El superficial debate (como casi todos los de este país actualmente) sobre el origen del Covid19 nos ha tenido muy entretenidos los últimos meses, poniendo etiquetas como si de pines se tratara, a los “conspiranoicos”, “irresponsables”, “negacionistas” y a veces “obsesos” del virus, para ir oscilando, como si de un péndulo se tratara, entre quienes ignoran por completo el virus y quienes viven completamente atemorizados por su culpa, para no pararnos nunca en la que, a mi entender, debería haber sido la primera pregunta en los noticieros ¿Qué finalidad tenía ese laboratorio de Wuham? Y es que a pesar del buenismo de muchos ciudadanos, no puedo dejar de ver considerables similitudes entre esta catástrofe y aquella que se vivió en el norte de Ucrania a finales de los ochenta.


Cuando el 30 de diciembre de 2019, el oftalmólogo chino, Li Wenliang, comezó a informar en un grupo de WhatsApp a sus colegas sanitarios, del repentino ingreso de varios ciudadanos de Wuham con unas patologías idénticas y de rapidísima transmisión, no se imaginaba que tan solo cuatro días después aparecería la policía a su casa, para llamarle la atención por “alterar gravemente el orden social” y forzarle a firmar una declaración donde se retractara de sus afirmaciones, permitiendo así que el Gobierno emitiera un laxo comunicado sobre un virus de escasa importancia.

No muy diferente fue la respuesta del Gobierno soviético, cuando el 26 de abril de 1986, la central nuclear de Chernóbil estalló en mitad de unas pruebas del reactor, y la ciudad de Prípiat se sumió en un caos de secretismo, medias verdades y comunicados “oficiales” donde lo único verídico era la fecha. En este caso, fue el químico Valeri Legásov, el responsable de investigar el accidente nuclear y contar al mundo lo sucedido, quien en circunstancias muy similares a las vividas por Li Wenliang el pasado año, fue amenazado, so pena de no revertir el error cometido en el resto de centrales nucleares de la URSS, para emitir un comunicado tan “light” como haría el Gobierno chino con el inicio del Covid más de 30 años después.

¿Las coincidencias terminan ahí? Evidentemente, no.

En el momento en el que el “inofensivo” virus atravesó las fronteras para infectar a tailandeses y japoneses, la cosa se puso igual de tensa que cuando al poco de estallar Chernóbil, Suecia, Finlandia y Alemania, dieron la voz de alarma, al detectar partículas radiactivas en sus territorios que no correspondían con las de sus centrales nucleares. ¿Y ahora qué? ¿Cómo negar lo evidente? Pues como siempre ha hecho el comunismo: campaña, campaña y más campañas, ya sean difamatorias, disuasorias o puro circo, lo importante es que la mentira se convierta en verdad a fuerza de repetición, y que los culpables de crímenes atroces sean vistos como los héroes del Universo. Siempre ha sido así y siempre lo será. Si en Prípiat consiguieron crear un “sarcófago” para cubrir la central nuclear en tiempo – y número de víctimas – récord, en Wuham hicieron lo propio con un hospital. Si antes funcionó ¿Por qué no iba a hacerlo ahora? Y en vez de decir la verdad y salvar millones de vidas, montamos un numerito y quedamos como reyes. Dicho y hecho. Aplausos y medallas. Muertes y desolación.

¿Saben como terminaron los verdaderos héroes que intentaron dar a conocer toda la verdad? Li murió infectado de Covid19 el 7 de febrero del pasado año y Legásov terminó suicidándose dos años después, al ver como el número de victimas aumentaba frente a la absoluta pasividad de la URSS. Los “liquidadores” de entonces y los “sanitarios” de ahora serían los siguientes héroes en caer, ahora y siempre, fruto de la mentira, el orgullo y la ceguera internacional.

Los Estados todopoderosos creyeron estar por encima de las leyes naturales para comenzar su propia creación, pero esta vez no lo hicieron para servicio del hombre, sino para mayor gloria del Comunismo. ¿Sabremos algún día el por qué de tantos experimentos con armas nucleares y bacterológicas de destrucción masiva? ¿O seguiremos eternamente con la absurda discusión sobre qué fue primero, el hombre o el murciélago? Me gustaría creer que lo primero.

Alejandra Soto | Abogado

Por Redaccion

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