En transgredir el orden natural de las cosas, es decir, en lo perverso, es en lo que están empeñados los potentados internacionales. Los hombres con voluntad de poder se mueven, ante todo, por el deseo de actuar sobre el universo, de originar los acontecimientos, y por imponer la sinrazón de su paranoia. Riqueza, honores y distinciones, no son otra cosa a sus ojos que instrumentos para su acción.
Como personajes dominantes, tortuosos y tenaces que son, débiles ante el prestigio hereditario y ante la lisonja de sus mandarines, y animados por antiguas y extremas ambiciones, se hallan siempre lanzados a gigantescas empresas y a veces fracasados en sus objetivos finales por falta de una justa apreciación de la realidad.
Estos grandes señores megalómanos con temperamento de aventureros, comportamiento de advenedizos y aspiraciones de demiurgos o, como mínimo, de fundadores de dinastía, han decidido que la soberanía supranacional de las elites intelectuales y financieras suplanten a los Estados tradicionales, antaño soberanos.
Y es esta corporación de plutócratas oligofrénicos y banqueros depredadores, con sus correspondientes lóbis a la sopa boba y sus tribus urbanas de la información y la política, más un revoloteo añadido de fulanas vestidas por modistos de postín la que nutre la mafia globalista. Resultando asombroso comprobar cómo se las arreglan para atribuir un carácter virtuoso a todo lo humanamente nocivo, pero que a ellos les resulta productivo.
Reconozcamos, no obstante, que esta mafia financiera y jurisdiccional, con toda su carga pragmática y desnaturalizadora, no es menos imaginativa que los conquistadores, aunque les impulse un espíritu distinto. Y denota conocerlos mal quien cree que se mueven sólo por el cebo del lucro. Sus cálculos encubren, sobre todo, abstractos sueños de poder relacionados con un arrogante sentido de divinidad.
Por lo demás, en general, las oligarquías financieras y las patronales se sirven de forma rotunda y entusiasta de una camada de sicarios, todos ellos haraposos morales, que cometen sus fraudes, jugosamente rentables, desde los gabinetes liberales y socialcomunistas. De modo que, gracias a la obra de los amos y de sus mandarines, la corrupción está generalizada en el mundo político, y en el mundo en general, a derecha e izquierda.
Lo que está en crisis en esta época ausente de estados soberanos y abundante en súbditos y esclavos no es un partido u otro, sino toda una arquitectura ideológica, el modelo de lo que ayer llamamos democracia burguesa y hoy es democracia capitalsocialista. Desde sus sitiales olímpicos, los sectores más favorecidos han creado un infierno y el combustible de sus calderas son las plebeyas muchedumbres.
Los nuevos demiurgos multimillonarios se aprovechan de los vastos miedos del hombre, de su despreciable vanidad y de su abyecta ambición para precipitar a la plebe en su caída e incluso para culparles de ella, insinuando, a través de sus agendas, que son los residuos espirituales que aún les quedan lo que los limita. De ahí que haya que cercenar todo viso de religiosidad y de trascendencia.
A pesar de que estos demonios llevan décadas engañando y afrentando a las multitudes, creo que aún piensan que éstas no sufren bastante. Que es urgente alcanzar el objetivo llevándose por delante las carretas de condenados que aún sean necesarias para la hecatombe postrera. Y si a la malevolencia se añaden las prisas por ejecutar finalmente dichas agendas y la ira por el retraso, seguirán persiguiendo a los pecheros con más crueldad que la que tiene el perro que sujeta la liebre por el cuello.
Si esto es así a escala universal o globalista, en España, a escala doméstica, tanto el Rey, como «el uno» y «el otro», izquierdas y derechas, son sólo los peones elegidos por el engendro plutócrata-marxista para lograr el siniestro fin de acabar, como decimos, con los que fueron Estados soberanos y, sobre todo, lograr la desnaturalización del individuo, quebrar sus raíces, su dignidad de persona, su libre arbitrio…, porque quien diluye la esencia colectiva, germen de todo Estado, y la característica de una especie, destruye su índole y su albedrío.
De modo que estos Señores del Poder Oscuro, más sus cofradías, sus intelectuales y sus políticos, con sus respectivos lóbis, no descansan cometiendo continuas aberraciones morales y materiales, la más terrible de las cuales es la de desobedecer a las órdenes de la naturaleza. Aunque ello signifique desobedecer a la armonía universal, es decir, a la Divinidad.
