En nuestra sociedad actual, están muy de moda los discursos políticos, basados en valores jaleados por los medios de comunicación y que se han popularizado entre mucha gente, al menos nominalmente. Su repetición y el sentimiento de poseerlos generan un gran bienestar a sus autores y a todos aquellos que los comparten. 

Sí, sentirse realmente en el “lado bueno de la historia” es una sensación embriagante que reconforta.  Y no es nuevo, los bolcheviques rusos, los nacionalsocialistas alemanes, los liberales ingleses, los progresistas occidentales, etc. han disfrutado de esta placentera sensación de “tener razón”, independientemente de la realidad.  Las minorías que se atreven a pensar por sí mismas, a criticar esos discursos, a sus autores, bien por su falsedad, sus incoherencias o simplemente a no estar de acuerdo públicamente, muchas veces son vilipendiados, condenados “socialmente” y excluidos del gran “consenso” social.

No sé si a los lectores les suena todo esto, tal vez les suene lejano, propio de otras sociedades, pero en la nuestra se desarrolla hasta sus últimas consecuencias este bienestar ideológico, con una “ortodoxia” pública, no decidida por nadie sino impuesta desde los grupos mediáticos y las organizaciones internacionales, y que ya llegan al nivel de imponer sanciones administrativas y penales contra los que osen no comulgar con estos “valores”.

Un indicativo clarísimo de esta situación de presión e imposición, es el hecho llamativo de que hasta las personas más concienciadas, cuando se atreven a discrepar, empiezan su discurso frecuentemente disculpándose preventivamente por lo que sus oponentes les achacan, negando que sea su intención criticar algunos aspectos de los valores imperantes, matizando cuidadosamente su opinión discrepante para intentar evitar algunas de las condenas o rechazos más fuertes.

¿Se imaginan a un miembro de Podemos, que antes de criticar a la monarquía empezara diciendo algo así como que “aún reconociendo las aportaciones a la democracia…”?  No, claro, eso sería impensable.  Sus opiniones son contundentes, sin ninguna duda de atacar aquello que consideran negativo para sus planes.

De forma que, tras un periodo histórico no tan largo hemos sustituido el Antiguo Régimen con una autoridad fuerte, una sociedad con unos valores públicos fuertes y claros, con instituciones que los defendían claramente, con restricciones legales a la libertad de opinión y de publicación, etc.  Todos tenemos claro este panorama y nos suenan las críticas a esa época “oscurantista”, “inquisitorial”, etc.  Todos oímos los elogios públicos a la Revolución Francesa que, en nombre de la libertad, acabó con todo aquello estableciendo regímenes donde la libertad individual era sagrada, todos podían pensar y opinar libremente, el poder estaba severamente limitado para que no pudiera pisotear los derechos de las personas, etc.

Bien, ese “paraíso de libertad” ha llegado hasta el momento donde los nuevos “dogmas” no provienen de Dios, ni siquiera del pueblo, sino que vienen de ciertos grupos poco claros, pero con un peso determinante en los medios de comunicación y en las esferas internacionales.  Vemos como en nuestro “mundo de democracia” las instituciones internacionales, no elegidas por nadie, sino fruto de acuerdos entre estados y grupos deciden sobre multitud de temas que los parlamentos democráticos acatan automáticamente. Vemos como en nuestro “mundo de tolerancia” se establecen leyes con delitos de opinión, con enunciados jurídicos tan serios como “delito de odio” donde unos jueces pueden definir como odio el definir el matrimonio como “unión de hombre y mujer” mientras que otros establecen como “libertad de expresión” el asaltar semidesnuda una capilla católica durante una misa, gritando “arderéis como en el 36”.

A pesar de la Constitución y de los Tratados internacionales firmados por España, en nuestra sociedad, “los hijos no son de los padres”, porque el Estado pretende tener derecho a decidir qué moral y qué valores se les enseña a los niños.  Al mismo tiempo, hay casos en los juzgados que obligan a padres a pasar dinero a hijos mayores de edad.  Todavía no hemos llegado a Alemania, donde encarcelan a padres que se niegan a que a sus hijos les adoctrinen sexualmente en la escuela, pero todo llegará.

En definitiva, vivimos en una sociedad donde la libertad y los derechos humanos son jaleados como pocas veces en la historia, pero con una legislación, unas instituciones, unos medios de comunicación y unos grupos de presión que te indican muy claramente qué valores debes obedecer, y si no atenerte a las consecuencias. 

Es sangrante que además de pisotear nuestras libertades, los poderes públicos y/o sociales enciman lo hagan “en nombre de la libertad”.

Mariano Martínez-Aedo

Por Redaccion

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