⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos
Por sus frutos los conoceréis. (Mateo, 7,16).
En efecto, a cada árbol se le conoce por sus frutos; y a cada hombre por sus hechos. Y, tras analizar sus hechos, nadie mínimamente objetivo puede dudar de que España padece un Gobierno desleal a la patria, a la familia, a la ley y a la vida. ¿Es legal, legítimo y, sobre todo, razonable, permitir que un gabinete así siga destrozando todo sustento de convivencia entre personas libres y, más allá, a una nación trascendental en la historia de la humanidad?
¿En nombre de qué constructo sagrado tienen que soportar los españoles de bien a un psicópata traidor? ¿En el de la democracia? ¿En el de la legalidad? Ya está bien de señuelos, cobardías e imposturas legalistas. Es hora de exigir a los vientres cómodos y pasivos que dejen de escarnecer o de tomar por el pito de un sereno a la ciudadanía. Hora de ser claros: «democracia» y «legalidad» son dos artefactos conceptuales ultrajados hasta la saciedad.
Y este ultraje ha sido sembrado precisamente por quien pretende apoyarse en ellos para mantenerse en el poder envilecido. De ahí que, si quien pudiendo extirpar el mal se excusa en tales conceptos para justificar su pasividad en la España de hoy, a ese sujeto podremos calificarle justamente como excrecencia del traidor. Es decir, es otro traidor más que añadir al vagón de los sobejos. Y punto.
Ambos términos, democracia y legalidad, son construcciones históricas que compendian valores y normas, organizan prácticas sociales y funcionan como dispositivos de legitimación. Obviamente, para tener una función legitimadora deben ser respetadas. Pero cuando quien debe respetar sus expectativas promisorias las pisotea y violenta han perdido dicha función. Y para restituirlas en su legitimidad es imperativo condenar previamente a su violador. Sea este un grupo o un individuo. O ambos a la vez.
Sólo el peor, el más tiránico de los gobernantes y los peores de sus esbirros, permitirían el cúmulo de muertes, luchas, engaños, injusticias y calamidades con que los líderes socialcomunistas españoles y sus cómplices y aliados liberales —interiores y exteriores— han marcado su obra.
Ellos son ahora los enemigos de España, como antaño lo fueron los moriscos y los judaizantes, y siempre unos y otros de la mano de los traidores autóctonos, hijos renegados de la propia madre patria. En la actualidad, secuestrada y humillada por tales ideologías, España agoniza bajo un trasfondo de intrigas, un enmascaramiento de bastardos intereses económicos y financieros, y una omnipresente corrupción fertilizada por partidismos centrífugos.
El cien por cien de lo que —desde las hasta ahora inexpugnables poltronas parlamentarias— se ha hecho y se hace en política durante la Farsa del 78, no sólo carece de interés, sino que ha resultado nefando en todos los aspectos y en todos los ámbitos. Y este retrato de la actual contingencia española no es exageración, sino penosa realidad.
La patria ha sido tomada por una mafia estructural de amplio espectro, dedicada a desnaturalizar al ser humano y a difundir un furioso adoctrinamiento de relativismo y de perversión a modo de precursores del Anticristo. Todo ello para preparar a las conciencias a recibir la irreligión y la aniquilación de todo albedrío. Ha llegado el momento, pues, de acabar con dicha Farsa y con su consecuente juego político.
Por eso, si quienes, en esta hora, por su autoridad, su potestad o su circunstancia personal pueden oponerse a la aniquilación de la patria y no lo hacen, están opositando a sacar plaza en la historia de la infamia. Los afanes codiciosos y sectarios de las oligarquías antiespañolas son certezas frente a las que se estrella la libertad, la vida y cualquier atisbo de progreso nacional. España, abandonada en manos de depredadores y de enemigos seculares, sobrevive como objeto de despojo envuelta en decadencia y desprestigio.
En conjunto, los políticos de la Farsa del 78 —con los socialcomunistas y sus carnosidades a la cabeza— han tenido el raro honor de estar entre los más indecentes del mundo. Y en la medida en que —junto a sus amos plutócratas— han ido parasitando las instituciones y concentrando riqueza y rentas, están sirviéndose de recursos sobrados para ejercer la propaganda y el control sobre la población.
El PSOE en concreto no sólo carece de limpieza moral, también carece de limpieza intelectual; y su historia demuestra de modo contumaz que sus militantes y seguidores poseen un espíritu negligente y reverencial con el crimen y sus aledaños. Y ha confirmado lo que ya advirtió Montaigne cinco siglos antes: «ciertos hombres envían su conciencia al lupanar y a las ladronerías mientras mantienen su apariencia en regla».
Curiosamente, sin embargo, a pesar de que la moralidad de esta casta partidocrática ha dejado mucho que desear, no ha perdido su consideración a los ojos de una gran parte del pueblo. Esa parte podrida de resentidos y de aprovechados que, confiando en que con un Gobierno de forajidos todo el mundo puede atropellar, se ha dejado enseñar por los malhechores y, con su ejemplo, se ha acostumbrado a vivir también en la violación de las leyes.
El primer paso de toda mejora pasa, pues, por condenar al PSOE y a sus fanáticos desde sus raíces y fundamentos. Teniendo siempre presente que es una organización, a medio camino entre la camorra y el cártel, capaz de camuflarse bajo infinitas vestiduras. Diestros como son en dar a la falsedad el aspecto de virtud, han ideado a lo largo de su historia innumerables métodos para desfigurarse, tomando siempre la forma de ciudadanos solidarios, moral e intelectualmente superiores. En definitiva, o España acaba con el PSOE —con el socialcomunismo y con sus excrecencias— o el PSOE acaba con España. No hay un PSOE bueno y otro malo. En España sólo hay un socialcomunismo y éste, en general, es una bestia insaciable en su maldad; y, en particular, en su odio a la patria, a la que depreda y de la que se aprovecha con sañuda avaricia y parasitaria contumacia. Y en esta encrucijada moral y material, la equidistancia y la pasividad son posturas de alta traición.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador




