La farsa de las elecciones y sus protagonistas

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Había una vez, en el corazón de una ruidosa y colorida ciudad, un teatro de madera conocido como El Gran Guiñol del Pueblo Soberano. Cada tarde, cientos de personas se agolpaban frente al escenario, ansiosas por presenciar la función del momento. Las luces se encendían y la música comenzaba a sonar con fuerza. Entonces aparecían los grandes protagonistas: don Valiente, un títere de capa azul y espada reluciente que prometía defender al pueblo, y doña Justicia, una marioneta de vestidos blancos que juraba traer orden y prosperidad.

Una audiencia entregada y dividida

El público asistía entregado al espectáculo. La gente se emocionaba con los encendidos discursos de don Valiente y aplaudía con fervor las promesas de doña Justicia. Los espectadores no tardaban en dividirse. Una mitad de la plaza adoptaba a don Valiente como su héroe indiscutible, ondeando pañuelos azules y gritando su nombre con orgullo. La otra mitad defendía a doña Justicia con uñas y dientes, convencida de que su victoria salvaría al reino. Durante la función, los títeres se enfrentaban en acaloradas discusiones y simulaban batallas épicas sobre las tablas. El graderío rugía, insultaba al rival y vitoreaba al propio, sintiendo que en cada movimiento se jugaba el destino de sus vidas.

El secreto detrás del telón de terciopelo

Sin embargo, detrás del pesado telón de terciopelo rojo, la realidad era muy distinta. Allí, ocultos a la vista de todos, se encontraban los titiriteros. Eran un grupo selecto de hombres y mujeres de rostro serio que vestían de negro para confundirse con las sombras. Sostenían con firmeza las cruces de madera de las que colgaban los hilos de nailon. Con una precisión milimétrica, movían sus dedos para que don Valiente alzara el puño o para que doña Justicia agachara la cabeza en señal de derrota.

Los verdaderos autores del guion

Aquellos titiriteros no solo manejaban los hilos; también escribían el guion. Cada palabra de odio, cada promesa de libertad y cada falso conflicto del espectáculo procedían de la misma pluma. Mientras el público se insultaba entre sí en los bancos de la plaza, los titiriteros compartían copas de vino tras el escenario, riendo de la ingenuidad de la masa y planificando el desenlace que más les convenía. Para ellos, las marionetas eran solo herramientas intercambiables y el público, un cliente fácil de entretener.

La gran votación popular en el teatro

Una tarde, la tensión llegó a su clímax. El guión dictaba que ese día se decidiría el destino del teatro mediante una gran votación popular entre los asistentes. Don Valiente y doña Justicia pronunciaron sus discursos más dramáticos. Los espectadores, con el corazón en un puño, depositaron fichas de colores en unas urnas de madera colocadas frente al tablado. Al finalizar el recuento, el presentador anunció la victoria de don Valiente.

La ilusión de una jornada histórica

La mitad de la plaza estalló en un grito de júbilo incontrolable. La gente se abrazaba, lloraba de alegría y celebraba el triunfo de su marioneta preferida como si fuera una victoria personal. La otra mitad se retiró a sus casas con el rostro sombrío, rumiando la derrota y maldiciendo a sus vecinos. Todos se marcharon sintiendo que habían sido partícipes de un día histórico.

El fin de la función y el recuento de monedas

Nadie se quedó para ver cómo, al apagarse las últimas luces, un operario recogía toscamente a don Valiente y a doña Justicia. El empleado los metió juntos en el mismo baúl oscuro y polvoriento, donde ambas figuras de madera descansaron entrelazadas, sin rivalidades ni discursos. Mientras tanto, los titiriteros contaban las monedas recaudadas en la taquilla, felicitándose por el éxito de una función que mantenía a la ciudad perfectamente dividida y controlada.

Moraleja

Este cuento refleja la ilusión de elección que se vive en los procesos electorales de muchas sociedades actuales. El votante suele identificarse ciegamente con un candidato o un partido político, celebrando sus victorias con pasión y sufriendo sus derrotas con amargura. Sin embargo, al igual que el público del teatro, los ciudadanos a menudo olvidan que los candidatos son solo actores visibles en un escenario diseñado por poderes ocultos. Los verdaderos creadores del guion político y económico —los grupos de interés, las élites financieras y los estrategas que manejan los hilos desde la sombra— permanecen inalterables tras el telón, asegurando su propio beneficio sin importar cuál de las marionetas gane la función.

P.D.: Esos titiriteros saben perfectamente que necesitan cambiar el guion de vez en cuando, ya que si no, el público termina por aburrirse y podría desviar la mirada del escenario. Por eso, cuando ven que la disputa tradicional entre don Valiente y doña Justicia se desgasta por la repetición y pierde credibilidad, introducen estratégicamente algún otro títere en escena. Esta nueva marioneta adopta posturas aparentemente disidentes, pero cumple el mismo propósito fundamental: reavivar la crispación, mantener la sensación de lucha y asegurar que la multitud siga atrapada en el juego, sin sospechar jamás que la misma mano maneja los hilos de todos los actores.


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