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La fachada del edificio conserva sus columnas majestuosas y los leones de bronce lucen imponentes en las fotografías turísticas. Sin embargo, las estructuras portantes que sostienen el orden cívico sufren una degradación profunda. El mortero entre las piedras se ha desintegrado durante décadas de abusos del bipartidismo PP-PSOE. Compuestos políticos improvisados sustituyen hoy los cimientos originales, endureciéndose brevemente para luego pulverizarse ante la menor presión social. Lo que a simple vista parece una democracia consolidada revela, tras un examen riguroso, la fragilidad porosa de una madera completamente roída por las termitas de la ambición gubernamental y la corrupción.
El derrumbe del estado de derecho en España no responde a una abolición explícita ni a un golpe militar clásico. El poder ejecuta un plan mucho más insidioso mediante la instrumentalización descarada de la justicia y el parlamentarismo. Los gobernantes transformaron la ley, que antes limitaba el despotismo, en un arma arrojadiza que empuñan contra el disidente. Esta distinción resulta crucial en el análisis político actual. Una abolición directa provocaría una resistencia civil inmediata en las calles. En cambio, la manipulación constante de los textos legales induce una indefensión aprendida en la población. Los ciudadanos actúan como animales de laboratorio que abandonan cualquier intento de escape porque el sistema castiga sistemáticamente sus esfuerzos previos de libertad.
Las normas impresas permanecen inalteradas en los boletines oficiales y los precedentes históricos llenan densos volúmenes en las bibliotecas jurídicas. Las representaciones teatrales del proceso judicial y el parlamentarismo continúan celebrándose con una solemnidad hipócrita. Los partidos gobernantes colonizan las instituciones para garantizar su impunidad y perpetuarse en el cargo, destruyendo la legitimidad que justifica la obediencia de los administrados.
Cómo la protección ciudadana se convirtió en depredación estatal
Las instituciones sufren una metamorfosis perversa que subvierte su propósito fundacional de contener la violencia estatal. Las fuerzas policiales y los organismos estatales ya no protegen a los ciudadanos ante los ataques. Están indefensos. Los tribunales ordinarios, diseñados para dirimir disputas con imparcialidad, funcionan como simples centros de procesamiento burocrático. Sus expedientes acumulan millones de infracciones administrativas sin víctimas reales, mientras los calendarios judiciales imponen acuerdos apresurados que evitan el examen riguroso de las pruebas. La DGT, por ejemplo, opera hoy como eficaz maquinarias de recaudación masiva. Sus prioridades económicas y de multas sistemáticas convierten a los conductores y autónomos en presas fiscales.
El ámbito penal muestra la mayor degradación ideológica del sistema. Los juzgados de violencia de género saturan sus calabozos de ciudadanos varones despojados de la presunción de inocencia por el simple hecho de ser hombres. El marco legal actual establece una culpabilidad implícita que destruye la igualdad ante la ley consagrada en los textos constitucionales. Al mismo tiempo, el Parlamento sufre una parálisis legislativa total debido a la fragmentación y al chantaje de minorías extremistas. El Poder Ejecutivo esquiva el control parlamentario de forma ordinaria y gobierna despóticamente a golpe de decreto ley, anulando el debate democrático y la representación de la soberanía popular.
Cada organismo público examinado de manera individual muestra síntomas graves de cooptación política. El análisis del conjunto revela una transformación sistémica irreversible donde la pesada burocracia ya no sirve al interés general. El ambiente asfixiante de los procesos administrativos ahoga cualquier atisbo de disidencia en lugar de impulsar soluciones reales. Los pasos de los ciudadanos, que antes buscaban amparo y justicia en el mármol de los ministerios, resuenan hoy como una advertencia ominosa para quienes pretendan desafiar el monopolio de la fuerza gubernamental.
Las pruebas documentales del desastre institucional
Los investigadores encuentran evidencias documentales contundentes si rompen el cerco del silencio mediático. Los memorandos internos de las agencias de seguridad confirman la vigilancia tecnológica de las comunicaciones privadas sin la debida autorización judicial. Los correos electrónicos entre altos funcionarios reguladores y corporaciones favorecidas demuestran el pacto sistemático para suspender la aplicación de sanciones a cambio de apoyo político y financiación encubierta. Los inspectores de las distintas agencias estatales describen presiones intolerables, destrucción deliberada de pruebas y amenazas abiertas si intentan cumplir con su deber de control.
