Las urnas: trampa y escarnio | Jesús Aguilar Marina

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Camino que no es camino demás está que se emprenda, porque más nos descarrila cuanto más lejos nos lleva. (Popular)

Cada uno, en general, es artífice de su ventura y de su desventura.

Contra la estupidez, los mismos dioses son impotentes. (Schiller)

Dice un proverbio africano que si no sabes adónde vas, al menos debes saber de dónde vienes. Los españoles, desde que se inició la Farsa del 78 —si no unos años antes— no sólo no saben adónde van, sino que, por haberse dejado arrancar sus raíces, tampoco saben de dónde vienen. Carecen, hoy, de identidad y de memoria.

Pero la identidad y la memoria son siempre puntos de referencia fundamentales, más aún cuando el futuro es incierto. Las personas que reconocen su origen suelen afrontar mejor la incertidumbre porque tienen un punto de apoyo emocional y cultural. Recordar el pasado es una forma de preservar sabiduría y asegurar continuidad entre generaciones.

Mas, en la actualidad, esta sabiduría con raigambre es algo que en nuestra patria no se da por múltiples motivos (inmigratorios, doctrinarios, irreligiosos, relativistas, de incultura, de desconocimiento e indiferencia histórica, etc.) Sin duda, España atraviesa un momento de crisis, de irreflexión, de privación de autenticidad. Y en esta incierta tesitura aparece el anuncio de unas nuevas elecciones que una parte del pueblo ve como compelidas y enojosas, y otra como indispensables y libertadoras.

Pero, seguramente, no haya que verlas sólo así, sino más bien con el sentido de la letrilla popular con la que se encabezaba este artículo: como un camino hacia el extravío definitivo. Porque si a la masa electora se le ha arrancado la memoria colectiva —transmitida mediante relatos, documentos, educación y cultura— que es lo que permite que una comunidad conserve sus aprendizajes y evite repetir errores, la sociedad, tras el paso por las urnas, profundizará más aún en el desatino.

Sin un pueblo suficientemente letrado, consciente de su pasado y mentalmente libre para elegir su futuro, no hay elecciones que valgan. La memoria se sostiene, en gran medida, gracias a la lectura, la escritura y la transmisión educativa. Algo inexistente hoy, pues las multitudes describen distintos grados de desconexión del conocimiento escrito, de la cultura formal o de la educación. Y un indocumentado no posee las herramientas simbólicas que sostienen la continuidad cultural.

Sin alfabetización, es decir, sin el puente entre el pasado y el futuro, la sabiduría acumulada se debilita y la continuidad cultural se fragmenta. Y los políticos de la partidocracia han conseguido que los españoles acudan mayoritariamente a las urnas como palurdos o desarraigados, sin sentir necesidad de volver a unos valores y experiencias históricas previas que pueden ayudarlo a decidir.

Seguramente fue la lengua viperina de un sabio cínico quien dijo aquello de que, en las democracias actuales, con las reglas de juego actuales, las elecciones son las fiestas de los tontos. Y, más aún, otro sabio más descarado que el anterior, abundó en ese homenaje a la sandez aclarando que los electores eran tan tontos que no se percataban de que en ellas el diablo se hacía pasar también por pobre y tonto. Y por demócrata, añadiríamos nosotros.

En las próximas elecciones, pues, nos volveremos a encontrar, además de con el diablo, con unas muchedumbres huérfanas de formación. Y gracias a esa rudeza cultural inducida metódicamente por la casta política, se seguirán dejando deslumbrar no ya por unas apariencias de bien, increíbles a estas alturas, sino por un pétreo fanatismo y una inercia sectaria. De modo que las izquierdas persistirán en votar a sus idolatrados delincuentes, porque de tal palo, tal astilla, y las derechas —tapándose la nariz o adornándose con su inercial atraso cívico— reelegirán a sus patrióticos fetiches.

