El “Aura” de Joan | Javier Toledano

Joan Vila celador de Olot

Hay quien piensa que Olot es una localidad que sólo sirve para solucionar crucigramas. Cinco horizontal, cuatro letras y una “o” en la tercera casilla: “Municipio gerundense”. Nada de eso, Olot ha dado mucho más de sí. El club de fútbol de la localidad, el centenario UE Olot, que en la actualidad milita en el grupo III de Segunda B, se define por boca de su presidente y de su capítulo estatutario como una entidad “nacionalista”. Se ignora si esa misma condición se exige a los jugadores de la plantilla, al utillero y a los aficionados que acuden a animar al equipo.

Otra curiosidad olotense es la de su plaza de toros construida en piedra volcánica en homenaje a la eruptiva geología del territorio. Data del año 1859 y es el segundo coso taurino más antiguo de España. Pero sin astados, pues es sabido que en Cataluña fue prohibida años ha la otrora llamada Fiesta Nacional. También Olot tuvo gran nombradía a principio de los 90 del pasado siglo por el secuestro de Mariángeles Feliú, la “farmacéutica de Olot”. Es, hasta la fecha, más de 400 días de cautiverio, el secuestro sin motivación terrorista más largo de nuestra historia criminal reciente.

Pero ha sido Joan Vila, celador del geriátrico “La Caritat”, quien ha resituado la capital de La Garrocha en el mapa de la crónica negra y, en cierto modo, arcoirisada. Un hombre atormentado, falto de afecto, dicen, aficionado al esoterismo, al “calimocho” y a las pildorillas de colorines. Lo que tiempo atrás, cuando el lenguaje no era tan comprensivo con las flaquezas humanas, habría encajado en la tipología “chifletas” y ameritado expresiones como estar como “un cencerro” o “una puta cabra”. Indulgencia con los pobres de espíritu… siempre que no le metan a uno un jeringazo de lejía o de ácido desincrustante en la boca. Que es exactamente lo que hizo el andoba ése con un total de once ancianos, ocho mujeres y tres hombres.

Sucede que Joan Vila confesó durante el juicio que era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Esa autopercepción se reforzó en presidio y manifestó su voluntad de “transicionar” (extracción quirúrgica del apéndice maldito). Para ello ha contado con el acompañamiento de un equipo de psicólogos y de voluntarias de una asociación feminista. Pasará a llamarse Aura y ha solicitado el traslado al módulo femenino de la prisión de Figueras. Mudanza concedida por las autoridades penitenciarias.

De modo que, conforme a la delirante ley que rige sobre esta espinosa materia, cuando Joan dio matarile a esos once abueletes, lo hizo como mujer, pues como tal sentía el asesino múltiple. Es decir, en realidad los crímenes fueron obra de Aura… que andaba ya por sus adentros agazapada, aunque sin “visibilidad”, como se dice ahora. Y que, a la hora de matar, eligió a sus congéneres, ocho de once, del tirón. Podríamos hablar, pues, de un “feminicidio” continuado por mano “sororal”.

¿Que por qué repajolera razón se descubrió al asesino tras perpetrar el onceno crimen? Tan sencillo como desconcertante. Porque a la última víctima le practicaron la autopsia. ¿Quiere decirse que no se hizo con las anteriores? Puede, pero lo ignoro y no me quiero meter en un jardín. Cabe que al desfilar personas de una edad provecta, con sus dolencias y achaques, y a las que en cierto modo se da por “amortizadas”, dicha práctica no sea prioritaria, aunque el elevado índice de mortalidad en el asilo levantara sospechas, sobre todo entre los familiares de los finados. La cuestión es que el número once fue analizado por el forense y éste descubrió indicios de una muerte incompatible con un deceso natural: gravísimas abrasiones en la garganta, esófago y tráquea.

Este siniestro caso sucedió antes de desencadenarse la mortífera pandemia coronavírica, de ahí que los detractores de Ayuso perdieran la magnífica oportunidad de atribuir a Joan un “ayusismo” furibundo, toda vez que los socialistas y sus satélites achacan a la doña, miserablemente, responsabilidad directa en las muertes de ancianos acaecidas en Madrid. De hecho, la propaganda izquierdista vincula indisolublemente a Isabel Díaz Ayuso con una cifra fatídica: “7.291”. Incluso han dedicado a ese funesto episodio un documental proyectado en TVE. Al tiempo que la mayoría ignoramos por completo el número de ancianos muertos en las residencias de nuestra propia región (*). Es decir, como si en el caso capitalino hubiera mediado voluntariedad, o premeditación, una suerte de proyecto gerontocida, y para los demás rigiera un trágico y malhadado azar.

Es sabido: los hombres matan más que las mujeres. No quiere ello decir que nos pasemos todo el santo día matando. Yo no lo he hecho nunca, al menos sin haber desayunado antes, que yo recuerde. Y eso vale para todas las demarcaciones geográficas. Con una excepción, Olot, capital de La Garrocha. Allí, gracias a los formidables guarismos de Aura, las mujeres dieron un puñetazo en la mesa y llevan la delantera. Para finalizar, un consejo práctico a las reclusas del módulo femenino: vigilen que la dulce Aura Vila, envuelta en un halo (aura) de santidad transgénero, no remolonee cerca de los garrafones de lejía. A buen entendedor… 

(*) 4.598 en Cataluña, al decir de las cifras oficiales, con esa credibilidad que tiene toda estadística oficial en Cataluña y, por extensión, en el resto de España

Javier Toledano | escritor


Tags: Joan Vila, Celador de Olot, La Caritat, Crónica negra España, Aura Vila, Ley Trans prisiones, Sucesos Olot

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