Desde que se inició la demoledora democracia sustentada en la Constitución del 78, España no ha dejado de sufrir fuertes escándalos y humillaciones. Delitos de todo tipo, injusticias, deslealtades y asesinatos. Y no podía ser de otra forma dada la casta partidocrática gobernante durante dicho período.
Es obvio que el conjunto de sus miembros, elegidos entre los matreros y maleadores más peligrosos del reino por un pueblo que en su mayoría es tan abyecto como ellos, no han tenido ni tienen de humano más que el nombre.
No era difícil pronosticar, ya hace casi cincuenta años, que en cuanto el socialcomunismo y sus excrecencias accedieran al poder y a sus parcelas, la patria se deterioraría hasta agonizar. Porque el hado que predice desdichas pocas veces se equivoca, al contrario que el que anuncia los bienes.
Buen adivino es aquel que presagia descalabros y casos crueles, pues no hay duda de que estos siempre suelen ser verdad; ítem más si en el augurio está por medio el socialcomunismo y la antiespaña en general.
Vaticinar entonces aquel futuro de catástrofes era tan fácil como predicar a convencidos. De modo que, bajo las botas de las huestes rojas, España es en la actualidad un organismo putrefacto, en absoluta descomposición. Un organismo, por otra parte, cuya enfermedad ya ha sido diagnosticada hace varias décadas, pero al que los facultativos que podrían sanarlo no quieren encontrar la medicina salvadora.
Sólo por las gentes de bien, que son escasas, hay que sentir el sufrimiento causado por las amarguras de esta época desdichada, porque del resto de nuestro prójimo no hay que preocuparse: se halla feliz en la ciénaga hocicando como gochos, comiscando como carroñeros o arrastrándose cual lombrices.
El caso es que nos hallamos ante una sociedad en crisis que ve derrumbarse aquello en lo que había creído y por lo que había luchado en la Cruzada y durante el franquismo. Espíritus libres que han combatido en todas las campañas liberadoras y veraces a lo largo de la historia, desbrozando la senda a los canallas.
Una sociedad o una ciudadanía ésta enferma de cuerpo y de alma, que no desea descubrir nuevos planteamientos alternativos y regeneradores —no meramente rotativos o sustitutorios—a un Sistema que se ha manifestado estéril y corrupto hasta el hueso. Cuyos encauzadores de opinión y supuesta elite intelectual, política y civil, incluida la de derechas, se muestran sospechosamente ineficaces a la hora de impedir la perduración de dicho Sistema.
De modo que, como predijeron los avisados y era inevitable, la España de los saqueadores ha sido finalmente saqueada. Y aún seguirán especulando con el cadáver y enriqueciéndose a su costa las posteriores generaciones de forajidos hasta que los designios de la Providencia lo consientan.
Lo que está claro es que no es posible vivir en la alternancia que se pretende, mediante una mera adaptación de las costumbres y calamidades presentes. Ni, sobre todo, conformarse con tener definido el diagnóstico sin aportar la solución. Que es lo que pretenden los fingidores —ya sean apocados, vividores o directamente delincuentes—, en su actual clamor por el pacto de la rotación entre los supuestos partidos de derechas.
Lo que la España saqueada exige es abrir con urgencia una brecha en el Sistema lo suficientemente dilatada y profunda para desde ella derribar los esquemas políticos, sociales, económicos y culturales imperantes. Pero eso no se va a hacer: son dilatados y poderosos los intereses que lo impiden.
Al morir Franco, los enemigos de España dejaron la puerta abierta a la mayor dominación y a la mayor tiranía. Y patrocinando la relajación de los espíritus, se abrió la veda a los mayores latrocinios y libertinajes nacionales y extranjeros. España, esa gran nación siempre envidiada y codiciada es hoy pasto de hienas, cuervos y gorgojos.
Lo cierto es que no todos los seres humanos tienen la suerte, en esta desdichada vida nuestra, de discernir fácilmente lo genuino de lo falso. Tal vez por ese motivo la multitud desconoce que en el mundo hoy se habla de España como de un árbol caduco, sin ramas ni pájaros, mientras los parásitos y los leñadores le carcomen las raíces y le cercenan el tronco seco y podrido.
En las tabernas prostibularias de Congresos y Parlamentos, reyes, cardenales, senadores, financieros, intelectuales, artistas, guerreros, periodistas, empresarios… han conseguido que el mundo, volteando al viento con renovada furia el rencor que simboliza la bandera negrolegendaria, mire a España con avidez de botín, compasión, desprecio u odio.
En tanto, el hombre de la calle, antaño español, hoy es una masa indiferente, inmigrante y globalista sólo atenta a la ruin rutina cotidiana. Una plebe acostumbrada, por supuesto, a respirar la atmósfera putrefacta de campos y ciudades, y a contemplar sin inmutarse el febril vandalismo de sus dirigentes contra las cruces y contra la dignidad del ser humano, individual y libre.
El caso, en fin, es que la España saqueada se desgarra, se cae a pedazos, se arrastra lastimosamente por el concierto internacional, mientras sus gentes se siguen apegando a una vida esclava, de siervos humillados y explotados, y a una paz de cementerio, sin sospechar la realidad del horror que les envuelve ni la inhumanidad de los saqueadores que les gobiernan.




