La Eugenesia no murió en 1945 | Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra

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Josef Mengele fue un criminal. Médico de las SS, seleccionó seres humanos en Auschwitz y convirtió a prisioneros, niños y gemelos en material de experimentación.

Pero hay una forma demasiado cómoda de contar su historia: convertirlo en un monstruo aislado.

Mengele no inventó la eugenesia. Cuando llegó, Estados Unidos llevaba décadas aplicando leyes de esterilización eugenésica y decenas de miles de personas habían sido esterilizadas. Gran Bretaña, Alemania y los países nórdicos habían conocido también movimientos que pretendían «mejorar» la población mediante la selección de quienes debían reproducirse. El nazismo no inventó aquella tentación. La llevó hasta el horror industrial.

Y tampoco trabajó Mengele solo.

Su mentor, Otmar von Verschuer, dirigía un prestigioso instituto de genética y antropología en Berlín. Desde Auschwitz llegaron a investigadores alemanes sangre, órganos y otros restos humanos. De hecho, Mengele solo fue uno de los 55 médicos que tenía el campo de trabajo esclavo y exterminio de Auschwitz, y ni siquiera era el médico jefe, tenía superiores. El campo podía funcionar también como proveedor de material científico. Terminada la guerra, Mengele huyó y murió sin ser juzgado. Verschuer reconstruyó su carrera y en 1951 obtuvo una cátedra de genética humana.

Cayó el régimen. No todos sus hombres cayeron con él.

Después de 1945 la palabra eugenesia quedó justamente contaminada. Pero sería tranquilizador (y falso) concluir que con Hitler desaparecieron todas las ideas que la habían hecho posible. Las esterilizaciones continuaron durante años en algunos países democráticos y determinadas leyes sobrevivieron durante décadas.

La pregunta incómoda es ésta: ¿puede desaparecer la palabra y sobrevivir la lógica?

Hoy nadie necesita hablar de «vidas indignas» o «higiene racial». Somos mucho más civilizados. Hablamos de autonomía, elección, salud reproductiva, calidad de vida y muerte digna. El vocabulario ha mejorado extraordinariamente.

La cuestión es si siempre ha mejorado también aquello que describe.

Una decisión puede ser jurídicamente libre y estar materialmente condicionada. Una mujer puede no recibir ninguna orden para abortar y encontrarse, sin embargo, sin vivienda, sin conciliación, abandonada por su pareja o convencida de que un hijo arruinará definitivamente su futuro.

España ofrece un ejemplo revelador. En 2024 se practicaron 106.172 abortos. Más de 77.000 de las mujeres que finalmente abortaron habían recibido información sobre el aborto en centros sanitarios públicos, aunque casi ocho de cada diez intervenciones acabaron realizándose en centros privados.

Pero hay un dato todavía más interesante.

La reforma legal de 2023 eliminó tanto el plazo obligatorio de reflexión como la obligación de proporcionar de oficio información sobre ayudas y recursos para continuar el embarazo. Esa información se facilita si la mujer la solicita. Mientras tanto, las administraciones sí deben garantizar el acceso y la derivación hacia el aborto.

Curiosa manera de entender la libertad.

Para abortar, el sistema debe facilitar el camino. Para conocer determinadas ayudas que podrían permitir no hacerlo, conviene saber primero que existen para poder preguntar por ellas.

Y después hablamos de «elección».

No significa que todas las mujeres sean coaccionadas ni que todas continuarían su embarazo si recibieran ayudas. Precisamente ése es el dato que falta: ¿cuántas mujeres que abortan lo harían si continuar su embarazo fuese económica, laboral y familiarmente viable?

La cuestión resulta todavía más incómoda ante el diagnóstico prenatal.

La medicina permite conocer cada vez antes las características del hijo esperado. Eso puede servir para curar, prepararse y cuidar. Pero también para seleccionar quién llega a nacer.

El síndrome de Down constituye el ejemplo más evidente. La propia literatura bioética discute si determinados programas de cribado prenatal pueden adquirir carácter eugenésico cuando convierten ciertas vidas en sistemáticamente evitables. No hace falta acusar a unos padres de odiar a las personas con discapacidad. La pregunta es colectiva: ¿qué mensaje enviamos a quienes viven con una característica que intentamos sistemáticamente eliminar antes del nacimiento?

