El Estado no es dueño de la persona ni de su dignidad

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La pretensión del Estado socialista de alzarse como el arquitecto absoluto de la moralidad y la existencia representa uno de los mayores peligros para la libertad individual y para la sociedad. Las instituciones políticas olvidan con demasiada frecuencia sus límites legítimos y asumen prerrogativas que no les corresponden bajo ningún concepto. Debemos recordar un principio inmutable frente a esta deriva intervencionista: el Estado no es dueño de la persona humana. Su dignidad no proviene de su pasaporte, del partido político en el poder en su país ni del rol que el Estado considere oportuno asignarle. La condición humana posee un valor intrínseco que precede a cualquier estructura burocrática o legislativa, un núcleo sagrado que ninguna asamblea ni decreto gubernamental puede otorgar ni retirar a su antojo.

El origen trascendente de la dignidad y sus implicaciones políticas

La persona humana fue creada a imagen de Dios. Este es el tema fundamental que subyace a la política. El Estado no creó la dignidad humana, por lo que jamás podrá apropiarse de ella. El Estado jamás podrá reemplazar a Dios ni a su Ley. Cuando la sociedad asume que los derechos emanan de la gracia del poder político, los ciudadanos se transforman automáticamente en siervos de la voluntad del gobernante de turno. La verdadera libertad exige reconocer que el ser humano posee una herencia superior, un marco de leyes naturales que ningún gobernante tiene el derecho de conculcar. Si la dignidad proviene de una instancia superior y trascendente, cualquier intento estatal de moldear la conciencia o restringir los derechos fundamentales se convierte en una flagrante usurpación y en una tiranía encubierta.

La obsesión totalitaria por el control institucional y social

El Estado socialista busca la sumisión absoluta del individuo y no tolera la existencia de espacios ajenos a su control. No se trata simplemente de exigir obediencia a la ley, sino de someter instituciones, asociaciones, creencias y lealtades al orden político. El poder absoluto no se conforma con regular las relaciones externas o garantizar la seguridad pública, sino que ambiciona colonizar el pensamiento y erradicar cualquier disidencia moral. Para lograr este propósito destructivo, el aparato estatal socialista necesita neutralizar todos los contrapesos sociales tradicionales que ofrecen protección y refugio al ciudadano frente a la arbitrariedad del gobernante.

Dentro de esta estrategia de dominación e imposición forzosa, los elementos que vertebran la sociedad civil pasan a ocupar de inmediato la lista de objetivos a batir por parte del dirigismo político. En este contexto, la religión es peligrosa porque enseña que existe una autoridad superior al Estado. Al recordar a los seres humanos que deben rendir cuentas ante una justicia divina e inmutable, la fe religiosa rompe el monopolio moral que los gobernantes pretenden ejercer sobre sus súbditos. Del mismo modo, la familia es peligrosa porque crea lealtades que el Estado no creó. Los vínculos de sangre, solidaridad intergeneracional y afecto construyen una fortaleza de resistencia psicológica y solidaridad material que la propaganda oficial no logra disolver con facilidad.

La persecución de la independencia y el pensamiento soberano

La ofensiva del socialismo estatal no se detiene en los muros del hogar o las iglesias, sino que extiende sus tentáculos hacia las áreas que determinan el futuro cultural y profesional de la nación. La educación independiente el derecho independiente y la sociedad civil independiente son peligrosos por la misma razón. El poder necesita una escuela dócil que adoctrine en lugar de enseñar, unos tribunales sumisos que validen las decisiones del Ejecutivo en lugar de impartir justicia, y un tejido asociativo subvencionado que aplauda las directrices gubernamentales en lugar de canalizar las inquietudes reales de la población.

Bajo este prisma asfixiante, el mayor enemigo del despotismo moderno es el ciudadano libre y autosuficiente. Lo mismo ocurre con el individuo que se independiza. El hombre libre, que confía en sus propias capacidades, que sostiene a su familia con el fruto de su trabajo y que rige su conducta por principios morales inquebrantables, representa un desafío directo para el sectarismo político. El Estado socialista detesta la independencia porque los ciudadanos libres no necesitan sus prebendas ni se doblegan ante sus amenazas, prefiriendo siempre mantener su soberanía personal frente a las imposiciones del pensamiento único.


tags: Libertad, Dignidad, Estado, Totalitarismo, Religión, Familia, Individuo

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