El baluarte que no ha sido | Álvaro Gutiérrez

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No es del todo infrecuente encontrar en la derecha española loas a Donald Trump como baluarte inexpugnable de la civilización occidental frente a los enemigos que la rodean. Y entiendo perfectamente por qué quieren pensar eso. Las fuerzas a las que hizo frente, y que siguen gritando lamentos por su victoria, son las mismas que buscan arrinconarnos también aquí y excluirnos de la vida pública. Oír el yanto y rechinar de dientes a los que les reduce puede hacer pensar que el presidente de los EEUU es precisamente el paladín que necesitamos. Y es fácil fijarnos en las promesas de avance o las pequeñas victorias, aunque sean pírricas o aparentes, y no darnos cuenta de que el trabajo queda todo por delante. En parte porque no da el resultado que tanto los medios que se oponen a él como sus admiradores parecen creer, y en parte porque, sorprende tener que recordarlo, no es presidente en España. EEUU será todo lo potencia imperial que ustedes quieran, pero aquí el trabajo que toca hacer, nos toca hacerlo a los de casa.

La promesa, para muchos, de Trump, es el fin de aquella era de corrección política y supresión de ideas conservadoras bajo la falsa justificación de la tolerancia. Una nueva fase del liberalismo en el que la libertad pasa de ser una esfera de no intervención del gobierno a una facultad de autodeterminación que exige la protección activa de las autoridades públicas frente a todo aquel que busque limitar o cuestionar su autonomía. Además de inaugurar una política valiente de hablar sin miedo a los censores de nuestros tiempos, iba a nombrar jueces que darían marcha atrás al proceso de legislación liberal por fallo judicial que EEUU empezaba a exportar al resto del mundo. Pero el baluarte de Trump, como su muro con México, brilla por su ausencia.

Y está ausente porque él mismo, y aquellos que le rodean, comparte en gran medida el proyecto liberal (no olvidemos que en EEUU los dos partidos son sendas alas de un mismo movimiento liberal fundacional). Y esto no sólo en el aspecto económico, sino también en ámbitos más novedosos para la ideología hegemónica. A pesar, por ejemplo, de cierto ruido que hiciera acerca de los transexuales en el ejército y de sus gestos hacia la libertad religiosa –entendida también ésta en términos liberales– él ha querido presentarse como el presidente republicano más «pro-gay» de la historia. Desde abrazarse a la bandera arcoíris a seguir la política de Obama de promoción de la agenda legal LGTBI a través de sus embajadas en países contrarios a ella, Trump no ha hecho nada por oponerse a la causa progre más llamativa de nuestros tiempos por la rapidez y rotundidad de sus éxitos en la última década. Probablemente más por la influencia de Ivanka y su marido, pero el resultado a fin y al cabo es el mismo. Al respecto del aborto, quizá la más importante de las reivindicaciones del conservadurismo tradicional en cualquiera de nuestros dos países, sí que ha hecho cosas importantes; es el primer presidente en hacer acto de presencia en la marcha por la vida en Washington, y prohibió la financiación del aborto en el extranjero con fondos públicos. Pero cabe recordar que esta última es una medida que han tomado todos los presidentes Republicanos desde Ronald Reagan, y que la Marcha por la Vida, aun siendo multitudinaria, es políticamente estéril. Los cambios legales a favor de la vida se han concentrado en el nivel estatal, no federal, y ésto nos lleva de nuevo al peor fracaso de la presidencia de Trump: la judicatura.

Una multitud de votantes americanos, los conservadores religiosos (los llamados evangélicos, pero también católicos), eran perfectamente conscientes al votar de que Trump no era un modelo de virtudes. Pensaban que aun así valdría la pena votarle tan solo por la posibilidad de cambiar la composición del Tribunal Supremo. Y durante un tiempo parecía que acertaron. No solo hay una mayoría reforzada de magistrados conservadores en el tribunal más alto del país, sino que además ha llenado todos los tribunales federales por debajo de éste de jueces respaldados por la Sociedad Federalista, la asociación legal de referencia en la derecha estadounidense. Las confirmaciones de Kavanagh y Gorsuch provocaron un torrente de tinta y lágrimas mientras la izquierda alertaba sobre el riesgo que corría el aborto legal y los derechos de las minorías en EEUU. Y, de nuevo, parecían miedos fundados. Los estados conservadores estaban aprobando leyes que parecían diseñadas exclusivamente para provocar juicios ante el Supremo que pudieran cambiar la dirección de las cosas.

Pero no fue así. Estas últimas semanas hemos visto fallo tras fallo respaldando la postura de la izquierda liberal, en la que siempre desertaban las filas conservadoras al menos un juez. La idea, al parecer, es que los jueces conservadores solo pueden defender ideas conservadoras escribiendo opiniones contra la mayoría; siempre que se ven en riesgo de ganar uno deberá cambiar de bando y aducir razones de neutralidad y tradición liberal-conservadora para mantener intactos los avances de la izquierda. El miedo al éxito en la derecha americana es palpable, y muchos prefieren defender razonamientos procedimentalistas vacíos, y teorías jurídicas como el originalismo y el textualismo sin importar que lo único que estén logrando es afianzar la victoria de sus enemigos.

Y como sigue siendo cierto que todo esto está ocurriendo en un país extranjero, por mucho que sea la potencia imperial del momento, lo relevante es  qué podemos aprender nosotros de ello. Y aquí es donde sí que hay mucho que aprender de la figura de Trump, tanto de sus éxitos como de sus fracasos.

Lo primero es que no importa tanto como temíamos la censura de los medios de comunicación. Sea por el influjo de las redes sociales o por el desprestigio generalizado en que se encuentran, el caso es que mucha gente empieza a formar sus opiniones al margen de lo que digan los grandes periódicos y noticieros. Quien sepa comunicarse directamente con la gente y ofrecerles una explicación convincente de la realidad tiene tantas posibilidades de éxito como el que cuenta con el firme respaldo de los medios. Incluso más en algunos casos, si atendemos a los resultados electorales de Ciudadanos y VOX. Lo segundo, y quizá lo más importante, es que no hay que caer en el miedo al éxito. El objetivo de la derecha en España no puede ser meramente el proyecto negativo de lograr que Sánchez e Iglesias no gobiernen en España. Si nos limitamos a eso volveremos a un interregnum de gestión más o menos eficaz como la de Rajoy después de la era Zapatero, para que vuelva España a la misma senda de antes. Cuando vuelva a estar la derecha en el poder tendrá que hacerse la pregunta: ¿y yo qué quiero hacer con esto? No basta con decir que respetamos mejor la ley, o seguimos con más puntillosidad los procedimientos. Cuando llegue a su fin el mandato deben poder decir: hoy la familia está más fuerte, la patria más cohesionada, la gente  más virtuosa. Debemos poder decir que la autoridad está fuera de cualquier sombra de sospecha de corrupción y que las estructuras están orientadas hacia el bien común. Y si no lo logramos, por mucho que hayan corrido por los ríos las «lágrimas de los progres» habremos fracasado.

Álvaro Gutiérrez Valladares | Escritor