que detrás del lenguaje inclusivo y la equidad de género se esconde algo bastante menos amable: una ideología profundamente eugenésica, más próxima a Hitler que a Hannah Arendt.
Sí, han cambiado las botas por sandalias veganas, las esvásticas por pins del puño en alto, pero el objetivo es el mismo: decidir quién merece vivir y quién no. Antes era por pureza racial; ahora, por comodidad, discapacidad, coste social, o simplemente por no haber nacido a tiempo. Y lo hacen, por supuesto, en nombre de los derechos humanos. ¡Qué ironía tan macabra!
Nos venden el aborto como una victoria de la libertad. Una lucha feminista. Un derecho incuestionable. Pero cuando se aborta al 90% de los niños con síndrome de Down, eso no es libertad: eso es limpieza genética con buena prensa. Cuando se celebran leyes que permiten interrumpir embarazos hasta el noveno mes “por razones médicas”, eso no es justicia social: es AKTION T4 con anestesia epidural y batín de hospital.
Estos progresistas a la última han hecho lo que ni los jerarcas nazis soñaron jamás: convertir la eliminación sistemática de seres humanos en un acto de civismo. Y encima lo celebran. Lo aplauden. Lo subvencionan. Lo televisan. Lo enseñan en las escuelas como ejemplo de “avances sociales”. “Arbeit macht frei”, pero ahora con letras multicolor.
El otro gran tótem de este socialismo de quirófano es la eutanasia. No para aliviar el dolor (para eso están los cuidados paliativos que nunca financian), sino para liquidar al que molesta. El viejo que cuesta, el enfermo que no produce, el discapacitado que interrumpe la estética de la vida saludable. Todo camuflado bajo un supuesto derecho a morir. Pero ya sabemos lo que ocurre con los “derechos” en manos de burócratas: pasan rápidamente de ser opcionales a ser obligatorios.
Se dicen antifascistas mientras reparten carnets de humanidad y eliminan sistemáticamente a los más vulnerables. Dicen que luchan contra el odio, pero legislan la muerte con una sonrisa. Se envuelven en la bandera del progreso mientras aplican criterios de utilidad, eficiencia, selección y calidad vital. Si eso no es nacionalsocialismo reciclado, ¿qué es?
No lo dudes: si Josef Mengele renaciera hoy, sería panelista en un congreso de bioética progresista, aplaudido por ministros de igualdad, columnistas de izquierdas y activistas de ONG con sueldos públicos. Diría cosas como “el derecho a decidir es sagrado” y “la autonomía es un valor supremo”. Y todos asentirían, sin recordar que ese era exactamente el discurso que justificaba las cámaras de gas, solo que ahora con música ambiental y consentimiento informado.
Este progresismo de quirófano no es más que nacionalsocialismo con otra etiqueta. No defienden a los pobres, ni a los débiles, ni a los excluidos. Los eliminan. Con guantes, con leyes y con pedagogía mediática. Lo hacen con cara de pena, con voz suave y con presupuesto público. Y mientras tanto, se atreven a llamar “nazis” a los que defendemos que toda vida humana merece respeto.
Pues no, señores. Los verdaderos nazis del siglo XXI no están en grupúsculos marginales: están en los parlamentos, en las televisiones, en las universidades, regentan empresas multimillonarias que los financian y en los despachos ministeriales. Llevan corbata verde, bandera multicolor y gafas de superioridad moral. Y están ganando. Pero se lo digo con rotundidad y una gran esperanza: perderán.
Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra | Colaborador de Enraizados