La cuestión es que el tinglado está montado de forma que los más lúcidos han llegado a una penosa conclusión: si votas, malo; si no votas, igual de malo o peor. Esa es la democracia impuesta por estos políticos fulleros que tienen secuestrada —y humillada— a la patria desde hace cincuenta años. Con el visto bueno, eso sí, de una sociedad cada vez más adolescente, afanada en satisfacer lo inmediato y olvidada de formarse y dignificarse a espaldas de sus raptores que tratan de impedirlo.

Una sociedad inmadura que vive al día, pretendiéndolo todo de manera emocional, sin reparar en las consecuencias. Y en cuyo seno la inmigración ha abundado definitivamente para conformar este deseo. Y desear, en este aspecto, no es igual que querer. Querer es buscar algo más a largo plazo, observando sus consecuencias y enriqueciendo entre tanto el patrimonio psicológico. Querer es determinación y voluntad. Algo inexistente hoy entre la mayoría de los electores.

Lo cierto es que, por enésima vez, los españoles se ven atrapados en la nauseabunda vorágine comicial. Y que, en ella, los políticos de la Farsa del 78, con los socialcomunistas y los liberales globalistas a la cabeza, acudirán obscena y frenéticamente a la demagogia y al clientelismo, a la doblez en el lenguaje y en la ética; es decir, a la conquista pura y dura del mercado electoral mediante promesas y engaños tiznados de indecencia.

Esto, si no van directamente a la trampa y al pucherazo. Porque lo que está claro es que cuando la política se convierte en mafia, a sus profesionales ya no les vale sólo con halagar los bajos instintos de la masa hasta convertirla en plebe. No, los mafiosos están convencidos de que, a esa chusma que han creado, a esa papilla humanoide incapaz de cuestionar nada, se la puede humillar hasta la completa postración. No sólo despojarla de sus bienes; sobre todo expoliarle su dignidad.

La realidad es que este imperio de las urnas, esta democracia, ha llevado al pueblo a la insignificancia cultural, a la más absoluta banalidad y nadería. Síntesis o resultado que recogerán las cajas electorales si finalmente se sacan de sus almacenes. Pero la banalidad, recordémoslo, es un riesgo tan grande como el olvido, porque la civilización es sustancia espiritual y memoria, lenguaje y silencio creativo.

Y en esas estamos, en el sin Dios. En el triunfo de lo aparente, de lo insustancial y de lo efímero. En la crisis de la cultura humanista, sin civilización reconocible. En la apoteosis del relativismo. En una cotidianidad donde el lenguaje, el género, la patria, la familia… todo es extraño, parcial, engañoso, acomodaticio. Y en tal situación, ¿qué puede esperarse, sino que las urnas abrirán su boca al delito, a la insensatez y a la ignorancia, y, excepcionalmente, a un puñado de buenas voluntades?

En suma, si recordar las raíces dota de permanencia, aquel que las olvida pierde su rumbo. Quien no conoce su historia está condenado a perder su identidad. Los orígenes ofrecen solidez, dirección y coherencia. Un pueblo, pues, que ni sabe de dónde viene ni a dónde va, es imposible que acuda a las urnas para depositar en ellas su prudencia. Aún sigo escuchando razonamientos, por poner un par de ejemplos, que ven en las invasiones bárbaras peregrinaciones de famélicos, y en los incendios consentidos o provocados la mano fatal e inocente del destino.

Con esta realidad nadie podrá dudar de que los elegibles, además de comulgar a diario y de devolver, en su caso, al común lo robado, cumplirán sus promesas del oro y del moro. Ni de que los electores depositarán su papeleta con la seguridad de que el lindo color de su camaleón predilecto es el natural y definitivo.

En fin, amables lectores, discúlpenme esta causticidad como colofón, porque la ironía en este contexto se acerca a lo que Jacinto Benavente pensaba de ella: «La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe».

Jesús Aguilar Marina  | Poeta, crítico, articulista y narrador


Tags: Elecciones, España, Crisis, Identidad, Política, Votantes, Democracia

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