La Alameda de Rekalde es una de las vías más importantes de Bilbao, que lleva el nombre del general y almirante Juan Martínez de Recalde, de la Grande y Felicísima Armada, llamada también Invencible por los ingleses.

Su poderoso galeón, el San Juan, buscó enconadamente que se produjese el enfrentamiento masivo a cortas distancias que hubiese decantado la victoria española. Su valiente estrategia consistió en dejarse rodear por barcos enemigos, en dos ocasiones, para esperar a que llegasen refuerzos y se generalizase el combate. Así se vio las caras con el pirata Drake, que salió malparado y rehuyó el cuerpo a cuerpo. En el viaje de vuelta de la Gran Armada, Recalde recogió náufragos de otros barcos, dio a Marcos de Aramburu los cables que necesitaba, mostró compañerismo, solidaridad y destreza marinera. Y así logró conducir hasta La Coruña a más de cuatrocientos soldados de los Tercios viejos de infantería, que constituirán el núcleo de la defensa coruñesa, con Maria Pita y más mujeres defendiendo los muros. Días después, lejos de su Bilbao natal, moría Recalde, pero La Coruña resistirá gracias a los hombres salvados por él, y la resistencia coruñesa propiciará la posterior y definitiva derrota inglesa en Lisboa. Así, en cierto modo, Recalde, como el Cid sobre Babieca, cosechará tras su muerte la mayor de sus victorias. La contra Armada.

¿Cuál era el motivo de la Grande y Felicísima Armada? Debe entenderse, en mi opinión, como un serio aviso a los ingleses. No se puede suponer que Felipe II quisiera anexionar Inglaterra al resto de sus territorios, sino volver a restaurar en catolicismo en ella.

Se pretendía que las fuerzas de Alejandro Farnesio, Duque de Parma y primo del rey, tomaran la mayor parte de territorio inglés que pudieran y cuando la situación estuviese controlada, los católicos de la isla se rebelaran contra su reina Isabel y la depusieran, proponiendo para el trono a la dinastía Estuardo de Escocia.

Pero centrémonos en los antecedentes.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tuvieron una hija llamada Catalina de Aragón y hermana de Juana la Loca, madre de Carlos I de España y V de Alemania. Así Catalina era tía de Carlos I, padre de Felipe II.

Catalina de Aragón se casó con el rey de Inglaterra, Enrique VIII. Y una de sus hijas fue María Tudor. Pero no tuvieron hijos varones y eso era importante para los reyes, para dejar un sucesor.

A esta circunstancia le añadimos el enamoramiento caprichoso de Enrique VIII de Ana Bolena. Quiso anular su matrimonio con Catalina y unirse a Ana. El Papa rechazó esta pretensión. Esto contribuyó a la ruptura con Roma, con la Iglesia Católica. Vendría luego Lutero y su protestantismo, pero en Inglaterra fue Catalina de Aragón la única capaz de torcer el rumbo de la historia de Inglaterra, que tuvo que adoptar una nueva iglesia, la anglicana

Enrique VIII, tras varios intentos fallidos de tener un sucesor varón y tras seis esposas, solo consiguió dos sucesoras al trono inglés, Maria hija de Catalina e Isabel hija de Ana Bolena. Una católica y la otra protestante.

Felipe II se encontró con el dilema de a quien apoyar y contra quien pelear. Y después de varios años de disquisiciones políticas y estratégicas geopolíticas, se casa con su tía Maria, reina de Inglaterra.

Pero María muere y sin dejar descendencia. Sube al trono inglés Isabel. Sería Isabel I.

Isabel comenzó a reinstaurar la reforma anglicana en Inglaterra y Felipe II intentó detener el proceso y asegurarse la alianza con Inglaterra, proponiéndole matrimonio a la que fuera su cuñada, proposición que fue rechazada.

