La España actual se asienta sobre un polvorín institucional donde la mecha ha sido prendida desde el mismo Palacio de la Moncloa, con la complicidad silenciosa —y para muchos, entreguista— del Palacio de la Zarzuela. Pedro Sánchez, acorralado por la corrupción que asedia su entorno familiar y gubernamental, prepara su última huida hacia adelante. No se trata solo de un cambio de gobierno, sino de un cambio de régimen. El objetivo final es la demolición de la Monarquía parlamentaria para dar paso a una República Plurinacional – la III República– donde Sánchez, emulando a los dictadores populistas, pueda perpetuarse como el primer presidente de un Estado fragmentado.
Felipe VI: ¿El testaferro de la agenda globalista?
Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es obligatorio mirar hacia la jefatura del Estado. Una parte considerable de la sociedad española, históricamente leal a la Corona, asiste hoy con estupor y creciente desafección a lo que consideran una rendición en toda regla. Felipe VI, en lugar de ejercer como el último muro de contención frente a los desmanes del sanchismo, parece haberse convertido en el testaferro de sus políticas más radicales.
La firma de leyes que atentan contra la vida, como la ampliación del aborto, o el seguidismo ciego a los dictados de la Agenda 2030, han dejado huérfanos a millones de españoles que esperaban del Rey una defensa firme de los valores tradicionales y la soberanía nacional. Además, al abrazar la retórica de la «leyenda negra» y permitir el ninguneo constante de la historia de España en foros internacionales, la Corona ha roto el pacto afectivo con su base natural. La pregunta que recorre los sectores soberanistas no es si prefieren una república o una monarquía, sino por qué habrían de jugarse nada por una institución que les ha traicionado para sobrevivir un día más en el trono.
Sánchez y el uso de la Corona como escudo de usar y tirar
Mientras el Rey ha hecho dejación de sus responsabilidades y traicionado los valores y la historia de España, Pedro Sánchez lo utiliza como un simple instrumento de conveniencia. El presidente del Gobierno no tiene lealtad a España, y mucho menos a la Monarquía; su único compromiso es con su propia permanencia en el poder. Para Sánchez, la Monarquía es un estorbo, un obstáculo que se interpuso en la II República, pero que eliminará sin pestañear en cuanto el cálculo electoral lo exija, para encaminarse a la III República.
El plan de Moncloa para 2027 es claro: ante el desgaste absoluto por los escándalos de corrupción (desde el caso Koldo hasta las investigaciones que cercan a su «núcleo decisor»y su menor, el expresidente Zapatero), Sánchez necesita una bandera emocional que movilice a la izquierda más radical y a los separatistas. Esa bandera es el referéndum sobre la forma de Estado. Proponer la eliminación de la Corona es el penúltimo paso de su hoja de ruta. El último será la proclamación de la III República, un sistema diseñado a su medida donde las instituciones de control hayan sido previamente colonizadas —como ya ocurre con el Tribunal Constitucional de Conde-Pumpido— para que nadie pueda toser al nuevo «Presidente de la República Plurinacional».
El asalto constitucional y las «consultas chicle»
Acometer este cambio por la vía legal exige mayorías de dos tercios y una disolución de las Cortes que Sánchez no puede controlar. Sin embargo, el sanchismo ha demostrado ser experto en el «fraude de ley» institucional. La estrategia no pasa por la reforma agravada del Título II de la Constitución, sino por la convocatoria de consultas no vinculantes y el uso de un Tribunal Constitucional afín que valide interpretaciones creativas de la Carta Magna.
Si Conde-Pumpido pudo encajar la amnistía en la Constitución mediante una gimnasia jurídica sin precedentes, ¿qué le impide validar una consulta sobre la Monarquía bajo el paraguas del «derecho a decidir» o la «profundización democrática»? Moncloa ya trabaja en este relato, financiando encuestas en universidades públicas que arrojan resultados cocinados a medida del Gobierno, sugiriendo que la mayoría de los españoles ya no se sienten representados por Felipe VI. Es la creación artificial de un sentimiento de urgencia para justificar el golpe institucional.
La desafección de la derecha: El peligro del vacío
El mayor éxito de Sánchez no ha sido convencer a los suyos, sino neutralizar a sus oponentes. Al forzar a Felipe VI a sancionar leyes que repugnan a la conciencia de media España, Sánchez ha logrado que la derecha se fracture. La España tradicional se siente traicionado por un Rey que no veta, que no solo no habla sino que está cómodo en la foto de la Agenda 2030 junto a quienes quieren trocear España.
Esta desafección es el vacío que Sánchez necesita. En el momento en que se produzca el asalto final a la Corona, el Gobierno cuenta con que una parte importante de la población, cansada de ser ignorada por su Rey, se quede en casa. La estrategia es diabólica: convertir a la Monarquía en algo tan irrelevante y alejado del sentir popular que su caída no provoque ni una protesta en las calles.
2027-2031: El calendario de la demolición
Las fechas no son casuales. La próxima legislatura está marcada por hitos simbólicos que el sanchismo utilizará para caldear el ambiente: el 50 aniversario de la Constitución en 2028 y el centenario de la II República en 2031. Son las ventanas de oportunidad perfectas para imponer un relato revisionista que pinte a la Monarquía como una institución caduca y heredera del franquismo, ignorando deliberadamente su papel en la Transición.
Sánchez ya habla de España como una «unión de países», un lenguaje plurinacional que es música para los oídos de sus socios de Junts, Bildu y ERC. La República que proyecta Sánchez no es la de ciudadanos libres e iguales, sino una confederación de territorios asimétricos donde él actúe como árbitro supremo. En este escenario, el Rey no es más que una pieza de ajedrez sacrificable en la apertura de una partida que solo busca la gloria personal de un hombre.
Si Felipe VI sigue permitiendo que su firma sirva para desmantelar España pieza a pieza, llegará el día en que descubra que, cuando Sánchez vaya a por él, ya no quedará nadie fuera de los muros de palacio para defenderle. El jaque al Rey no es una amenaza futura; es una realidad que se ejecuta cada mañana en el Boletín Oficial del Estado.
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