Declinación de la belleza, muerte del alma | Amadeo A. Valladares Álvarez

Cuando intentamos definir un término, la fuente principal debe ser la Real Academia Española, aunque, desgraciadamente, no hay institución o ciencia humana que no se haya dejado influir de la moda, tampoco esta magnífica institución, y, a través de la observación de las distintas ediciones de nuestro diccionario, se puede apreciar la degradación o evolución de la sociedad. La ideología hizo presa también en la noble institución.

Una de esas palabras manipuladas por el progresismo intelectual, es el término belleza.

Belleza (decían): propiedad de las cosas que nos hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza, y en las obras literarias y artísticas; y, para mayor escarnio, esta definición concluía que la belleza absoluta sólo reside en Dios, un desliz imperdonable.

También señalaba: mujer notable por su hermosura; pero creo que esto es machismo.

Y definía la belleza artística como la que se produce de un modo cabal y conforme a los principios estéticos, por imitación de la naturaleza o por intuición del espíritu; pero todo esto de los principios y la cabalidad, debe sonar hoy tremendamente autoritario, tremendamente fascista; mas, la mala noticia, es que el arte no es democrático. Sobre el espíritu, ya no digo nada.

Explicaba también antes nuestra Academia, qué era (era, claro, cuando la cabalidad y los principios sometían al pobre ser humano, por fin tan libre ahora) la belleza ideal: prototipo, modelo o ejemplar de belleza, que sirve de norma al artista en sus creaciones; todo un atrevimiento inmovilista de nuestros antiguos académicos. Despreciable.

Decía aquella anticuada definición, que, en sentido figurado, decir bellezas era decir una cosa con gracia y primor. No sé si aún se entienden estos términos.

En la edición actual, se puede leer: cualidad de bello. Persona o cosa notable por su hermosura. Bello: que por la perfección de sus formas complace a la vista o al oído (claro, sin especificar la existencia de la cabalidad o de principios) y, por extensión, al espíritu. Bueno, al menos admite que existe una perfección en las formas, y menciona al espíritu, aunque sea por extensión.

Dice también nuestro vanguardista diccionario, que es sinónimo de bueno y excelente. Bien, eso está bien.

En este empeño por la aniquilación de la tradición, la moral y el sentido común, es importante limitar el lenguaje de las personas, pues pensamos en nuestro idioma, y manipular el significado de las palabras, acomodándolas a las exigencias de la moda y a las necesidades de las novedosas doctrinas políticas. Manipular el lenguaje es manipular el pensamiento.

Para el arte y la cultura hoy, la belleza clásica y las normas que heredamos de nuestros mayores, son una imposición de la tradición de la que debemos liberarnos, porque, en este mundo igualitarista (que es lo mismo que decir injusto y torpe) todo es arte y todo es cultura.

Además, el arte es la manifestación de la personalidad, sensibilidad y espíritu de un pueblo. Ver las expresiones artísticas (de aquellos que alcanzaron el nivel paleolítico) de las culturas prehispánicas en América, como la mexica, resulta aterrador, pero para el entendimiento moderno, lo mismo da aquellas expresiones elementales y terroríficas, que las obras del Renacimiento Español; la Pachamama y su significado (tan profundo y metafísico) de madre tierra, y el Cristo de Velázquez; el soneto anónimo (mejor así, pues pertenece a lo más profundo del alma española, es pura hidalguía) A Cristo crucificado, que la poesía de Nezahualcóyotl.

Como decían nuestros clásicos, el arte es un cierto hábito de hacer las cosas razón, porque con el arte se supera el vacío de la naturaleza, el arte es regla de razón; es decir, el arte, la belleza, es camino de trascendencia. Aquí cabe señalar, por tanto, la profunda relación entre el arte, la sabiduría, la belleza y la prudencia. Para crear una verdadera civilización no es suficiente la ciencia, se requiere del arte, de la literatura; en definitiva, de la belleza.

Alguien dijo (algún carca, seguro) que el arte es el divino cincel que da forma a la belleza, pero, destruida la sensibilidad por lo bello, el cincel se transforma en artificio destructor. Ahora, la belleza se separó del arte. Un verdadero disparate.

Y es importante destruir la sensibilidad por lo bello, porque bellas son las virtudes tradicionales, las virtudes de la hidalguía (cortesía, recato, benevolencia, honor, valor, justicia…), pues la belleza tiene una relación inquebrantable con el alma, que se nutre de ella, y nos hace trascender de lo material. Pero las virtudes solamente lo son en acción, no son teoría inane, y esto es un manifiesto peligro para el déspota, para toda la propaganda izquierdista y progresista. La virtud es la más perfecta belleza.

El progresismo izquierdista es revolución, la destrucción de toda herencia, de toda tradición, de toda norma, a la que considera (o quiere que consideremos) opresiva. Por eso, nuestro deber está en la contrarrevolución, en religarnos con nuestra grandiosa tradición, que forma a la persona para el combate por la verdad, la justicia y la belleza.

Debemos volver a tomar las aulas para el bien, la verdad y la belleza, destruidas casi hasta sus cimientos intelectuales, aunque quedan núcleos magníficos de resistencia; arrebatárselas a la progresía destructiva, y volver a reconquistar a una sociedad adormecida con el opio devastador de la hipertrofia hedonista y egoísta de los derechos. Derechos sin sabiduría y sin deberes, sin responsabilidad.

Debemos liberarlas de la influencia de personajes tan desquiciados y destructores como idolatrados; así, Foucault, tan trabucado, que confundía hasta los agujeros anatómicos; bueno, seguramente la anatomía no era su fuerte, o la puntería.

Y no solamente tomaron las aulas escolares y universitarias, sino las instituciones, incluida la que debería ser el último refugio del bien, la verdad y la belleza, la Iglesia, completamente sometida, completamente acobardada.

Ya no enseñan sabiduría en la universidad, ya no enseñan a pensar, a desarrollar criterio, ahora, sustancialmente adoctrinan, destruyen la tradición con falacias y odio; la misión ya no es construir, sino destruir toda la herencia de nuestros antepasados, nos despojan de todo lo que nos hace verdaderamente personas, lo que nos hace fuertes.

Y en ese mundo trastornado por la ignorancia y el egoísmo, por el igualitarismo aberrante, es necesario causar la sensación del derecho a la fealdad y al absurdo.

   ¡¡SI SE DEBE, ME ATREVO!!

         ¡¡SUUUS!!

Amadeo A. Valladares Álvarez | escritor.  Presidente fundador del movimiento Nuevos Tercios


Tags: Belleza, Lenguaje, Tradición, Arte, Cultura, Diccionario, Ideología

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