Fidelidad a los principios, no a las siglas ni a las personas
Si existe un ámbito donde el movimiento soberanista ha mostrado con mayor claridad sus contradicciones internas, ese es la defensa de la vida, especialmente en lo relativo al aborto y la eutanasia. Aquí se observa con nitidez cómo muchos actores – sobre todo los partidos políticos que se dicen soberanistas- confunden adaptación táctica con renuncia estratégica, y cómo esa confusión conduce al fracaso político y moral.
La defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural no constituye un asunto sectorial ni accesorio. Se trata de un pilar civilizatorio. Es una línea roja que no se puede traspasar. Cuando un partido que se dice soberanista acepta implícitamente el marco ideológico del aborto o de la eutanasia para “no perder votos”, deja de ser soberanista y se convierte en gestor del consenso globalista. Ese error se repite en distintos países, con consecuencias previsibles.
Caso 1: renunciar al principio para “no asustar al electorado”
Un primer caso concreto aparece cuando estos partidos soberanistas deciden excluir el aborto de su programa o suavizar su posición hasta lo irreconocible. Alegan que el tema “divide”, que no resulta prioritario o que “no toca ahora”. En la práctica, aceptan la legislación vigente y prometen centrarse en otros asuntos.
El resultado nunca ha sido positivo. Estos partidos no ganan votantes centro-izquierdistas, pero sí pierden a los propios. Desmovilizan a su base más comprometida y transmiten una imagen de oportunismo. El adversario ideológico no premia la renuncia; la utiliza para exigir la siguiente. Y la sociedad civil soberanista es fiel a los principios, y no le importa tanto ni las siglas de los partidos ni los nombres. Si un partido no cumple, vota a otro. Puede dar resultado a corto plazo pero no medio-largo plazo.
Es obvio que se puede mantener una posición clara contra el aborto (el «aborto cero» -quirúrgico o químico- como compromiso en cualquier programa electoral, el ), pero modular el foco táctico. Se puede articular un discurso que parta del apoyo a la mujer, de la denuncia del aborto como fracaso social y de la exigencia de políticas de maternidad reales. Se promueve la dignidad humana en todas las etapas, incluyendo a los más vulnerables. La estrategia no cambia: la vida es inviolable. La táctica se adapta: se pone el acento en soluciones concretas y acumulativas. Pero el final es el mismo, acabar con el aborto sin renunciar a los principios.
Caso 2: aceptar el aborto y la eutanasia como “mal menor”
Otro ejemplo frecuente surge con la eutanasia. Algunos movimientos soberanistas optan por no combatirla abiertamente, con el argumento de que “ya está aprobada” o de que “la sociedad no está preparada”. Este argumento es extrapolable al aborto. Algunos casos incluso se acepta como derecho individual, con matices.
Esta decisión supone una rendición estratégica. Aceptar el aborto y la eutanasia implica asumir que la vida pierde valor cuando resulta incómoda. Esa lógica destruye cualquier discurso posterior sobre dignidad humana, familia o protección del débil.
Alternativa viable: Al igual que en el caso, manteniendo explícitamente firmes – y sin diluir- los principios, hacer una ofensiva sostenida en favor de los cuidados paliativos, acompañada de una denuncia sistemática de los abusos en países donde la eutanasia se ha normalizado. Se puede avanzar proponiendo auditorías, límites estrictos, protección legal reforzada y visibilización de casos reales. La estrategia se mantiene intacta: la vida no se elimina, se cuida.
Caso 3: pactos políticos a cambio de silencio moral
Un tercer caso concreto aparece cuando partidos soberanistas entran en gobiernos o pactos parlamentarios y aceptan cláusulas de silencio sobre aborto o eutanasia. Justifican la cesión como precio necesario para “influir desde dentro”. Son numerosas las excusas que dan.
El balance suele ser desolador. No logran revertir las leyes injustas y, lo que es peor, quedan asociados a ellas. Pierden autoridad moral y capacidad de presión social. El supuesto éxito táctico se convierte en un lastre estratégico.
Alternativa viable: pactos condicionados y públicos. No se trata de bloquear toda negociación, sino de fijar líneas rojas explícitas. Incluso cuando no se consigue revertir una ley, se puede impedir su ampliación, frenar su financiación o abrir debates institucionales. La clave consiste en no legitimar nunca el mal.
Caso 4: abandonar la batalla cultural y educativa
Muchos partidos soberanistas se concentran únicamente en el plano electoral y descuidan la batalla cultural. En materia de vida, esto resulta letal. Sin una narrativa alternativa, el adversario impone su lenguaje y sus categorías.
Alternativa viable: impulsar una estrategia cultural paralela. Formación, medios de comunicación, estudios, testimonios médicos, apoyo a asociaciones provida y presencia constante en el debate público. No se trata de propaganda, sino de construcción cultural. La táctica cambia según el ámbito; la estrategia permanece.
Caso 5: reducir la defensa de la vida a un eslogan
Otro error habitual consiste en limitar la defensa de la vida a consignas genéricas sin traducción política concreta. Esto vacía el discurso y facilita la caricatura.
Alternativa viable: propuestas graduales y medibles. Protección jurídica del concebido, ayudas directas a la maternidad, eliminación de incentivos económicos al aborto, refuerzo de la adopción, desarrollo integral de cuidados paliativos y objeción de conciencia real. Cada paso consolida la estrategia sin renunciar al principio.
Caso 6: miedo al conflicto mediático
Muchos partidos soberanistas temen el ataque mediático y prefieren evitar temas “incómodos”. En realidad, el conflicto resulta inevitable. La renuncia no lo elimina; solo debilita la posición. La renuncia es lo propio de los cobardes.
Alternativa viable: asumir el conflicto con inteligencia táctica. Alternar frentes, variar el tono según el público, introducir el tema cuando el adversario se encuentra a la defensiva y utilizar datos, casos reales y testimonios. No es improvisación, es presión acumulativa.
Caso 7: separar soberanía nacional y defensa de la vida
Algunos partido presentan la vida como un asunto moral privado, desconectado de la soberanía. Ese enfoque resulta erróneo. Sin protección de la vida, no existe nación ni futuro.
Alternativa viable: vincular defensa de la vida y soberanía demográfica, social y cultural. Un país que elimina a sus hijos y abandona a sus ancianos renuncia a su continuidad histórica. Este enfoque refuerza el discurso soberanista sin diluir la esencia.
Ganar sin principios es fracasar
La defensa de la vida constituye la prueba definitiva de coherencia del movimiento soberanista. Aquí se distingue entre táctica flexible y renuncia estratégica. Ajustar métodos no significa abandonar objetivos. Ceder principios no es pragmatismo: es capitulación.
El movimiento soberanista solo podrá marcar agenda si mantiene una estrategia firme, clara e innegociable, y despliega tácticas inteligentes, graduales y adaptadas al contexto. En aborto y eutanasia, como en cualquier otro ámbito esencial, la victoria duradera solo llega cuando se mantiene intacta la esencia.
Este enfoque no garantiza aplausos inmediatos, pero sí construye liderazgo, credibilidad y futuro. Y eso, en política, constituye la única victoria real.