Y aquí empiezan las hostilidades, aunque no inmediatamente. El Papa Pio V en 1570 promulgó una bula que excomulgaba a Isabel I y autorizaba a cualquier católico para asesinarla y a cualquier monarca católico para destronarla.

Isabel I de Inglaterra recrudeció sus persecuciones contra los católicos y apoyaba sin recato a los rebeldes calvinistas de Flandes. La corona española planeó devolver el golpe atacando directamente el territorio inglés. No querían un combate naval. Querían una invasión en toda regla. Con ayuda de los rebeldes irlandeses y los Tercios de Flandes.

El objetivo era derrocar a Isabel I, justificados con la bula de Pio V, instaurar en la isla de nuevo el catolicismo, evitar la ayuda de Inglaterra a la independencia de los Países Bajos (por entonces bajo dominio español) y sofocar los ataques piratas ingleses a las expediciones marítimas españolas y sus colonias.

La flota, dirigida por el invicto Álvaro de Bazán, acudiría a Flandes, embarcaría a los tercios de Alejandro Farnesio y los escoltaría hasta las costas inglesas, donde se ejecutaría el desembarco. Ese era el plan. Todo, sin embargo, se torció. Primero falleció Bazán antes incluso de zarpar. Para sustituirle, Felipe II eligió a Don Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia. Después, las condiciones climáticas retrasarán la navegación más de dos meses.

Además Medina Sidonia, que quiso renunciar al cargo, pero Felipe II  insistió en que fuera él, así se dirigía en una carta al Rey «Mi conciencia me obliga a renunciar encargarme de este servicio, porque siendo máquina tan grande y empresa tan importante, no es justo que la acepte quien no tiene experiencia de mar ni de guerra, porque no lo he visto ni tratado».

Por la muerte de Bazán, Farnesio instó al Rey a posponer la Empresa, dilación que no fue atendida por el monarca quien contestaba así «Yo tengo ofrecido a Dios este servicio», por lo que Felipe II dejaba la batalla más en los designios divinos que en sus propios generales. El Plan ya estaba urdido, la Felicísima Armada se dirigiría sin detenerse hasta las costas de Flandes, recogería a Farnesio y sus tropas y desembarcarían en Inglaterra para tomar Londres, así rezaba el monarca español: «No queda nada más que hazer por mí parte», dejando el resto de la empresa en manos de Dios.

Fue un 22 de julio de 1588, las tormentas del Mar del Norte acababan con la “Grande y felicísima Armada”, la flota que Felipe II había alineado para invadir Inglaterra. El episodio pasaría a la Historia como el desastre de la Armada Invencible.

La Armada no pudo llegar a Flandes y embarcar a los Tercios, por lo que el duque de Medina Sidonia decidió regresar a tierras españolas. De los 130 barcos que partieron, todaví­a quedaban 116.

En la madrugada del 8 de agosto, la Armada Española fue atacada por ocho grandes brulotes -pequeñas embarcaciones incendiarias que utilizaban los ingleses- cargados de explosivos. Esto provocó una gran estampida general y la dispersión de toda la flota española. Horas más tarde, se produjeron combates frente a las costas de Gravelinas y Ostende, tomando la iniciativa la flota inglesa. Ahí acabó la campaña militar, pero fue cuando comenzó la tragedia.

Una fortísima tempestad cubrió el cielo. Los ingleses se marcharon. Los barcos españoles quedaron literalmente desperdigados por la mar. A pesar de los intentos de Medina Sidonia por reagrupar la flota, numerosos temporales la desviaron hacia el norte, con los subsiguientes desastres y hundimientos en las abruptas y tormentosas costas británicas que causaron un gran número de bajas entre los españoles.

Como no podían volver a España por el canal de La Mancha, cerrado por el enemigo, intentaron una ruta por el mar del norte, bordeando Escocia e Irlanda. Este fue realmente el desastre. La mayor parte de las pérdidas de la Armada tuvieron lugar aquí, encallando contra las costas escocesas e irlandesas. La mitad de los barcos naufragó. Muchos de los hombres que llegaron a la orilla fueron asesinados por los lugareños. El total de bajas alcanzó la cifra de 20.000.

