Satanás -el imperio de los Nuevos Demiurgos- y la sumisión de las masas | Jesús Aguilar Marina

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El dominio de los nuevos demiurgos configura un orden inédito dirigido por líderes arrogantes en su impunidad, asumido por multitudes paralizadas en su rutina o extraviadas en un fanatismo ruin, y caracterizado por una pérdida evidente de libertad. 

Y, en este sentido, España es un lugar de extrañas tinieblas, a la que deberíamos llamar más propiamente Caos. Enviado aquí Satanás (entiéndase la alegoría), con todos los suyos, la patria que conocimos como España ha llegado en la actualidad a un estado miserable. Algo lógico considerando que el príncipe infernal ha desembarcado en ella a todas sus legiones.

Hasta hace apenas unas décadas, los intereses de los hombres estaban sometidos a un control tácitamente compartido —aunque no exento de reservas y conflictos— entre la Iglesia y el Estado. Hoy, sin embargo, la Iglesia ha abdicado de ese papel, cediendo su influencia a los poderes globalistas que dictan las nuevas directrices del espíritu colectivo.

La enajenación de las masas ha sido siempre un recurso legítimo y deseable para los dominantes. Todo es apropiado y defendible cuando se trata de preservar las manifestaciones de los grandes organismos de poder. En el caso de los gobiernos, la alienación se administra basándose en su utilidad, cuidando siempre de no dar demasiado aliento a ese delirio común. Se trata de distraer y trastornar a la plebe para llevarla a un estado manipulable, próximo a la bestialidad dócil.

La historia nos dice que los ritos y protocolos religiosos y políticos son aceptados por las masas con fruición, pues les ofrecen la oportunidad de hundirse y embriagarse en su desvarío, abstrayéndose de sus rutinas y amarguras cotidianas. De ahí que dichos ceremoniales sean confeccionados con complacencia por los manipuladores, manejando a su antojo el subconsciente de aquellos que ni ejercitan su razón ni gobiernan su voluntad.

Cuando el poderoso explota la inclinación humana a satisfacer sus instintos, puede hacerlo, según qué circunstancias, hasta los límites de lo frenético y de lo demoníaco. A la humanidad confusa, malvada y doliente, que se siente aislada en su yo y abrumada con las responsabilidades y negocios inherentes a su vida social, el Poder —astuto y maquinador— le ofrece alivios y espejismos.

Una muchedumbre —nada que ver con la ciudadanía cívica— es el equivalente social de la carcoma. Sus larvas malignas y dogmáticas, guiadas por amos visibles o invisibles, roen la convivencia, despersonalizan a los individuos y los incitan a conducirse con indiferencia suicida, ignorancia culpable o violencia salvaje. El Poder dirige tal confusión o frenesí, proyectándolo contra los enemigos que él mismo ha designado: adversarios políticos, intelectuales, culturales, económicos o religiosos.

Para todo Poder —máxime si opera a escala global— la intoxicación de las masas es un medio eficaz para potenciar su faceta sugestionable, adecuándolas a los mandatos de la autoridad. El pensamiento libre es el mejor antídoto contra la masa; por eso los nuevos demiurgos y sus sicarios rechazan airadamente las razones de los conspiranoicos y, en general, de todo espíritu lúcido y rebelde capaz de denunciar los abusos y aberraciones de la época.

Tanto la demagogia como la rigidez del predicador o del ritualista desintegran el yo de sus oyentes, agremiándolos y alucinándolos con reiteradas consignas doctrinarias; y con insistentes dosis de falacias culturales que arraigan con facilidad en un populacho previamente excitado por pasiones hedonistas y políticas.

Mensajes o mandatos que no son, en definitiva, sino incitaciones a la confrontación y al odio y, por otra parte, a la obediencia ciega hacia los dominantes. De modo que, desintegrados los individuos hasta convertirlos en rebaño e impulsados a un proceso degradante con habituales dosis de veneno colectivo, la retórica de los nuevos demiurgos —maquiavélicos explotadores de las debilidades humanas— logra al fin su objetivo.

La conversión sociopolítica y cultural concluye en la creación de una personalidad nueva, más nociva que la anterior: una personalidad entregada a unos objetivos de megalomanía elitista y de codicia, diseñada por maníacos impunes que confían en igualarse al Altísimo y que desprecian a sus semejantes, y cuya primera finalidad es la eliminación de sus oponentes.

En el relato que Satanás y su hueste de ángeles negros dirige a las masas, los alienta con la esperanza de recobrar un cielo ya previsto —«seréis felices y no tendréis nada»—, anunciándoles la creación de un nuevo mundo e incluso de una nueva naturaleza, conforme a una antigua profecía. Y es en este vaticinio en el que España parece haberse convertido en el Pandemonio, ese palacio infernal surgido del abismo, y en el que tienen su consejo los próceres diabólicos.

En conclusión, los amos del mundo han decidido que el pecado que hay que eliminar es la veracidad. Y con ella, la vida, o al menos el libre albedrío. Pues, según sus cálculos, mala cosa es para el alma la verdad. Lo verídico jamás puede volverse mayoría: contradice sus afanes de dominio.

El corolario es que el mundo actual parece regido por un gusano ciego y ávido que sólo conoce tres pasiones: envidia, codicia y odio. Pero, ¿quién teme al enemigo cuando te empuja la razón? Por lo tanto, convencidos los más lúcidos de la depravación de un mundo decaído y de la necesidad de restituir el tejido moral de la sociedad, todo espíritu libre está obligado a luchar hasta que llegue el día luminoso en que pueda decir: la muerte ha sido absorbida por la victoria, por la vida.

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: Globalismo, Agenda globalista, Manipulación mediática, Ingeniería social, Libre albedrío, Crisis de valores, España actual

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