La ceguera moral de nuestro tiempo, o cuando los demonios gobiernan | Jesús Aguilar Marina

Ceguera moral y decadencia política

Toda inspiración que impulsa a un hombre a obrar contra la fe, contra la razón o contra su prójimo no puede ser respetada. Esta es una reflexión muy efectiva para prevenirse contra las extravagancias de los psicópatas con los que convivimos.

No olvidemos que las fuerzas oscuras —llámense resentimiento, soberbia o simple voluntad de dominio— suelen aposentarse en las personas más capacitadas para causar un daño amplio y rápido. ¿Y cuáles más valiosas para ello que, en general, los gobernantes y demás figuras representativas? Pero no debemos caer en imágenes propias de exorcismos: la posesión de nuestro tiempo es con mayor frecuencia secular que sobrenatural.

No pocos seres humanos están dominados por sentimientos de odio a una persona, a una idea, a una clase, a una raza, a una cultura, a una nación… Y, en la actualidad, los destinos del mundo se hallan en manos de nuevos demiurgos que, en su arrogancia, se han identificado con el rencor. Vivimos bajo las botas de un Nuevo Orden manejado por amos y sicarios que proyectan en otros el mal que llevan dentro.

En teoría, pocos son los que creen en diablos o en zarandajas similares. Pero, en la práctica, muchos se han esforzado al máximo para ser poseídos, o para mantenerse fieles a sus pasiones destructivas. Y puesto que, si no creen en el diablo, menos aún creen en Dios, les resulta imposible curarse de sus perversiones.

Son mala gente, muy mala gente, y no es casual que los encontremos dirigiendo pueblos e imperios, los destinos más visibles y decisivos. Frente a ellos, las multitudes responden con indiferencia, desidia o parálisis. De modo que, mientras los romanos deliberan, se pierde Sagunto: mientras unos pocos deciden a su capricho, se pierde la libertad y el bien común.

En el mundo actúan tres grandes protagonistas —Dios, el hombre y el diablo— con sus aliados y antagonistas, representando la aventura interior y cósmica de la condición humana. Pero nadie, viendo los yerros de hoy, parece interesado en corregirlos pensando en el mañana. Y así la comedia se acortará, y todos irán dejando el teatro hechos polvo, pues como polvo entraron en él para escenificar la farsa.

Porque lo cierto es que los problemas del hombre comienzan con su nacimiento. Se pasa de la nada a la existencia y se siente a la vez el gozo y el dolor de ser, para acabar muriendo en un mundo que es teatro y culpa. Ante esta soledad intrínseca, algunos encuentran consuelo en Dios, que los redime de la muerte-pecado-sueño mediante la gracia.

Ahora bien, esta atmósfera de desengaño no es nueva. Ya otras épocas vivieron un clima semejante, cuando el optimismo se quebraba y el hombre se veía obligado a mirarse a sí mismo con una mezcla de lucidez y espanto. Por eso conviene recordar que, cuando el optimismo unificador del Renacimiento entra en crisis, el hombre del Barroco —como ocurre en nuestros días— se repliega a su interior, a escuchar su alma y a conversar con sus propios afectos y esperanzas.

Pero ya en soledad, sin poder conversar con los demás, ese proscenio íntimo queda como un primer plano sobre el gran teatro del mundo. Y allí, en ese vasto fondo espectacular, cada figura representa su papel como puede, mientras el alma meditativa las observa desde su rincón crítico y gradualmente escéptico.

En la actualidad, como ya apunté en otro trabajo, los más lúcidos nos recuerdan al hombre del Barroco. Y, como Calderón en La vida es sueño, preguntan al cielo, que les envía tantas pesadumbres, qué delito han cometido contra él; «aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido; pues el delito mayor del hombre es haber nacido».

De modo que, perplejos ante tanta decadencia, caen en la tentación de dejar que sea el cielo quien descubra los caminos futuros, no sin mostrarse desconfiados de las posibilidades de éste: «aunque no sé si podrá, cuando en tan confuso abismo es todo el cielo un presagio y es todo el mundo un prodigio».

En definitiva, vivimos en una época dominada por hipócritas, pervertidos e ignorantes. Y conviene recordar que lo que hoy no se valora, mañana se lamenta. Advertencia ésta que no afecta solo al mundo en abstracto, sino también a nuestra propia casa. Si es cierto que cuando las causas persisten los efectos se mantienen, hasta que no desaparezcan definitivamente sus demonios destructores, España no resurgirá. Algo que deberían tener en cuenta los líderes, si los hubiera conspicuos y no meramente advenedizos y oportunistas de la política, como ocurre en la actualidad. El caso, en fin, es que pocas veces, como ahora, se han podido aplicar con más sentido las palabras del Evangelio: «Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen».

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador

Tags: ceguera moral, crisis de valores, decadencia política, libertad, bien común, control social, Barroco, España política

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