Felipe II al enterarse dijo la famosa frase:

“Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos.”

En menos de un año, en 1589, los ingleses sufrieron un desastre mayor que el de la Gran Armada que se ocuparon de silenciar convenientemente. Un pacto «patriótico» entre Francis Drake, el almirante de la flota, y John Norris, en calidad de general de las tropas de desembarco, que mantuvo oculta esta historia durante 450 años. Fue el desastre de la llamada “Contra Armada”,  la gigantesca armada -mayor que la Invencible- que la reina Isabel de Inglaterra envió a España tras el fracaso de Felipe II de invadir Inglaterra.

Y aquí entra en juego la gesta de la defensa de La Coruña de los hombres salvados por el almirante Rekalde.

Fue en abril, en 1589, cuando los ingleses pensaron que era mejor atacar a España a través de la desguarnecida La Coruña.

Apenas quedaban hombres con vida en aquella localidad costera de 4.000 habitantes. Así que María Mayor Fernández de la Cámara y Pita agarró el arma de un soldado muerto en combate y se lanzó desesperada contra el único alférez inglés que había conseguido sobrepasar los muros de A Coruña. Lo atravesó y despeñó su cuerpo junto a la escala por la que había ascendido al grito de ¡Quien tenga honor, que me siga!”.

Ahora ya no hay ni honor, ni dignidad, ni arrojo ni valentía.

Las instituciones públicas quieren suprimir el lema de las casas cuartel de la Guardia Civil “Todo por la Patria” y el lema de la Guardia Civil “El honor es mi divisa” ya parece anticuado, pues prefieren colorear el fondo de la bandera con los colores lgtb del arcoiris.

La honestidad de los servidores públicos pasó hace mucho a la historia. Antes se desobedecían órdenes por el honor y el cumplimiento del servicio, como Rekalde y otros muchos, qué gracias a Dios, llenan las gloriosas páginas de la historia de España. Ahora se obedecen órdenes a pesar de saber que son ilegítimas.

La “Grande y Felicísima Armada” de Felipe II fue derrotada, pero no por los ingleses, sino por la soberbia de creer que la aventura de invadir Inglaterra iba a ser fácil. Pero tuvo España el coraje y la humildad de reconocer el error y plasmarlo para siempre acuñando una moneda de bronce sobredorado y con la imagen de Felipe II en el anverso con la leyenda PHILIPPVS.II.D.G.HISP.REX (Felipe II, rey de España por la Gracia de Dios).

En su reverso, junto a una alegoría con el yugo de su bisabuela Isabel la Católica, figura la leyenda SIC.ERAT.IN.FATIS (Así estaba escrito por el destino).

Esta moneda, según el historiador Hugo O’Donnel, pudo acuñarse justo después del fiasco de la Gran Armada y pudo servir como una respuesta humilde y sincera al fracaso.

Lo único que tiene algo de sentido es el empeño de los malos en manipular la historia, las tradiciones y los usos y costumbres. Pues es la única manera de que el español renuncie a los valores patrios para dejarse mecer por la tentación de la pereza, de la ignorancia, de la omisión, de la dejadez, de la indolencia, … NO hacer nada malo … ni bueno. Pero es que “no hacer” es malo. Es dejarse vencer y renunciar. Acomodarse a la mentira y a la manipulación.

Y así no se escribe la historia, ni las gestas, ni los descubrimientos, ni las victorias ni tampoco las derrotas.

Como diría Aristóteles: «No basta con decir solamente la verdad, más conviene mostrar la causa de la falsedad». Una mentira repetida un millar de veces se convierte en una verdad.

Esto lo sabemos bien en la actualidad. Es el nuevo lema de la nueva normalidad. ¿Nos dejaremos vencer?

Por Redaccion

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