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La peligrosa complacencia ante la supuesta caída de Pedro Sánchez
Existe una extendida convicción en amplios sectores de la sociedad española —que abarcan desde el ámbito económico-financiero y eclesial hasta el político- incluido el mismo PSOE-, sindical y diplomático— que dicta la inminente caída de Pedro Sánchez. Un consenso generalizado, casi una fe ciega, sostiene que el presidente es ya un «cadáver político» y que su final es cuestión de tiempo, lo que ha generado una postura pasiva, de mera observación, en la que los actores políticos esperan sentados a que el «cadáver de Sánchez pase por delante de sus casas». Esta inacción no es más que una forma de tibieza y mediocridad, una coartada perfecta para no asumir riesgos ni emprender acciones directas bajo la falsa creencia de que el desgaste natural hará todo el trabajo.
La falacia del cadáver político y el riesgo de la inacción
Sin embargo, plantearse «¿y si Sánchez no cae?» es un ejercicio de realismo necesario. Sánchez ha demostrado una resistencia extraordinaria en el pasado, capeando crisis que parecían insuperables. Confiar en la automatización de su caída es un error estratégico de magnitud que ignora la capacidad de supervivencia de este personaje. A Sánchez no se le puede dejar «caer» solo; hay que echarlo, hay que «matarlo» políticamente hablando, porque confiar en el desgaste sin una oposición activa es colaborar, de facto, con su continuidad. La historia reciente demuestra que la complacencia es el mejor aliado de un ejecutivo que busca consolidarse a pesar de sus debilidades.
La complacencia, la tibieza y la cobardía disfrazada de análisis objetivo, está paralizando a quienes deberían estar trabajando activamente en un su caída definitiva. La alternativa vendrá cuando ya no esté, no antes. La única forma de tranquilidad posible es una confrontación directa y constante con sus políticas, no la espera pasiva de un desenlace que puede no producirse. La realidad política es compleja y, a menudo, contra intuitiva: lo que parece inevitable hoy puede revertirse mañana si la oposición se limita a contemplar el horizonte. La única lucha que se pierde es la que no se emprende, y en este escenario, la espera es una forma de complicidad con la perpetuación de un gobierno corrupto y traidor. Es hora de dejar de esperar y empezar a actuar con la convicción de que la caída no llegará sola y de que aún no se ha dado.
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