Y en el otro extremo de la vida aparece la eutanasia.

Sus defensores hablan de autonomía, compasión y sufrimiento intolerable. Pero el problema comienza cuando provocar deliberadamente la muerte deja de ser una excepción y se convierte en prestación sanitaria. No confundamos las cosas: eutanasia no es retirar un tratamiento desproporcionado ni administrar sedación paliativa. En ésta se pretende aliviar el sufrimiento; en la eutanasia, causar la muerte. La propia legislación española reconoce esa diferencia.

Canadá proporciona una advertencia inquietante.

El comité oficial de revisión de Ontario estudió el caso de Mrs. B, una mujer de más de ochenta años que manifestó que quería retirar su solicitud de muerte asistida y prefería cuidados paliativos hospitalarios. El ingreso solicitado fue denegado, no había sitio para ella en el programa. Ese mismo día se realizaron nuevas evaluaciones y finalmente recibió MAiD (muerte médicamente asistida) aquella misma noche, pese a que uno de los profesionales había expresado dudas sobre la rapidez del proceso, la posible influencia del agotamiento de su marido cuidador y la necesidad de explorar alternativas.

No es riguroso afirmar que fue «eutanasiada sin consentimiento».

No hace falta.

Pidió cuidados paliativos y no los obtuvo. Horas después obtuvo la muerte asistida.

Cada cual puede extraer sus conclusiones.

Nada de esto significa que vivamos en la Alemania nazi. Aborto, eutanasia y Auschwitz no son equivalentes. Una democracia no es el Tercer Reich, una mujer que aborta no es un funcionario racial y un enfermo que solicita morir no es una víctima de Aktion T4.

Pero entonces, ¿para qué sirve estudiar la historia? ¿Quizá para detectar una lógica antes de que alcance sus últimas consecuencias?.

La eugenesia contemporánea, cuando existe, no necesita uniformes, policías ni tribunales raciales. Puede funcionar mediante una presión mucho más educada:

«¿Por qué continuar ese embarazo sabiendo que tiene síndrome de Down?»

«¿Por qué prolongar una vida tan dependiente?»

«¿No sería mejor para todos?»

Nadie obliga. Simplemente se construye un mundo donde unas decisiones parecen responsables y otras empiezan a resultar extravagantes.

Por eso defender la vida tampoco puede consistir únicamente en prohibir. Si una mujer embarazada tiene miedo, necesita ayuda económica, vivienda, conciliación y acompañamiento. Si un enfermo quiere morir porque teme convertirse en una carga, necesita cuidados paliativos y apoyo. Si una familia recibe un diagnóstico de discapacidad, necesita conocer algo más que una lista de desgracias previsibles.

Decir «tu vida importa» sale barato. Demostrarlo cuesta dinero, hospitales, tiempo, presupuestos y personas dispuestas a quedarse.

Mengele fue un monstruo. Pero quizá los monstruos no sean lo más peligroso de esta historia.

Más inquietantes son las personas normales: el investigador que recibe una muestra, el funcionario que tramita, el médico que aplica un protocolo, el político que modifica una ley y la sociedad que poco a poco deja de hacerse preguntas.

La eugenesia quizá no vuelva nunca gritando. Puede regresar hablando muy bajito, con palabras impecables y presentándose, naturalmente, como un nuevo derecho.

La pregunta final es muy sencilla: ¿Existe alguna enfermedad, discapacidad, dependencia, pobreza, edad o falta de deseo ajeno que pueda disminuir el valor de una vida humana?

Si la respuesta es sí, siempre encontraremos algún procedimiento para seleccionar.

SI LA RESPUESTA ES NO, NOS QUEDA ALGO BASTANTE MÁS DIFÍCIL: ¡CUIDAR!

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra | Colaborador de Enraizados. Coordinador de Siemprevida.org


Tags: Eugenesia, Bioética, Historia, Aborto, Eutanasia, Selección, Sociedad

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