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De modo fatal, los socialcomunistas, lo mismo que antaño levantaron banderas en nombre del obrero o se echaron en sus manos, hogaño se han ido echando en manos de las minorías insolidarias, esto es, de las soluciones irracionales y delictivas (buenismos, relativismos, ecologismos, animalismos, okupaciones, feminismos, etc.); en definitiva, de las quimeras antropológicas y folclóricas frente a las propuestas cívicas e ilustradas.
Hay quienes apañan con todo lo que se les pone por delante, y hacen sus buenos arreglos de escalamientos y relaciones o presiones en lo alto, metiendo luego la mano en la bolsa pública o en la del prójimo, o levantando sus famas y las estatuas de sus sepulturas, y se las apañan muy bien para su enriquecimiento y glorificación.
Es decir, hay quienes saben manejar los codos para apañárselas (Puerta del Sol y similares mediante), mientras que otros —muy pocos— solamente los usan para trabajar, o para ponerlos sobre la mesa, y luego la mano en el rostro, para pensar melancolías o levantar esperanzas.
En uno de tantos relatos orientales escritos hace más de quinientos años, se cuenta que había una vez un médico que tenía fama de curar a los jorobados. Uno de ellos se dirigió a él para que le desembarazara de su joroba. El doctor cogió dos tablones, colocó uno en el suelo, hizo acostarse sobre él al jorobado, colocó el segundo tablón encima y subiéndose y saltando largo tiempo, pisoteó con fuerza a su paciente. El jorobado quedó derecho, pero murió. Cuando el hijo del muerto lo llevó ante la justicia, el charlatán se defendió: «Mi oficio es el de curar a los jorobados de sus jorobas; yo los enderezo; que mueran o no, eso a mí no me concierne».
Así son y así acaece con los socialcomunistas y con sus exudaciones. Prometen sanar la parte enferma y lo consiguen a costa de acabar con el resto sano, es decir, con la totalidad; previo enriquecimiento a expensas del difunto, claro está. Pero, por desgracia, siempre hay millones de imbéciles o de ganchos y cómplices dispuestos a remendar en pos de la depredación y a acomodarse con los defraudadores.
Sin duda, esta actitud de quienes están dispuestos a conceder algo o todo a cambio de que los socialcomunistas y sus amigos terroristas, separatistas y de derechas les otorguen generosos su derecho a la vida, alberga una miseria moral espeluznante. Al menos a juicio de las escasas personas normales que quedan en la sociedad. Renuncian a la condición de ciudadanos para convertirse en súbditos de una banda de forajidos que se erige en dispensadora de derechos y libertades.
Y lo hacen sin remordimiento, porque sus genes son también de malhechores. Transigir con el delito es un agravio al dolor de las víctimas que han ido sembrando estas ideologías y estas pasividades a lo largo de la historia, y al de sus antecesores y herederos. Lo amargo es que, entre los malvados y los tontos, se nos están escapando la libertad, la dignidad, la patria y Dios, además de la vida.
¡Qué amarga impotencia ante la confusión organizada, ante la obscena manipulación de la sociedad por parte de unos y de otros! Tanto odio contra lo noble y excelente por parte de quienes son incapaces de rechazar el oro y de elevarse sobre el nivel del suelo, tanto encono, sólo puede derivarse del rencor, ese sórdido resentimiento que la fealdad moral profesa a las cosas transcendentes y hermosas.
El caso es que la historia se repite. A las manifestaciones nacionales de Cibeles-Moncloa han seguido las contramanifestaciones rojas de la Puerta del Sol. Parece que fue ayer. Nada cambia en nuestra Farsa del 78. Y nadie puede decir que viene de tiempos olvidados, en alas de la esperanza, porque la España infecta de hoy se lleva fabricando desde hace décadas. Y la han fabricado izquierdas y derechas, odiadores e hipócritas, criminales y topos que se ocultan cuando hay peligro y aguardan el desarrollo de los acontecimientos para pronunciarse a favor del partido victorioso.
De modo que, ahora, todos ellos, tanto la derechona codiciosa y apátrida, con sus falaces buenas maneras, como la izquierda roja, vengativa y sangrienta, con su brutal e inhumano sadismo, se muestran jactanciosos, instalados en la impunidad o en la pasividad. Pero tampoco debemos olvidarnos del pueblo. Porque ese pueblo al que halagan y convocan los políticos y demás demagogos es como el rebaño que citan los papas de la época y los ayatolás y clérigos del islam: una entidad despreciable.
El hombre es un ser único, individual, irrepetible; no una oveja. Pero los poderes satánicos que gobiernan el planeta lo han transformado en ganado para la explotación pecuaria o para el matadero. De suerte que, en esta España agonizante, con toda su reata institucional vendida al diablo y al parné —y siento con toda mi alma reconocer esto, amable lector— no queda un atisbo de esperanza para las gentes de bien, para los espíritus libres. Sólo para los ladrones y para sus meritorios.
Sin embargo, para éstos y para el resto, es decir, para ocho o nueve de cada diez españoles, España va perfectamente. Y las enésimas elecciones —cuando las haya, si las hay— corroborarán estas palabras. Porque mientras no se dé la vuelta al calcetín y se derribe el Sistema —algo de veras complicado a estas alturas—, no habrá verdad ni libertad.
El ejercicio de la política y, más aún, la sociedad entera, están montados en esta desoladora época nuestra sobre conceptos falsos, sobre apariencias. Nada es lo que parece. Del rey abajo, todo es un enorme engaño. Una gigantesca trampa en la que los fuertes señores del poder, enemigos de la humanidad, han decidido atrapar a sus esclavos.
Informado Unamuno de que un tercero de su entorno se daba mucha importancia, respondió que seguramente la necesitaría. Porque el ser humano —al menos el actual— es tan poca cosa que hasta importancia necesita. Ruido de ella para no quedarse a solas, y menos ante un espejo. Pero todavía menos ante el espejo de silencio situado en sus adentros. Somos así los hombres, y todo el tinglado sociocultural —edificado por el capital-socialcomunismo, no lo olvidemos—está ahí para evitarnos ese trago. Para que seamos felices sin salirnos de la manada.
Tenemos leyes, sí, y decretos; y cada vez más. Y gracias a esas leyes y a esos decretos los delincuentes se pasean impunes por España. Entrevemos la verdad de que la historia y el vivir son un cuento contado por un idiota, como apuntó Shakespeare, pero enseguida decidimos que estas cosas son imágenes líricas, aprensiones de melancólicos contándose sus acedías y consolándose. Y nos consolamos con el móvil, la charla tabernaria, el aperitivo o la televisión.
Porque el hombre ha muerto, mis amables lectores. Peor aún, Dios ha muerto. Para refocile o indiferencia de sus matadores. Por eso, y perdónenme la tristeza de esta hora, que cada palo aguante su vela; o —como escribió el poeta Lucano— que cada cual sufra su propio naufragio. Sólo así, tal vez, sea posible la forzosa regeneración, la imperativa resurrección.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
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