Tres artículos, tres escenas y un mismo olor de fondo: el de una cultura que, cuando la vida se vuelve costosa, incómoda o “arriesgada”, propone una salida elegante, higiénica y definitiva: que el que sufre desaparezca.
En el primero, leemos que ciertas hormigas practican una “eutanasia preventiva” para frenar epidemias: las pupas enfermas emiten una señal química que provoca que otras obreras las destruyan antes de que el patógeno se vuelva contagioso. Es una forma de “inmunidad social” que antepone la estabilidad del grupo a la suerte del individuo. (El Confidencial lo apoya en un estudio de Nature Communications publicado el 2 de diciembre de 2025.)
En el segundo, un camionero colombiano, Víctor Escobar Prado, logra tras una batalla legal que le practiquen la eutanasia sin estar en fase terminal, tras el fallo de la Corte Constitucional de 2021 que amplía ese acceso a quienes sufran intensamente por una enfermedad grave e incurable.
En el tercero, un actor y director francés, Arnaud Denis, de 42 años, con dolores crónicos y pérdida de autonomía tras complicaciones asociadas a una prótesis de hernia, contempla tramitar una eutanasia en Bélgica en 2026, denunciando sentirse “completamente abandonado” por el sistema médico.
Aquí va la pregunta que incomoda: ¿estamos mirando una casualidad mediática… o una pedagogía cultural? ¿Nos están acostumbrando a que, ante el riesgo colectivo o el sufrimiento individual, la respuesta más “racional” sea eliminar al que estorba?
El artículo científico descrito por Nature Communications es fascinante y (a la vez) peligroso como metáfora política. Describe algo concreto: pupas de hormiga obrera infectadas emiten una señal química suficiente para activar su propia destrucción por miembros de la colonia. La biología de insectos sociales puede explicar conductas “altruistas” donde el individuo, sin valor reproductivo, se sacrifica por la colonia.
Pero aquí viene la trampa: un hormiguero no es una sociedad humana. Las hormigas no tienen dignidad, ni derechos, ni conciencia moral. No hay persona; hay función. No hay biografía; hay engranaje.
Cuando trasladas ese marco al ser humano, el salto es monstruoso: si la vida se mide por utilidad (productividad, coste, riesgo, carga sanitaria), entonces el enfermo deja de ser un “alguien” y pasa a ser un “problema”. Y cuando el poder aprende a llamar “problema” a una persona, la historia ya nos ha contado cómo termina ese cuento.
¿Nos están “preparando” para una pandemia que obligue a practicar eutanasia masiva? No hay ninguna prueba seria de un plan así, y conviene decirlo con claridad: convertir una investigación biológica en profecía política sería irresponsable. Pero sí hay algo real y medible: el mundo posterior a las grandes crisis sanitarias ha normalizado un lenguaje de emergencia donde “el bien común” y “la seguridad” se convierten en palancas para recortar derechos. Y si a eso le sumas una cultura que ya ha aceptado que matar puede ser “cuidado”, el cóctel distópico está servido. No hace falta conspiración: basta con inercia ideológica y miedo colectivo.
Víctor Escobar Prado. Infobae cuenta que Víctor Escobar Prado, de 60 años, llegó a la eutanasia tras décadas de problemas de salud: accidente grave a los 24, varios diagnósticos (diabetes, hipertensión, artrosis, depresión) y EPOC que lo llevó a depender de oxígeno permanente y asistencia de enfermería 24 horas. Tras rechazos por no ser “terminal”, el fallo de la Corte Constitucional en julio de 2021 amplió el acceso a quienes padezcan intenso sufrimiento físico o psíquico por enfermedad grave e incurable. Finalmente, un juzgado ordenó coordinar la práctica y él eligió morir un viernes para facilitar la despedida familiar. ¿Un Viernes?, ¿esto es todo lo que se le puede ofrecer a este ser humano?
Aquí no hace falta insultar a nadie: la tragedia se explica sola. Si un hombre llega a considerar su existencia “incompatible con la dignidad humana”, la primera pregunta ética no es “¿cómo lo matamos legalmente?”, sino “¿cómo lo sostenemos para que no se hunda?”.
Porque la eutanasia, cuando llega como respuesta estándar, delata el fracaso de lo anterior: paliativos, apoyo, compañía, sentido, cuidados, comunidad. Y si faltan, la muerte “elegida” se convierte sospechosamente en la muerte “empujada”.
Arnaud Denis. El caso de Arnaud Denis (Infobae España) es un grito distinto: dolor crónico, pérdida de autonomía, aislamiento, una comunidad de “víctimas” en redes, y la sensación de que la medicina se encoge de hombros. Él afirma: “Ya no puedo salir de casa… he perdido todo aquello que confiere dignidad a una existencia humana”, y contempla tramitar eutanasia en Bélgica en 2026.
El propio artículo recoge además que hay debate médico sobre ciertos diagnósticos y que sociedades científicas francesas han matizado que no existe demostración de un “síndrome de intolerancia” a los materiales de las prótesis en la literatura científica, al tiempo recuerdan la magnitud de estas cirugías (más de 250.000 al año en Francia). Es decir: complejidad clínica, incertidumbre y sufrimiento real.
Y ahí, otra vez, la pregunta: ¿dónde está la familia, ¿dónde están los vínculos?, ¿dónde está una red humana que sostenga? Porque cuando una persona de 42 años decide que la salida es morir, lo que tenemos delante no es un “derecho conquistado”: es una sociedad que ha fallado en proteger a sus vulnerables. ¿Es la soledad inmisericorde la que lo empuja a pedir la muerte? ¿No hay nadie que le convenza de que ser actor no es el único objetivo de su vida?
Aquí viene el puente histórico que muchos se niegan a cruzar: antes de 1945, en sistemas eugenésicos duros, quienes eran considerados “carga”, “incurables”, “no aptos” o “indignos” no tenían que pedir la eutanasia. Se la imponían.
Ese es el punto esencial: la eutanasia contemporánea se vende como libertad individual; la eugenesia clásica se aplicaba como política de Estado. Pero ambas comparten una raíz peligrosa: la idea de que hay vidas cuya continuidad no merece el esfuerzo. Y ¡OH!, ahora es el eliminado quien lo pide con mucha educación. Es como si todos los asesinados por ACTION T4 Y 14f13 lo hubiesen pedido con educación a las SS. Esto hubiese hecho saltar de gozo a todo el enjambre eugenista del momento.
Cuando una cultura acepta que matar puede ser “cuidado”, el límite entre “derecho” y “deber” es más frágil de lo que parece. Hoy se pide; mañana se sugiere; pasado se incentiva; después se normaliza; y, al final, se administra. El lenguaje cambia, la lógica permanece.
¿Puede una futura pandemia reactivar una eugenesia “clásica” apoyada por estamentos científicos, judiciales y finalmente estatales? La pregunta es incómoda, pero no es absurda como ejercicio de alerta moral.
La distopía no llega con botas y pancartas. Llega con informes, ruedas de prensa, comités, “protocolos de priorización”, eufemismos y una retórica de “responsabilidad”. Y en un clima de pánico colectivo, la sociedad puede aceptar barbaridades si se presentan como “necesarias” para salvar al conjunto.
Insisto: no hay evidencia de un plan de eutanasia masiva por pandemia. Pero sí hay una pendiente resbaladiza real: si el valor supremo deja de ser la vida y pasa a ser la “gestión del riesgo”, entonces el enfermo, el anciano, el dependiente y el frágil se convierten en variables de cálculo.
Y cuando la vida humana entra en una hoja Excel, la eugenesia ya está en la puerta. Solo falta que alguien la llame “salud pública”. Y tal como están las cosas, no parece nada difícil ni imposible.
Las hormigas son eficaces. Y precisamente por eso no son un modelo moral. Una sociedad humana que copiase la lógica del hormiguero (sacrificar al débil para proteger al grupo) se convierte en algo que ya no merece llamarse civilización.
Si el dolor de Víctor o de Arnaud se responde con una inyección en vez de con compañía, cuidados y esperanza, no es que hayamos inventado un nuevo derecho: es que hemos renunciado a la obligación más básica de cualquier comunidad: no abandonar a quien sufre.
Porque el día que la muerte sea la solución oficial, el siguiente paso será decidir quién “conviene” que muera. Y entonces, sí: la antigua eugenesia habrá vuelto, no como horror del pasado, sino como política moderna, limpia, legal y aplaudida. La Nueva Eugenesia ya está en marcha desde hace décadas y a los adelantados de la misma les jode muchísimo que se lo recuerdes. No les gusta que los señalen.
Algunos me dirán, ¡mientes, eso no pasará nunca! A lo mejor, yo soy demasiado sensible y ya no me fio ni de la mitad de la cuadrilla (y eran un padre y un hijo). Quizás mis Distopías ya parecen excesivas, pero le recuerdo al lector que hace 5 años, nadie se hubiese creído que lo confinasen en sus casas unos meses en nombre del “bien común”. Y lo hicieron. (No entraré en discusión profunda sobre el tema, porque no es mi tema y en principio no viene al caso).
Pero, nadie, repito, nadie, puede decir que no se vieron “cosas muy raras” entonces. A fuer de ser sinceros, ni siendo (y esta división política ya me parece un poco rancia, pero vale para enfatizar este asunto) de derechas, de izquierdas o mediopensionista, se puede negar que hubo, vaya si las hubo, “cosas muy raras”. Por tanto, le pido al lector que me perdone por tanta Distopía. Pero…si esto pasase, no será culpa de un virus.
SERÁ CULPA DE UNA CULTURA QUE, POR MIEDO Y POR COMODIDAD, ELIGIÓ SER UN HORMIGUERO.
Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra | Colaborador de Enraizados