El ciudadano consciente reconoce el patrón al conectar los puntos que los guardianes del régimen insisten en mantener separados. El sesgo resulta evidente cuando la Fiscalía General del Estado bloquea las querellas contra los dirigentes políticos afines mientras persigue con saña inquisitorial a los oponentes ideológicos. Los magistrados conceden medidas cautelares con una rapidez asombrosa según el color político del demandante, negando idéntico amparo a los ciudadanos comunes. Las agencias ambientales agilizan los permisos para los proyectos de amiguetes y chiringuitos afines mientras congelan indefinidamente la actividad de la competencia mediante evaluaciones burocráticas eternas. Estos puntos configuran la constelación real del poder en España.
Las consecuencias del fin de la legitimidad política
Los regímenes autoritarios nunca anuncian de forma oficial su propia deriva delictiva. La demuestran diariamente mediante comportamientos que convierten sus propias leyes en opcionales y sus restricciones constitucionales en un estorbo prescindible. Esta acumulación de agravios alcanza una masa crítica donde el engaño resulta insostenible para la población. Los ciudadanos comprenden finalmente que las reglas solo atan a quienes carecen de los contactos políticos necesarios para eximirse de ellas.
Cuando el anuncio de la tiranía se vuelve inequívoco, la desintegración final del orden social se acelera de forma dramática. El fin del sistema no llega mediante una revolución romántica, sino a través del repliegue generalizado de la sociedad civil. Las clases productivas cesan su esfuerzo y deslocalizan sus capitales ante la inseguridad jurídica rampante. Los ciudadanos cooperativos abandonan la colaboración con las agencias estatales y los trabajadores respetuosos con la ley dejan de cumplir las normas de un juego amañado. El tejido social se desgarra por completo.
El precipicio social y la adaptación psicológica necesaria
Quienes identifican este patrón de descomposición se enfrentan a una encrucijada moral y existencial durísima. La denuncia verbal de los abusos conlleva el castigo inmediato del aparato estatal y el linchamiento de los medios subvencionados. La aquiescencia silenciosa permite la supervivencia individual a corto plazo pero acelera la destrucción del futuro común. El silencio espeso que inunda las instituciones españolas no refleja una paz social real, sino una tensión contenida similar al aire cargado que precede a los estallidos de violencia histórica.
Los precedentes demuestran que el colapso de un sistema institucional acontece de forma catastrófica y veloz una vez iniciado el rumbo de colisión. Las estructuras públicas que prometían permanencia desvelan su naturaleza efímera y las garantías legales resultan ilusorias. Los gobernantes que antes exigían respeto pasan a inspirar terror, para finalmente no inspirar absolutamente nada. Cuando los arcos de piedra caliza de los palacios de justicia se agrieten definitivamente, la población se precipitará en masa hacia unas salidas de emergencia que resultarán estrechas, escasas y trágicamente tardías. La preparación para este escenario exige abandonar la fe en el Estado providencia y asumir una transformación psicológica profunda basada en la autodefensa y la desconexión total de un régimen moralmente muerto.
Tags: España, Justicia, Impunidad, Corrupción, Democracia, Absolutismo, Ciudadano





2 comentarios en «El derrumbe del estado de derecho en España»
Artículo de Juanjo López Burniol, colaborador de La Vanguardia, cuya publicación ha sido prohibida por el director y el editor del periódico. La censura sigue funcionando. Leamos…
«La revancha»
Desde hace algunos años, ha ido tomando cuerpo en España una insistente ansia de revancha de nuestra última contienda fratricida, que estalló hace noventa años. Esta revancha se libra como una nueva guerra civil, afortunadamente híbrida, en la que no se combate con ejércitos convencionales y en campos de batalla tradicionales, sino mediante la fractura social deliberada y azuzada, el bloqueo y el colapso institucionales y la polarización radical de las posturas, que desembocan en un enfrentamiento civil. Lo que se manifiesta en el alineamiento de dos bandos separados por un muro. Un maldito muro erigido en mala hora por el presidente Sánchez. Estos bandos son los mismos que definió el Pacto de San Sebastián en 1930 y se enfrentaron en 1936. Por un lado, las izquierdas de distinto octanaje, más las derechas separatistas catalana y vasca; y por otro, el resto de las derechas.