Las izquierdas y derechas representadas por nuestra peste política, ese bipartidismo soez alineado con separatistas y terroristas, no son sino señuelos para bobos o argucias y contraseñas para sectarios. Ambas facciones funcionan como meros secuaces de un estáblismen que financia a dos bandas. Como instrumentos de unas clases inductoras, compuestas por paranoicos con fehaciente poder.
Lo cierto es que los nuevos bárbaros ya han entrado a saco en la civilización occidental decadente y miserable. Pero no son bárbaros vociferantes, cabalgando rocines cuyas pezuñas no dejan crecer la hierba, sino potentados jurisdiccionales y financieros. Y junto a ellos, completando una corte de vileza, acaudalados y solapados homosexuales exquisitos y pervertidos, poderosos dirigentes de imperios tecnológicos y científicos, e intelectuales áulicos forjados en las universidades mundiales de boato.
Y es esta elite selecta la que está dedicada al incendio de templos, bibliotecas y registros de la propiedad; a la violación de leyes, doncellas y donceles; al borrado de tradiciones y a la destrucción de símbolos; a la invasión de fronteras que fueron soberanas; a la exhumación de cadáveres, a la devastación de sepulcros, al derribo de cruces y, en definitiva, a la aniquilación de Dios.
Y es ahora, cuando ya resulta evidente ese anhelo por controlar soberanías y espíritus, cuando la actualidad nos confirma en cada amanecer que nos hallamos envueltos en una corrupción sistémica y con dudosa vuelta atrás, institucionalizada tanto a nivel nacional como global, cuando percibimos con claridad que el famoso Estado de Bienestar fue sólo un señuelo con el que atraer a las masas ávidas de goce material.
La lombriz que consiguió que el pez picara, cayendo en la malévola trampa en la que los poderes oscuros consiguieron combinar una cierta satisfacción material de los votantes con la corrupción estructural. A la vez que forjaban una impostada democracia ligada al intervencionismo y a la perversión más nauseabunda y universalizada,
Es ahora por fin cuando sabemos que aquel Estado de Bienestar era el germen del Gobierno Universal y de moneda única. Que lo que se pretendía era el control absoluto de los recursos mundiales, junto con la destrucción de las raíces familiares, simbólicas y tradicionales. Que se buscaba aniquilar la religiosidad para crear una sola religión: la prometeica.
Todo ello mientras se fomentaba, de camino, la ideología de la muerte y la del sexo sólo como goce genital: aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, lóbis LGTBI… El bienestar, pues, era la nada, y con ella advendría la felicidad del zombi. O peor que la nada, la modificación climática y alimenticia, la contaminación de la biodiversidad, la vigilancia y control poblacional y tiranía sanitaria: vacunaciones obligatorias, implantaciones de microchips, altercados permanentes, instalación masiva de 5G…
Así, reducida la actualidad a un carpe diem utilitarista, a una convivencia lúdica, tolerante con los escándalos y las catástrofes, de nada vale que los hombres y mujeres más valiosos, entiendan el ominoso juego de los nuevos demiurgos y de sus esbirros. Porque en el escenario de la Gran Farsa en la que éstos actúan y sus esclavos felices aplauden, alimentados con lombrices doradas y atontados por la trompetería escénica, todo está pactado y controlado.
Pero desconociendo a propósito la realidad, distrayéndose voluntariamente de la inercia fatal del universo, no por eso puede transformarse la sustantividad del mundo y del género humano, por muy indeseada que sea para los esclavos voluntarios y para los bárbaros esclavistas.
La naturaleza sigue su curso a pesar de los hombres, y la providencia es una conciencia en la que se reconoce y clarifica el orden universal. Y ante esa fuerza de equilibrio natural, todo el dolor de hoy, como ocurrió en otras épocas, será en vano. La providencia, que se toma su tiempo y por medio del Destino marca su propio ritmo, se lo demandará más tarde o más temprano. De manera que los fanáticos, los psicópatas, los diabólicos… el Mal, en definitiva, tratando de enajenar y de abolir a sus semejantes y a la creación toda, sólo lograrán, a costa eso sí de penalidades y llantos sin cuento, incluso de una destrucción atómica masiva, hacer brotar de nuevo a la belleza, a la libertad y a la justicia. Y por ese futuro hay que seguir en la pelea. Al menos, los que sobrevivan a la inmolación.
Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador




