⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos
Eventualmente a los españoles les pertenece defender su patria como a sus enemigos —interiores o exteriores— atacarla. Eso como mínimo.
Tiempo es de actuar, oh Jehová. (Salmos)
Nos ha correspondido vivir en una época en la que el liberalismo corruptor, con su relativismo y su falaz visión de la convivencia, ejercen un influjo tan fuerte como turbio en la formación del ser humano, en la enseñanza oficial y en la vida de las sociedades. Una época de proyectos sinuosos y de fines siniestros, de ideales utilitarios y de cultivadores de hedonismos.
Si en todas las épocas la insidia y la locura han hecho autoridad, en esta nuestra, por razones obvias, esa autoridad no podía estar ausente. La alianza dominante del Gran Capital con el resentimiento rojo, está siendo demoledora para la humanidad. En lo que respecta a España, durante la Farsa del 78 no han dejado de cometerse injusticias con la espada de una justicia arbitraria y con las abominaciones de unos dirigentes liberales, libertarios y pervertidos.
El desarrollo de este período histórico constituye en la práctica un premeditado golpe de Estado cometido paulatinamente. Sus autores, no contentos con ahogar la reforma popular del franquismo, la han desnaturalizado y comprometido, calumniándola en todos sus aspectos, en tanto ellos se han enriquecido, arruinando y depredando de paso a la nación.
Con ellos al timón, la nave ha quedado a merced de toda catástrofe. El honor que residía en la cabeza y en el pecho ha desaparecido o bajado a los pies. Ojalá no fuera así y la ciudadanía tuviera la confianza de que al menos una parte relevante de las oligarquías patrias se halla indignada y previsora, al acecho de una coyuntura favorable. Pero, por el contrario, si en algún momento aparece una fundada esperanza para alcanzar la imperativa regeneración, pronto acaba diluyéndose.
El posfranquismo, esto es, la impostada democracia, ha sido un fiasco absoluto. Fraudes, rigores, tragedias y crímenes han jalonado su corrupto trayecto. A lo largo de estas décadas se ha echado mano de toda deslealtad y de toda vileza imaginables para lograr este designio miserable y sangriento que ha convertido a España en una ciénaga.
Durante la Farsa del 78, la democracia no ha hecho más que descender por el camino de la demagogia y de la destrucción de la mano de sus Gobiernos y de sus jefes de Estado. España ha servido de escaparate para el indecoroso desfile de unos políticos vomitivos y de unos monarcas inanes o complacientes con la abominación y la traición. Todos ellos, desleales a sus juramentos, han maniobrado por la escena exhibiendo su desnudez moral.
Si a esta representación añadimos la esterilidad productiva y la oligarquía codiciosa; la jerarquía eclesiástica heterodoxa, la diplomacia sectaria y los guerreros sin ejército disuasorio; si la sumamos unos intelectuales y educadores fosilizados, y un pueblo dividido. sin aliento ni misión, y todos ellos carentes —en conjunto— de orgullo, honra o dignidad, nos encontramos con una España inmersa en un deterioro institucional y en un desprestigio internacional alarmante.
La experiencia histórica nos dice que nuestros frentepopulistas y demás antiespañoles temen al hombre fuerte y patriota, su enemigo nacional y natural. En general, los hombres eminentes, aunque con personalidades distintas, nacen en ocasión de llevar a cabo los grandes trabajos de la sociedad. De aparecer un líder enérgico, además de inteligente y de buena fe, los traidores se retirarían —aplazando para mejor ocasión sus proyectos exterminadores— entre el desdén de la España trabajadora, que no debiera perdonar sus permanentes crímenes nunca más.
Pero aún no existe una nación suficientemente conmovida —sólo una minoría— por los interminables acontecimientos destructores y luctuosos, ni acaban de emerger los líderes influyentes que se opongan y resistan no al modo de sectarios o de aventureros, sino solemnemente en nombre de los derechos y de los intereses de la patria. Por el contrario, sólo vemos indiferencias, codicias y deslealtades; una mentalidad débil y apática, sexualizada y hedonista, relativista y tanática.
Es decir, todo indica que hemos perdido el bien y sólo nos queda el mal. Un mal omnipresente que compra a los destinados a administrar la ideología globalista, unciéndolos a los carros dorados o los chantajea mediante el secreto de inconfesables crímenes y perversiones. Y a los vendidos o chantajeados ni les importa la patria ni son capaces de vislumbrar su sentido último; sólo entienden de lingotes de oro y de depravaciones.
Resulta incomprensible que una gran nación, con siglos de historia sólida y genuina, se precipite al desastre por culpa de un Gobierno desequilibrado y traidor —y, además, efímero, por definición— que la humilla y la expone en la lonja internacional, donde todo se pesa, se mide y se compravende. Más inexplicable aún es que ninguna de las supuestas víctimas, con poder para hacerlo, tenga el valor o la honradez necesarios para activar los resortes legales o legítimos que podrían frenar esa catástrofe.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador
Tags: España, Crisis, Política, Democracia, Oposición, Liderazgo, Instituciones




