El globalismo busca acabar con las naciones
El globalismo busca acabar con las naciones. Este proyecto político deliberado y su arquitectura de ingeniería social buscan desmantelar la estructura básica de la civilización occidental: la nación soberana.
Durante décadas, se nos ha vendido la idea de que las fronteras son cicatrices del pasado y que los intereses nacionales son obstáculos para un progreso humano armonioso. Sin embargo, la realidad es mucho más oscura. Lo que las élites globalistas llaman gobernanza internacional no es más que una amenaza existencial que planea sobre todo el planeta, una sombra autoritaria y tiránica que pretende sustituir la voluntad del ciudadano por el dictado de un burócrata globalista al que nadie ha elegido.
La gente está empezando a comprender, a menudo por las malas, que quienes gobiernan en su nombre llevan mucho tiempo trabajando activamente para eliminar la nación. Esta traición se oculta tras un lenguaje de benevolencia y cooperación, pero el objetivo final es la uniformidad y el control. El argumento central de este movimiento es una falacia intelectual de proporciones catastróficas: la idea de que las naciones son entes «malos», «antidemocráticos», «ineficaces» o «peligrosos», mientras que las organizaciones supranacionales son «buenas», «democráticas», «necesarias» y «científicas». Este binarismo es falso y profundamente manipulador.
La captura de las instituciones internacionales
Y si no, veamos algunos ejemplos: las Naciones Unidas no son, como nos cuentan en los libros de texto, un espacio neutral para que los gobiernos nacionales discutan amistosamente sus diferencias. Son, en realidad, una creación gubernamental destinada a reemplazar a los propios gobiernos nacionales, una superestructura que busca usurpar la soberanía de los pueblos. Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no es un simple organismo de coordinación sanitaria; es una institución que aspira a ser investida de un inmenso poder y autoridad para controlar y regular a todos los seres humanos del planeta bajo el pretexto de la «seguridad biológica».
Del mismo modo, el Grupo del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) no existen para expandir el libre comercio o ayudar a las naciones en desarrollo. Su verdadera misión es centralizar el control sobre todas las transacciones económicas del mundo, creando un sistema de dependencia del que ninguna nación pueda escapar.
La demonización del nacionalismo y la manipulación del lenguaje
El mensaje que hemos escuchado toda la vida es claro y contundente, repetido por las élites globalistas mediáticas y académicas: las naciones hacen cosas malas, las organizaciones internacionales hacen cosas buenas. Esta narrativa es la base de la guerra retórica contra el nacionalismo. El término «nacionalista» ha sido secuestrado y redefinido y ha sido convertido en un término despectivo vinculado exclusivamente al fascismo. Ya no son las personas que se enorgullecen de sus naciones sino que ahora se han convertido mágicamente en radicales peligrosos; se les etiqueta así para que quienes nos gobiernan puedan demonizar al Estado-nación y allanar el camino hacia el globalismo.
Se nos quiere hacer creer que el concepto mismo de Estado-nación es inherentemente autoritario, cuando la historia demuestra lo contrario: las mayores libertades civiles se han conquistado y protegido dentro de los límites de naciones soberanas.
La farsa de la democracia supranacional
Reflexionar un instante sobre esta campaña antinacionalista revela su absoluta absurdidad. ¿Por qué una república constitucional con democracia representativa sería considerada «peligrosa» a nivel nacional pero «virtuosa» a nivel internacional? Por otra parte, ¿por qué el líder ejecutivo de un país como Alemania, Francia o Estados Unidos sería más «autoritario» que el secretario general de la ONU o el presidente de la Comisión Europea?
¿Cuál es la razón por la que un organismo internacional, alejado miles de kilómetros de la realidad del ciudadano, sería considerado más «democrático» que una ciudad, región o nación donde la gente se autogobierna y conoce a sus representantes? Y es más, ¿por qué, por ejemplo, Ursula von der Leyen debe ser considerada la «líder representativa» de Europa cuando el pueblo europeo nunca votó por ella? La representatividad en estos organismos es una farsa matemática. La ONU cuenta con 193 embajadores para 8.300 millones de personas. ¿Cómo puede alguien con sentido común llamar a esto «democracia»? Es, en el mejor de los casos, una oligarquía que utiliza la apariencia de consenso para imponer una voluntad autoritaria sobre toda la humanidad.
La erosión de los derechos naturales
Los derechos y libertades naturales no se vuelven más reales porque un grupo de burócratas globalistas en Nueva York o Bruselas decida reconocerlos. Las libertades otorgadas por Dios o inherentes a la naturaleza humana existen a pesar de la existencia del gobierno, no gracias a él. Cuanto más grande es el gobierno y mayor es su jurisdicción, menos probable es que se respeten estos derechos. En una nación pequeña o mediana, el ciudadano puede, metafóricamente, mirar a su representante a la cara. En el globalismo, el ciudadano es solo una cifra en un Excel, un recurso a gestionar por una élite que no siente ninguna lealtad hacia él.
El totalitarismo internacional tiene una ventaja sobre el nacional: prefiere disfrazarse de benevolencia. Al igual que los movimientos totalitarios del siglo pasado, la tiranía global habla de «paz», «bien común» y «seguridad». Si los tiranos del pasado hubieran tenido la tecnología actual, no habrían necesitado tanques; les habría bastado con una moneda digital global y un pasaporte sanitario obligatorio. La transición de lo nacional a lo internacional es sutil pero letal. Lo vimos con la pandemia: las normativas nacionales se transformaron rápidamente en mandatos globales de la OMS, demostrando que la infraestructura para una dictadura mundial ya está instalada..
La nación como último baluarte de la libertad
El internacionalismo globalista es el caballo de Troya definitivo. Es la herramienta de los partidarios del gran gobierno que, habiendo fracasado en convencer a sus ciudadanos a nivel local, buscan imponer su agenda desde arriba, fuera del alcance del voto popular.
La nación soberana es el último baluarte contra este poder absoluto. Sin naciones, no hay donde esconderse del Estado globalista. Defender la nación es un acto de amor hacia la libertad y la verdad. La nación es el marco donde la sociedad es posible; fuera de ella, solo queda el imperio de la burocracia globalista. El argumento de que las naciones son ineficaces no es más que una trampa para que entreguemos las llaves de nuestra casa a un carcelero mundial.
José María Romero | escritor
Tags: globalismo, soberanía nacional, Estado-nación, tiranía internacional, ONU, Agenda 2030, derechos naturales




