No creo ser injusto si afirmo que la actitud de las democracias occidentales frente al levantamiento del pueblo cubano contra una tiranía comunista que no solo ha sembrado el terror y la miseria en la isla durante sesenta años, sino también la desestabilización en Hispanoamérica y varios países africanos, ha sido bastante fría, casi indiferente.

En septiembre de 2019, el Parlamento Europeo aprobó la denominada Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa, que condena los crímenes cometidos por los regímenes nazi y comunista a lo largo del siglo XX y pide a los Estados miembros que conmemoren el 23 de agosto como Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo.

Por su parte, Estados Unidos ha sido líder del mundo libre durante medio siglo en la lucha contra el avance del comunismo en el planeta durante la Guerra Fría, representa en el imaginario de todos el polo opuesto a cualquier totalitarismo y ha prestado una especialísima preocupación por el régimen cubano, un implacable enemigo de la libertad a 300 millas náuticas de Florida.

Por eso resulta tan desconcertante que ambos bloques hayan reaccionado con tibieza y casi desinterés a un levantamiento que ya está siendo aplastado con irresistible violencia en vivo y en directo por el régimen de la Habana.

¿Qué puede explicar esta súbita frialdad por parte de un bloque democrático del que no puede suponerse la menor simpatía hacia el comunismo, un grupo de países que se ha opuesto a él durante más de medio siglo y que sigue pronunciándose inequivocamente en su contra?

La explicación estaría en lo que podría llamarse ‘el Síndrome de Visegrado’, por el que el pensamiento globalista imperante encuentra preferible un país comunista que un país salido del comunismo.

El totalitarismo comunista actúa como una vacuna. Quienes consiguen escapar de él desarrollan una verdadera alergia a los intentos de imponer ideologías desde el poder y al recorte de libertades. Además, como escapados de una ideología internacionalista, siendo sus países vasallos virtuales de una potencia extranjera, valoran también muy especialmente la libertad colectiva de sus países, su independencia y soberanía.

Tienen, en paralelo a esta alergia instintiva, un peculiar olfato para detectar el más tímido conato de poner trabas a la libertad de pensamiento y expresión, de dogma obligatorio dictado desde arriba.

Es el caso de Yeonmi Park. Yeonmi Park es una joven norcoreana que logró escapar a los 13 años de la pesadilla que es para millones de seres humanos el régimen de los Kim y ahora estudia en Estados Unidos, en la Universidad de Columbia. El relato de Park es estremecedor, inimaginable para un occidental, una perfecta distopía de adoración religiosa al líder, control y supervisión totales, miseria inconcebible, aislamiento físico y mental del resto del mundo. Park y su madre huyeron de Corea del Norte a China por el río Yalu congelado en 2007, cuando ella solo tenía 13 años, y los traficantes de personas los vendieron como esclavos.

Por eso su decepción fue absoluta cuando descubrió en la propia universidad en la que estudia, en el centro mismo del mundo libre, una ortodoxia intelectual que se imponía con similar desprecio a la libertad que en su país natal.

“Pensé que aquello era una locura”, declaró recientemente Park en una entrevista con la cadena Fox. ‘Creía que Estados Unidos era diferente, pero he visto tantas similitudes con lo que vi en Corea del Norte que he empezado a preocuparme”. Tras la caída de la Unión Soviética, el chiste era que ya solo quedaba comunismo en Corea del Norte, Cuba y la Universidad de Columbia, pero el chiste ya ha perdido toda su gracia.

Fundamentalmente, el problema que tiene la Comisión Europea con la Hungría de Viktor Orbán y, por extensión, con los países comunitarios del otro lado del Telón de Acero es que no tienen la menor intención de salir de un totalitarismo para entrar en otro, aunque sea mucho más rico.

(Carlos Esteban. La Gaceta)

Por Redaccion

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