El objetivo que persigue esta revancha, iniciada ¡desde el poder! por el presidente Rodríguez Zapatero y potenciada sin límite por el presidente Sánchez, es:
a) poner fin a la segunda restauración monárquica instaurada en la persona del Rey Don Juan-Carlos;
b) derogar la Constitución de 1978;
c) abrogar el Régimen implantado por ella;
d) derrocar al Rey Don Felipe, para conectar directamente con la legalidad de la Segunda República (profanada en su día, primero por un bando y luego por el otro); y
d) instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal, que ponga fin a España como nación, es decir, como un ámbito de solidaridad primaria e inmediata conformado por la geografía y por la historia, en el que todos los españoles son iguales.
Otra vez las malditas “dos Españas”. Y seamos claros: no son adversarias, sino que son enemigas. La resolución de su conflicto no atenderá, por tanto, a unas reglas aceptadas por todos, sino al respectivo poder de las fuerzas en presencia, con el apoyo sicario de sus respectivas tropas auxiliares mediáticas.
El choque se iniciará pronto. A lo más tardar, en un año. Y este conflicto civil coincidirá quizá con el estallido de la crisis larvada y agravada de Ceuta y Melilla, que, vistos los antecedentes, acabará en un nuevo 98. Será el “Desastre” final. España estará más sola que nunca, gracias a una política exterior demencial, y no tendrá ni el consuelo de salvar su honor gracias, como siempre, al sacrificio de sus soldados, como sí se salvó en Cuba y Filipinas. ¿Y las consecuencias de esta debacle? Eso, sábelo Dios. En cualquier caso, España perderá. Y entonces, todos, absolutamente todos, podremos decir refiriéndonos a España: “Entre todos la matamos y ella sola se murió”. No habremos sabido preservar ni el legado que recibimos.
En medio de esta penosa situación, que nos aboca al despeñadero, puede ser aleccionador, e incluso ameno, leer un libro reciente del historiador Juan-Francisco Fuentes, catedrático del ramo en la Complutense, que recoge su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Se titula “Hambre de patria” (un título que no refleja la sutileza del texto) y recoge con minucioso rigor muchos aspectos de la peripecia vital, intelectual y sentimental del exilio republicano tras la guerra civil. Una peripecia que cristalizó en una verdad como un templo: la Transición (prescindir del pasado para pactar el futuro) se soñó en el exilio mucho antes de que los de dentro acertásemos ni tan siquiera a imaginarla. Por eso, considero hoy a muchos de los líderes republicanos de entonces como si fuesen “míos” de toda la vida, mientras que desconfío y reniego de nuestros actuales dirigentes. Son legítimos, pero carecen para mí de “auctoritas”, de credibilidad.
Ojalá un líder, tan demócrata como patriota, saque a España de este mal trance desde la ley, con la ley y por la ley. Como cuando de Gaulle levantó a Francia de su “extraña derrota” (Marc Bloch), llevándola a figurar luego entre los vencedores de la guerra. Y como cuando Churchill llevó al Reino Unido a resistir primero para vencer después. Todos necesitamos, a veces, un milagro. Así sea.
Juan-José LÓPEZ BURNIOL.
Discrepo del Sr. Lopez en cuanto al punto 1 y 2. Creo quees la Constituciónla que establece la Monarquia y al Rey como Jefe del Estado.L Constitución del 78 legitima la Monarquia.
Por otro lado creo que la Constitución del 78, al permitir que gente como Sanchez sea Jefe de Gobierdo y dueño de las instituciones democráticas, queda invalidada. Gente como Sánchez los hay y los habrá, lo que no se puede permitir es que se cargen las instituciones del Estado y el Pais. La Constitución del 78, de una manera u otra tiene que ser modificada para reforzar sus instituciones frente a sinverguenzas.