Sin USAID, la izquierda iberoamericana perdió el control del tablero | Carlos Polo

Derrotas de la izquierda Iberoamérica

Siete elecciones. Siete derrotas de la izquierda. Siete señales en el mismo sentido.

Desde que la administración Trump inició el desmantelamiento operativo de USAID, la izquierda iberoamericana ha perdido en Chile, Bolivia, Ecuador, Honduras, Costa Rica, Perú y Colombia. En Chile ganó José Antonio Kast; en Bolivia, Rodrigo Paz; en Ecuador, Daniel Noboa; en Honduras, Tito Asfura; en Costa Rica, Laura Fernández; en Perú, Keiko Fujimori; y en Colombia, Abelardo de la Espriella.

No es una coincidencia. Tampoco significa que USAID fuera la única explicación de todos esos resultados. Las elecciones responden a muchos factores: inseguridad, inflación, desgaste de gobiernos, corrupción, liderazgos concretos y errores de campaña. Pero cuando siete procesos electorales apuntan en la misma dirección después de que se cortara una de las principales fuentes de financiamiento internacional del progresismo, cualquier analista serio debe mirar el fenómeno con atención.

Durante años, la izquierda iberoamericana jugó con ventaja. Tenía detrás una extensa red de cooperación exterior que financió, legitimó y profesionalizó buena parte de su agenda cultural. USAID fue la pieza central de ese entramado.

Esa es la parte que muchos prefieren no discutir. La llamada “agenda social” de la izquierda no avanzó por convicción popular. Avanzó porque tuvo dinero, consultores, ONG, informes, capacitaciones, campañas, presión diplomática y técnicos incrustados en ministerios, cortes, municipalidades, universidades y organismos públicos.

Bajo palabras amables como desarrollo, inclusión, derechos, sostenibilidad o cooperación, se promovieron políticas muy concretas: aborto, ideología de género, activismo LGTBIQ, feminismo radical, ecologismo ideologizado, migración gestionada desde organismos internacionales y programas de “salud sexual y reproductiva” desconectados de las prioridades reales de los pueblos.

El mecanismo era eficaz. Primero, esas políticas eran financiadas desde fuera. Luego eran presentadas como estándares técnicos. Después ingresaban a los planes nacionales, a los currículos escolares, a los protocolos sanitarios, a las políticas laborales, a las guías judiciales y a los programas sociales. Finalmente, quedaban instaladas como gasto público permanente.

En otras palabras: lo que empezaba como agenda importada terminaba pagado por los propios contribuyentes nacionales.

Mientras tanto, las necesidades reales de la población iban por otro lado. La gente pedía mejor alimentación, empleo digno, salud básica, educación real, vivienda, seguridad ciudadana y lucha frontal contra la corrupción. Pero muchas veces recibía otra cosa.

Mientras la población demandaba hospitales, medicamentos y atención primaria, USAID y sus aliados ofrecían “salud sexual y reproductiva”. Mientras los niños necesitaban ser alimentados y aprender a leer, escribir y razonar, les ofrecían la llamada “educación sexual integral” basada en el concepto de “género” autopercibido. Mientras millones de iberoamericanos tenían que emigrar por falta de empleo y dejar atrás sus familias, se impulsaban políticas laborales centradas en la no discriminación LGTBIQ. Mientras los barrios pedían seguridad, se les hablaba de “enfoques interseccionales”. Mientras las familias pedían estabilidad, se les ofrecía “deconstrucción”.

Ese divorcio entre la agenda financiada y la necesidad vivida explica parte del cansancio ciudadano. La izquierda no perdió únicamente porque gobernó mal. Perdió porque dejó de escuchar a la población. Creyó que el pueblo debía adaptarse a sus categorías ideológicas, cuando en realidad la política existe para responder a la vida concreta de las personas.

Por eso, las siete derrotas no son un accidente. Son el síntoma de una ruptura más profunda. Sin el mismo flujo de recursos, sin la misma red internacional operando con comodidad y sin la misma capacidad de imponer marcos culturales desde organismos de cooperación, muchas causas progresistas han perdido arrastre e influencia en las urnas.

Tenían financiamiento, pero no siempre tenían arraigo. Tenían lenguaje técnico, pero no siempre tenían pueblo. Tenían aliados internacionales, pero no siempre tenían legitimidad social.

Ahí aparece la gran oportunidad conservadora.

Pero no basta con celebrar que la izquierda retroceda. La derecha ya ha ganado elecciones antes y también ha decepcionado. El conservadurismo no puede limitarse a ser una reacción emocional contra el progresismo. Tiene que convertirse en una propuesta seria de reconstrucción nacional.

El primer eje debe ser el Estado de derecho. Sin ley, no hay libertad. Sin jueces independientes, no hay justicia. Sin seguridad jurídica, no hay inversión. Sin instituciones firmes, la política se convierte en botín. Los gobiernos conservadores deben demostrar que el orden no es abuso, sino condición básica para que una familia pueda vivir, trabajar, educar y proyectarse.

El segundo eje debe ser la economía de mercado. Iberoamérica no necesita más Estados gigantescos que prometen derechos infinitos mientras producen pobreza real. Necesita inversión, propiedad privada, empleo formal, reducción de trabas, estabilidad monetaria y respeto al emprendedor. Pero el mercado debe estar vinculado a movilidad social concreta. La libertad económica solo será políticamente sostenible si mejora la vida de la gente común.

El tercer eje debe ser la lucha frontal contra la corrupción. Y aquí no puede haber medias tintas. La corrupción destruye carreteras, hospitales y escuelas, pero también destruye algo más profundo: la confianza. Cuando un ciudadano cree que todos roban, deja de creer en la ley. Cuando deja de creer en la ley, busca caudillos. Y cuando busca caudillos, la república empieza a enfermarse.

El cuarto eje debe ser la defensa de la familia y de la vida. No como adorno discursivo, sino como centro de una política verdaderamente humana. La familia es la primera red de protección social. La vida humana es el primer derecho. Una nación que desprecia la vida, debilita la maternidad, relativiza la educación de los hijos y reduce la sexualidad a consumo no puede construir desarrollo sostenible.

Las siete elecciones perdidas por la izquierda desde el cierre operativo de USAID muestran que el tablero cambió. La infraestructura internacional que durante años sostuvo buena parte de la agenda progresista ya no opera con la misma fuerza. Y cuando se reduce el financiamiento externo, aparece con mayor claridad lo que muchos ciudadanos venían diciendo en silencio: nuestras prioridades son otras.

Los pueblos no quieren ideología antes que pan. No quieren género antes que escuela. No quieren activismo antes que seguridad. No quieren cooperación internacional usada como caballo de Troya para imponer políticas que jamás fueron votadas.

Sin USAID, la izquierda iberoamericana perdió el control del tablero. La historia abrió una ventana. La pregunta es si el conservadurismo iberoamericano tendrá la madurez para cruzarla.

Carlos Polo | Director de la Oficina para Iberoamérica de Population Research Institute


Tags: Elecciones, Izquierda, USAID, Iberoamérica, Conservadurismo, Política, Financiamiento

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